Palabras y hechos
La señora como gusta que le llamen, aunque no lo admita, seducida por una semejanza que sólo ella puede imaginar con Evita tiene la boca floja.
Al asumir la presidencia pro témpore del Mercosur se comprometió a superar las asimetrías del bloque. Ojalá la ilumine el profeta de sandalias agujereadas y sea capaz de hacerlo. Por ahora sólo son más palabras, ya declamadas por otros que hicieron antes una promesa igual. Han traído a mi memoria, y me disculpo si suena a sarcasmo gratuito, aquella definición del «Breve diccionario del argentino exquisito», de Bioy Casares, del vocablo panceta: «Palabra traída de afuera, para sustituir tocino».
El lenguaje del Mercosur y, sobre todo, de sus cumbres presidenciales, está dando razón a lo que pensaba John Locke de la forma de hablar vaga y las palabras abusivas: «Han sido confundidas por sabiduría y convicción por tanto tiempo, que no será sencillo persuadir a quienes las escuchan de que no son sino disfraces de ignorancia y un estorbo al verdadero conocimiento». Redundar en el verbo sólo inhibe la acción necesaria. Está escrito en la Biblia, así que hasta los Evangelios apoyan mi conjetura: «No cualquiera que me dice ‘Señor, Señor’ entrará al reino de los cielos» (Mateo 7:21).
Las asimetrías que dañan a Uruguay y a Paraguay en el Mercosur sólo serán resueltas por un acuerdo estable entre Argentina y Brasil, con el apoyo de Venezuela una vez incorporado formalmente al grupo. Entre el compromiso de la señora y la construcción de esta nueva realidad hay un abismo que no se salta con palabras. Cierro mis reflexiones, quizás excesivamente escépticas, otra vez con el maestro Bioy Casares: «Tocóle a nuestra querida presidenta enfrentar horas difíciles». Usó esta frase para explicar la conjugación «tocóle», en lugar de «le tocó», con una sublime ironía: «Argucia verbal por la que se procura sortear indecorosas connotaciones del verbo tocar». No conoció a la señora, pero tal vez la soñó.
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