"Cuando se logra atención y silencio del público… es un momento sublime"
Héctor Numa Moraes conversó sobre su vida, los recitales, el exilio, las canciones combativas, su mentor Washington Benavides, sus ídolos, sus sueños y la evolución de la música que tanto adora. Un inocente, entusiasta, comprometido, esperanzado, feliz de dedicarse a la música y de brindársela a los demás. Un artista nuestro, de primera, reconocido internacionalmente, que prefiere cantar en las escuelas y los pueblitos que tener que hacerlo en el exterior o en los grandes festivales. Pasen a La Sobremesa del Domingo que el Numa sacó la guitarra.
Nací en Curtina, un pueblito de Tacuarembó, mi padre era policía y mi madre campesina, y tengo un hermano ocho años mayor, muy amantes de la música, me gustaba desde chico, prontos nos fuimos de allí. Recuerdo que a los 5 años me llevaron a ver a Amalia de la Vega y quedé pasmado con aquella música.
A los 8 años comencé a estudiar música en el conservatorio de Tacuarembó, bandoneón. Pero luego nos fuimos a San Gregorio y allí no había profesores de música. Comencé a dibujar y a cantar.
Al volver a Tacuarembó, hubo cambio de gobierno y a mi viejo lo ascienden, lo cambian al barrio La Sexta. Ahí comencé con la guitarra.
Al principio cantaba música uruguaya y argentina, mucha argentina porque era lo que llegaba, Atahualpa Yupanqui y otros, pero los uruguayos también comenzaban a tallar, Los Olimareños, Osiris, Alan Gómez, etc.
Un poco después aparece Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti quien me marcó porque lo vi dar un concierto de guitarra en música antigua, junto a su señora en aquel momento, Nelly Pacheco. Después él cantó canciones folclóricas.
-¿Por qué tus padres te llevaban a ver espectáculos musicales?
-Mi madre cantaba muy bonito y mi padre tocaba un poco la guitarra, siempre hubo música en casa. Se escuchaba todas las mañanas en Radio Rural un programa que se llamaba Milongas Criollas. A veces llegaban los primeros festivales de Cosquín.
Después aparecieron varios músicos uruguayos por Tacuarembó, por ejemplo Alan Gómez iba a cantar a mi escuela. Cuando iba el cantor era glorioso para nosotros, por eso sigo hoy yendo a cantar a las escuelas. Siempre. En 1966 conocí a Washington Benavides y ahí cambió todo…
El sueño del pibe…
-¿Te gustaba más la música que, por ejemplo, jugar al fútbol?
-El fútbol me gustó hasta que me pegaron un pelotazo en la mano, era arquero, me torcieron los dedos y allí se me fueron las ganas de jugar al fútbol, porque era más importante la guitarra.
Me pasaba todo el día aprendiendo música solo, leyendo partituras y tocando. Imitando lo que pasaba en los discos. La música era como un juego, encontrar las notas, imaginarme que quién tocaba en el disco era yo.
-¿Es una pasión en solitario?
-No, porque desde el comienzo me gustó compartir, inventábamos conjuntos que debían ser terribles (risas), pero para nosotros sonaban fabulosos.
Me gustaba mucho además cantar en el coro del liceo. Vinimos a Montevideo en 1965 y la directora era Chichi Mujica, hija de Tomás Mujica, el gran compositor y músico vasco que se radicó en Tacuarembó.
-¿Cómo conociste a Washington Benavides?
-Su libro Las Milongas ganó el Premio Nacional de Poesía y unos amigos me lo mostraron. Yo ya le había puesto música a unos poemas de un amigo de mi padre, había empezado a componer y cuando vi el libro me impresionó.
A Washington lo veía en el liceo y de alguna manera quería acercarme pero yo era muy tímido. En determinado momento se le hace un homenaje en el liceo por el libro y Graciela Estévez, que era mi profesora de literatura, me pidió que cantara. Allí canté canciones con música mía y los textos eran de Joaquín Almada, un poeta que nunca publicó. Y surtió el efecto que yo quería, Benavides me vio, me invitó a su casa y ahí comenzó el trabajo.
El me puso a cantar cosas impresionantes, como Las Golondrinas de Bécquer y otros, me prestó libros para musicalizar. Me acercó poesía española, latinoamericana, los textos de folclore. En la casa de él se escuchaban los Rolling Stones, Bob Dylan, los Beatles, pero también Larralde, Zitarrosa, Viglietti, Violeta Parra, etc. Me abrió el campo, escuché también los primeros discos de música antigua. Fue fundamental y sigue siéndolo hasta el día de hoy
-¿Benavides fue como el epicentro cultural del momento?
-Sí, aunque sin proponérselo, sigue siendo natural, es un tipo que nuclea. Allí nos juntamos con Eduardo Darnauchans, Eduardo Larbanois, Víctor Cunha, Carlos Benavides y otros. Todos agarramos para el lugar que más nos gustaba. Darnauchans creó toda una forma, pero además sabía escribir. Yo escribiendo fui y sigo siendo terrible, pero tenía la posibilidad de musicalizar y era medio bicho con la guitarra. Empecé a estudiar guitarra clásica con Domingo Alvarenga.
-¿Cuántas horas llegabas a estar con la guitarra?
-Ahh, llegó un momento que fue preocupante por el liceo, era música y música. No es que estuviera solamente con la guitarra, sino que estaba escuchando, no había disco que cayera en Tacuarembó de folclore o música clásica que no escuchara. Lo mismo las revistas de folclore, me las sabía de memoria. Leía mucho y trataba de musicalizar.
-¿Cuándo comenzaste a cantar y tocar como actividad pública?
-En 1966 ya estaba actuando, en tablados, liceos, en el Estadio cuando fueron Los Olimareños a Tacuarembó. Nunca pensé en otra cosa que no sea ser músico. Era muy malo en el liceo, en todas las cosas que me encantaban, la matemática, la química, todo me gustaba. Pero iba a otro ritmo, los profesores estaban más apurados que yo. La música era lo que me atraía, me acuerdo en clases de Francés, yo para quedar bien porque no había estudiado nada le puse música a un poema, pero el profesor igual me echó flit. Todo pasaba por la música.
– ¿Cuándo comienza tu participación dentro del canto popular?
-En el 67 o el 68 Benavides consigue que grabe un disco en Montevideo. Lo armamos y ahí introdujimos todo lo que seguí haciendo, como la canción política, la buena poesía uruguaya, latinoamericana y española. Está todo en ese primer disco, que lo grabé muy rápido en Sondor. Para un gurí que llegaba a Tacuarembó con un disco de verdad, era una cosa que ni yo lo creía, lo escucharon hasta en el liceo.
En aquel momento estaban Los Iracundos para baile, que era un divertimento, todo lo contrario a lo que yo hacía.
La Patria Compañero
-¿Qué significó «La Patria Compañero»?
-Ese fue el tercer disco, antes me vine a Montevideo, conocí a Viglietti mediante una carta de Benavides, inmediatamene comenzó a darme clases sin cobrarme nunca un peso. Hasta me regaló una guitarra. Me prestó la suya para ir a grabar y se dio que estaba los Quilapayún en Montevideo. Grabamos «La Vasija de Barro» con ellos, fue impresionante.
Después viene la Patria Compañero, el disco más importante, esa canción y «La rosa y un clavel», fueron canciones que me marcaron. Paralelamente a eso, yo hacía un repertorio muy panfletario, muy directo, con textos que decían pero no buscaban nada muy literario.
La gente pedía eso y yo lo cantaba muy convencido. No se podía grabar por problemas de censura. El segundo disco no se iba a llamar «Canto pero también puedo», sino «De muchacho a muchacho», que es un texto de Washington Benavides dedicado a Líber Arce y que era perfecto para el momento. Pero tenía unas cosas que el gerente del Palacio de la Música en ese momento no quiso.
Tuve que grabar de apuro una canción del primer disco nuevamente, eran épocas m
uy complicadas, estaba muy amenazado, cantábamos en todos lados y, lógicamente, la enorme mayoría de las veces, sin cobrar nada.
-Tu compromiso social ¿cuándo arranca?
-Empieza en Tacuarembó, ya en el primer disco hay una canción dedicada a Cuba, otra a Vietnam, tenía nociones de la injusticia y de una cantidad de cosas a las que había que cantarles.
Por supuesto que Benavides sin decirte nada te mostraba las opciones, uno mismo las veía. Nunca hablamos de política con Benavides, como yo no hablo hoy de política con los músicos que me acompañan.
No supe hasta último momento antes de las elecciones que Walter Roldán, el acordeonista que me acompaña desde hace añares, iba a votar al Frente Amplio.
Recuerdo una carta fundamental antes de grabar «La Patria Compañero» en donde le escribí a Benavides pidiéndole canciones más fuertes. Y el Bocha me pegó una buena cepillada. Me dijo: «No te creas que es más revolucionario cantar esa canción directa y dejar de cantar a Joaquín Olivera o a La Padilla».
En esa época fui a armar el disco a Tacuarembó y me dio «La Patria Compañero» que salió espontáneamente. Estaba sentado en la sala, había un grabador y quedó así.
Y en el año 1972 me tuve que ir.
-¿Cómo sentís que tus canciones hoy se canten, las conozcan los jóvenes y que suenen en actos políticos y sociales. Incluso en actos anarquistas?
-Lo que me doy cuenta es que el texto de «La Patria Compañero» está muy bien escrito, no es una canción puntual, ni tan directa. Es un texto que toca los problemas sociales nuestros, la historia y es muy vital. Hay muchas cosas que tienen que pasar para que esa canción sea historia. Cuando te habla de Artigas, lo ubica bien, cuando nombra a Lecor, Alvear. Cuando habla de los jubilados, hay cantidad de cosas que todavía no hemos logrado, pero que estamos en camino.
-¿Sentís que las canciones que componés son para vos o son para la gente?
-Lo primero que uno siente es la necesidad de expresarse. Hay gente que se expresa con la pintura, hay otra que lo hace con el periodismo, los deportes. En mi caso mi forma de expresarme y lograr un momento placentero es actuar y uno siente que atrapa al público.
Cuando se logra la atención y el silencio del público… es un momento sublime. Sufro mucho cuando no me va bien en una actuación. Ahora he ido aprendiendo con Erika Bush que no hay actuación mala.
Nunca se termina de aprender
-Siento que nunca se deja de aprender algo, incluso ahora me puse a estudiar guitarra y canto, me parece fundamental.
Por ejemplo en la guitarra, a partir del libro de Alfredo Escande, «Un nuevo mundo en la guitarra». Este libro me lo regaló un amigo en diciembre, pero empecé a leerlo en enero y no pude dejarlo. Al autor del libro lo invité a la radio y me cayó muy bien. Un día le planteé que me diera clases y ahí estoy metiendo. También he vuelto a aprender canto. Estoy con la profesora Gloria De León, que no es culpable de nada… (risas)
Mi tío Brígido, que fue el guitarrista de la familia, tiene 92 años y vive. El fue el primero que me hizo enamorar del folclore y siempre me habló de Carlevaro.
Al principio del exilio en 1975, en Holanda pude estudiar en el conservatorio real, y estudié en la escuela segoviana 8 años.
-¿Que sentís ahora?
-Otra apertura en la música, cambia toda la utilización de los dedos de la mano, son otros colores, te enriquece increíblemente. Estoy estudiando y todos los días estoy con la guitarra. Si te vas quedando, de pronto pasás dos semanas sin tocar y sólo lo hacés en la actuación. Lo que uno canta en la actuación ya lo sabe, el problema es ir más allá.
-¿Hiciste dinero con la música en este país?
-No sé si he llegado a hacer plata, pero vivo de la música, o sea tengo dinero para comprar discos continuamente, libros y para las cosas de la vida. No tengo cuenta en el banco.
El dinero me preocupaba antes y en Holanda no tuve problemas.
Las actuaciones en 1968 las tomé como una militancia y prácticamente nunca cobraba, cosa que era muy mal vista y con razón por algunos cantores.
-¿Tenés tus equipos?
-No, tengo equipamiento para hacer mis programas de radio, los armo en mi casa. Soy bastante reticente a encerrarme con el librito para estudiar cada aparato que hay. Tuve una consola digital durante 4 años y nunca la supe manejar, ahora la cambié por una común, no tengo tanta paciencia.
-Todo artista dice que tiene su lado oculto cuando está en su casa. ¿Qué te gusta tocar ahí?
-Continuamente estoy tocando clásicos y escuchando clásicos, como estoy armando programas para CX 4 todas las madrugadas y para la 38, escucho todo lo que llegue a mi mano del canto popular uruguayo o latinoamericano.
Tengo un gran archivo, 65.000 cosas guardadas con un sistema que me armó un amigo a mi medida. Ahí yo puedo buscar canciones de la guerra de la Triple Alianza, y seguro va a aparecer por palabras claves.
También tengo miles de discos, continuamente estoy comprando, sobre todo aquellos que es muy poco probable que salgan en compacto. Si no se van a perder, porque ya no se escuchan en las radios.
Me tomo el trabajo de limpiarlos con un buen programa, sacarle ruidos y tenerlos para utilizarlos. Por placer escucho música clásica.
Yo grabé La Patria Compañero con un grupo de heavy metal.
-¿Qué te causa cuando escuchás fusiones en la música, como la tendencia actual de fusionar folclore en el rock?
-Toda la música cuando es auténtica y sale del corazón sin pensar en lo que va a vender más, está bárbaro. Yo grabé «La Patria Compañero» con un grupo de heavy metal, llamado «Herrumbre». Y para mí fue una experiencia sensacional. Sabía que era gente muy valiosa, lo único que me puede llegar a complicar es el volumen, porque me hace doler los oídos. Pero cualquier música si la metés a un volumen terrible molesta.
Ahí descubrí que estos muchachos cantaban en serio, ninguno hacía play back, ni cuando van a la televisión. Fue maravilloso.
Ahora estamos haciendo con Erika un tema en donde partimos de la milonga, pero se convierte en reggae y vuelve a la milonga. No tengo esquemas, escucho mucha música africana.
-¿Cómo fue el contacto con Erika Busch? Porque se notó un cambio cuando apareció ella.
-Desde el comienzo grabé música latinoamericana y es simplemente desarrollar una de las ramas que me mostró Benavides. En Holanda grabé música nicaragüense cuando estaba por caer Somoza y lo hicimos en solidaridad con Nicaragua. Quise mostrarle a Erika las posibilidades maravillosas que tenía en la voz y el peligro terrible que estaba corriendo de quedar en una canción que funciona dentro de Montevideo y muy tirada a la música brasileña más difundida y no precisamente la mejor.
-¿Por qué es contrapuntística?
-Estoy convencido que la música uruguaya es más contrapuntística que armónica. Por ejemplo, el paisano que estaba en el campo solo, al lado del fuego, tenía la guitarra, la vihuela, ¿con quién iba a hablar, si no era con su instrumento?
La música uruguaya armónicamente no es tan complicada, pero contrapuntísticamente es terrible, es como que la guitarra opina. Es fundamental la guitarra en nuestra música, en toda esta zona, mientras por ejemplo en Cuba la guitarra es armónica, o en Brasil, hay muchos acordes en una canción. La gringa (por Erika Busch) no conocía eso y se le abrió un mundo maravilloso. A mí se me abrió un mundo terrible, el trabajar con tanta gente joven, me abre otras posibilidades. Está bárbaro.
-¿Quién te gustaría que haga una canción tuya o que cante contigo? ¿Tenés algún ídolo que querrías que interpretara un tema tuyo?
-Claro, soy admirador acérrimo de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Cecilia Tots, Chico Buarque, Daniel Viglietti, son gente que quiero mucho.
El día que Viglietti me dijo en Paysandú, «mirá mi actuación» y cantó «Ding un juglar» casi me muero. Después cuando Alfredo graba «Milonga de las Patriadas», fueron cosas muy importantes. Siempre es lindo escuchar las canciones de uno por otros.
-¿Cómo describirías esas excursiones o giras al interior y al exterior del país?
-No me gusta viajar, la salida al exilio fue obligada y la vuelta al país también. Volví después de haberme diplomado en el Conservatorio Real, cuando tenía todas las posibilidades de trabajar allá, con mi hijo recién nacido.
Me volví porque era mi obligación, había cantado 13 años por la vuelta al país y no me iba a quedar. No iba a seguir cantando «La patria compañero» en Holanda, cuando acá ya habían levantado la censura.
No fue fácil, le tomé una tirria terrible a las aduanas. Viajaba con pasaporte uruguayo hasta que se venció y quedé en una situación de apátrida, y los holandeses me dieron un pasaporte rosadito, donde me pedían visa hasta para ir al baño. Fue terrible hasta que me dieron pasaporte de refugiado político de las Naciones Unidas, ahí la cosa mejoró, viajé a todo el mundo, Australia, Cuba, Israel, entre otros. Soy muy casero. Acá adentro viajo continuamente, me encanta, me encanta ir a los pueblitos, pero los festivales son para sufrir.
Los festivales son para sufrir
-¿Por qué son para sufrir?
-Porque, por ejemplo, en el festival de Durazno, el de la Patria Gaucha, son festivales grandes. Tenemos la mentalidad que hay que llevar un buen espectáculo, distinto porque es un festival grande. Entonces vamos con 10 personas arriba del escenario. Pero de pronto viene un fantasma argentino que está en el tapete, que no se sabe bien cómo lo contrataron y toda la propaganda está dirigida a glorificar a estos fantasmas.
Lo más seguro que hagan play back, te repletan el escenario de un instrumental brutal para llenar el ojo. Y bueno al uruguayo no le dejan lugar para poner los instrumentos.
Por ejemplo, no recuerdo que un uruguayo haya cerrado un festival de Salta o de Cosquín. Somos terribles con la falta de respeto hacia los artistas uruguayos.
En Durazno el año pasado llovió mucho, no teníamos lugar para estar en el escenario. Estaba todo lleno de instrumental, nos mojamos absolutamente todos, los bailarines danzaron bajo el agua.
Los acordeones de Walter Roldán si se mojan, se pudren, porque son cartones, antigüedades, afortunadamente se pudo colocar de una manera que no mojó el acordeón. A mí se me mojó la guitarra y se rompió el micrófono. Llevamos espectáculos valiosos, de calidad, pero parece que nada de eso cuenta en los Festivales. Puro griterío y música atronadora.
Otra mala experiencia que tuve fue en mis pagos, en Tacuarembó, fue muy triste, me trataron mal. Y económicamente no nos sirve. La plata se la llevan los extranjeros. Es mejor cantar en otros lugares, más chicos, más cuidados, donde la gente va a apreciar la música. Que sea bueno para el alma. Canto continuamente en las escuelas, en los liceos y no cobro ni un peso. Pero allí me siento bien.
«Hacés un gran trabajo de investigación recogiendo autores y temas de todo el país»
-Hay una cantidad de material que se va perdiendo. Por algún motivo aparte de músico, desde chico fui juntador de cosas.
Ahora si el material no tiene autores y no sé de dónde viene no lo utilizo, no me sirve. No junto para tenerlo para mí solo, no me sirve de nada tener una canción que nadie tiene, para mí. Por eso trato de difundirlo y para eso tengo un programa de radio. En Radio Rural y en Emisora del Sur, CX 38, de lunes a viernes, de cinco a seis de la tarde. Leo mucho y junto mucho. Antes era más fácil encontrar un acordeonista que tocara folclore. Hoy se complica porque el que más, el que menos tiene cable en el boliche o en la casa y ya tiene internet, entonces la información que recibe es terrible.
Además los viejitos se van muriendo y se van llevando todo. Yo les digo a los gurises que hablen con los abuelos, que son una biblioteca andante y hay cosas que no están en los libros.
Tuve la suerte de grabar a Alciro Botasildo en Achard, siempre escuché su historia y la tragedia de San Benito que había escrito. Un día lo ubicamos y lo grabamos a pesar de que era muy arisco.
Para mí es un deber hacerlo, el problema es cómo y cuando lo hacés, porque todo es a costo propio.
Hay gente que está recopilando y sabe hacerlo, yo lo hago porque me gusta. También me gusta traer gente valiosa que nunca tocó en Montevideo, porque hay un gran menosprecio. Como cuando trajimos a Miguel Angel Palomeque, un músico y compositor impresionante. Nuestro país está lleno de gente muy valiosa.
-Tenemos un gobierno de izquierda, la historia del Frente Amplio acompañó la historia de la música. ¿Sentís que a partir de este gobierno hay una mayor protección del músico nacional?
-Absolutamente. Fijate que el MEC nos dio una radio y nos paga por hacer un programa, creo que es una situación única en el mundo. Hay que ir cambiando poco a poco, nunca había cantado tanto, se están abriendo campos increíbles.
Nadie dijo que fuera fácil. Lo que da más plata en el país es la cultura. El intendente Carmelo Vidalín, por ejemplo, ha sido muy inteligente porque apostó a la cultura. El que hace las cosas bien que se lleve los réditos, no importa de qué partido político sea.
Producción: Matías Rótulo, Jorge Pasculli, Victoria Alfaro.
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