De culo
-¡No tiene gollete! exclamó el Cascarilla Batista, luego de un eructito, producto de la grapa con aloe a la diez de la mañana.
-¿Y ahora qué te pasa? se molestó el Chiquito Otegui, que sacaba cuentas de la vuelta anterior y no le cerraban.
-¿No viste todos los huevos que le tiraron al Goyo? ¡Con el precio que tienen! explicó Batista.
-Y no le dieron ni uno en la cabeza… -apuntó el Negro Collazo, que había despatarrado en una silla enclenque su sublime embriaguez.
-Y eran de buena calidad, apuntó el Mellado Torres- ¿no vieron cómo se lambeteaba la mano?
-¡Lamía, bestia! corrigió el Chiquito, que de noche repasaba el diccionario porque la Biblia le aburría. -¡Y no fue por los huevos! Se lastimó al entrar al juzgado…
-Por eso… -insistió el Cascarilla- ¡Si le hubieran tirado ladrillos no iba a poder lamerse ni el orto!
-¡Violencia no, justicia! ¡Los demócratas queremos justicia! aulló Epifanio desde el mostrador, cual monje budista sin túnica y descalzo, porque había perdido los mocasines jugando al monte criollo la noche anterior.
-Sí, mucha justicia, machacó Batista, que tenía la cara roja y los ojitos amarillos y parecía una bandera bolche- pero el coso se las sigue arreglando para no caer.
-Hablando de eso… -interrumpió el Negro- ¿Vieron que era como yo decía? ¡Es flor de ateo! No quiere ponerse de rodillas…
-No, loco, no quiere caer de espaldas se oyó la aflautada voz del Flaco Petrulo, que no hablaba desde el último truco de la madrugada, cuando dio una falta envido con veinte y el Negro lo puteó durante tres horas.
-¡Basta de tanto relajo! vociferó Otegui, que había terminado la cuenta al estilo Cañete, «catorce y dos diecisiete». Todos miraron al patrón, sudoroso, desorbitado y babeante. Y el Chiquito cortó el debate expresando uno de sus más exquisitos pensamientos: De rodillas, de espaldas, decúbito dorsal, tipo perrito… ¡Pa’qué discutir, boludos! ¡Si lo van a hacer caer de culo!
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