Hercules del Tropezon
Luego de la exitosa movilización y elección juvenil llevada a cabo por el Partido Colorado el pasado domingo, podría decirse que la juventud uruguaya está votando de tres modos: uno es yéndose, otro concurriendo masivamente a los concursos convocados por instituciones públicas para diversos puestos de trabajo y otro cuando la convocan a votar.
Entre blancos y colorados, en poco tiempo, han dado y conseguido cita electoral interna para cerca de cien mil jóvenes.
No es poca cosa.
Se dirán como atenuantes las cosas que se dijeron siempre; pero la realidad es la realidad. Y más allá de esos «atenuantes» más o menos ciertos, más o menos influyentes, el dato es demasiado grueso.
Mediante esos tres «modos» de votar, la juventud también desmiente en forma abrumadora esa nutrida prédica mediática falsa que asevera la indiferencia juvenil ante los asuntos políticos por el desprestigio de «la política». En realidad quienes están desprestigiados son esos predicadores. Con propios deseos inconfesables.
Porque además estamos hablando de dos partidos, pero en especial el Colorado, que según parece, deberían estar sumamente «desprestigiados».
El caso de la emigración (a esta altura estructural) merece especial atención: ya no se trata como antes, de una salida numerosa y surtida empujada por graves situaciones políticas o económicas. Ahora estamos ante una emigración selectiva.
Según las investigaciones científicas recientemente divulgadas, hoy emigran mayoritariamente los que tienen más recursos para hacerlo, los de capacidades calificadas, y los de mejor edad productiva (jóvenes).
Como quien dice: nos están pasando la espátula recolectora por la crema.
Y también sabemos que, a pesar de irse, esos jóvenes se manifiestan frenteamplistas (asunto que hunde en terribles cavilaciones a especialistas y derechistas).
La juventud está dando un severo mentís a las calumnias que recibe: quiere trabajar dignamente (si las empresas privadas llamaran a concurso también se presentaría en masa), y quieren participar, pero en serio, de la vida política. O sea: decidir.
La juventud quiere aire libre. Rechaza los, a esta altura, vetustos conciliábulos del internismo. Las «cocinas», y como en el teatro tras bambalinas: la tramoya.
Y tiene toda la razón del mundo (además de ser muy inteligentes): en esos ambientes anaerobios pululan prosperando los microbios longevos de la burocracia.
Las momias y los momios. La especialísima liturgia catecúmena de viejos sacerdocios de corcho.
Boyas de catacumba.
Habitantes chupasangre, entre estalagmitas y estalactitas intransitables, de tales profundas salamancas grutas guturales reservadas para el predominio y sobrevivencia de seres adaptados a lo largo de décadas. Muchas décadas.
Por eso el lunes Jorge Batlle declaró que ahora se puede morir tranquilo.
En realidad ya lo estaba: pero intranquilo.
Ahora, por fin, descansa en paz y es probable que no fastidie más.
«Probable» porque un vecino amigo me decía en el cementerio el día que con gran algarabía enterramos a otro muy dañino:
– Traje la pistola y muchas balas; esta noche «duermo» acá y las gasto tirando para abajo, no sea cosa que este ogro resucite.
El otro aviso importante para los navegantes, también lo dio el domingo el pueblo venezolano. Ni Chávez ni la inexistente Oposición: el pueblo.
Y fue muy dable observar en los días anteriores, ese mismo día y esa misma noche, las señales del resultado.
Y fue muy dable observar cómo no las veía quien no quisiera verlas.
Y fue muy dable observar cuántos ciegos hay en la izquierda.
Una inexplicable tozudez en la ceguera autoimpuesta.
Una especie de extraña ideología fantástica de cerrar los ojos como asunto de principios, y negar la existencia de realidades desagradables. Un empeño heroico por vivir en la luna de Valencia.
No tan extraña: es propia. Y ha ocasionado a lo largo de la Historia los más grandes desastres que ha sufrido la izquierda.
Se llegó a decir que los que votaran por el «NO» votaban por Bush.
Y acá, a nivel doméstico, que quienes así votaran votaban por Astori… (¡!)
El muy noble pueblo venezolano no tiene la más remota idea de qué es eso, pero a los efectos de la estupidez poco importa.
Ahora resulta que, según tal fanatismo fundamentalista, en Venezuela el pueblo votó por Bush y por Astori: porque en la vida debemos ser coherentes o no decir tanto disparate.
En realidad, la lección que debemos aprovechar del domingo es que de nada valen las mayorías electorales conquistadas, si después cometemos errores. Que ninguna victoria, ni electoral ni militar, ni de cualquier otro tipo, asegura (a nadie) el éxito para siempre.
Que no existe un «umbral» milenarista que después de traspasado impide la marcha atrás.
Ya deberíamos haberlo aprendido. Debería formar parte hasta de nuestros reflejos condicionados.
Pero el hombre es el único animal que vuelve a tropezar con la misma piedra.
Podría agregarse que la izquierda se dedica, a veces con encendido entusiasmo, a poner una muy buena piedra, o varias, para después tropezar alegremente con ellas en alocado festín de tropezones.
Hasta romperse con frívola felicidad la crisma.
Existen demasiados datos, indicios y señales, indicando que estamos dedicados febrilmente al acarreo de rocas.
Como Hércules del Tropezón, militamos social y políticamente para ello a favor de la derecha que, mientras tanto, agradece y aprovecha.
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