El pólipo
Hechos recientes me trajeron a la memoria una exquisita frase, amarilleada por el tiempo, de Manuel Vicent, escritor y periodista español de sublime manejo de la ironía: «Aproximadamente, Reagan también es un ser humano y, aparte de eso, a mí, cualquier señor que tiene un pólipo me merece todos los respetos».
¿Kirchner tiene algún pólipo? Pregunto, porque si así fuera, solidario con Vicent en su compasión, uno le tendría respeto. No lo sé; en todo caso, de tenerlo, ha de ser en el cerebro. A pocos días de irse de la presidencia, dejando calentito el sillón para su ardorosa mujer, no ha tenido mejor idea que criticar ácidamente a Tabaré Vázquez, apoyándose, una vez más, en mentiras, medias verdades y la manipulación antojadiza de los hechos objetivos. Se me dirá: ¿a quién puede sorprender? A nadie, claro. Pero esta salida de tono, por el momento en que ocurrió, agrega un argumento de peso para sostener la hipótesis que muchos venimos desarrollando de un tiempo a esta parte: la razón de todo está en la disputa que de parte del gobierno argentino es solapada y sin cuartel- por la inversión extranjera. Uruguay ha ido sacando ventajas, legítimamente, y eso desacomoda, qué digo, enfurece al matrimonio de autócratas intolerantes que se ha adueñado de la patria de Alberdi y Sarmiento. Es entonces muy fácil imaginar cómo serán las relaciones entre ambos países de ahora en adelante, por más paciencia, pudor y aceite curativo que derrame la diplomacia nacional. Volviendo al pólipo, no, no puede ser en el cerebro que Kirchner -¿y su Cristinita?- lo tenga. Lo que exhibe, sin vergüenza, es un pólipo moral que se ha engullido cualquier esbozo de una ética de gobierno para los vínculos regionales. Mejor interpretado aún: él -¿y su Cristinita?- es un pólipo que nos ha salido a nosotros. «Un gusano haciendo un capullo en la clandestinidad», diría Vicent.
La cosa difícil como que el Negro Collazo mandara una vuelta- es cómo mierda extirparlo.
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