Las hilachas
-Mostró la hilacha dijo mi abuela Juanita, cuando el almacenero le cerró la libreta del mes cobrándole de más.
Recordé esta vieja expresión, «mostrar la hilacha» exponer la real condición y no la apariencia- al saber de las declaraciones de Cristina de Kirchner sobre el conflicto de Argentina y Uruguay por la planta de Botnia.
Vengo repitiendo desde hace meses, y seguramente he extenuado a un pueblo, acerca de la necesidad de que el gobierno de Vázquez tiene de despabilarse: si es cierto que el lío habrá de disolverse cuando falle el Tribunal de La Haya, quedan años ¡años! de una tirante relación cuyo agravamiento, cada día, será una hipótesis considerable e inquietante.
Pues bien, esto debe ser considerado con seriedad e inteligencia en la estrategia que se asuma en el Mercosur y fuera de la región. ¿Lo entiende el gobierno? ¿Cuándo hará realidad su enunciado de negociar acuerdos bilaterales fuera del bloque?
Quién sabe. Pero en estos días he observado una suerte de florecimiento, en algunos nichos intelectuales de la izquierda, del sueño de la unidad política latinoamericana como una prioridad frente a la solución de problemas de relación comercial y éxito económico, que serían su consecuencia.
Una cosa es una idea compartible y otra muy distinta que las condiciones favorables para convertirla en un hecho estén realmente dadas.
Sugiero que aún no.
Hay otras hilachas a la vista, además de las que ha dejado la presidenta electa de los argentinos. Unas son venezolanas, porque Chávez sigue privilegiando el discurso y la praxis zigzagueante, y otras son brasileñas, porque, inesperadamente, Itamaratí decidió revisar ciertas concesiones que, en principio, había aceptado hacer a Uruguay y a Paraguay. Además, negar la soterrada disputa por el liderazgo continental entre Lula y Chávez, más allá, ¡precisamente!, de mutuas conveniencias bilaterales, es ya de una ingenuidad estremecedora.
Señores, el tiempo sigue escurriéndose. *
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