VIRGINIA MENDEZ Y CESAR TRONCOSO: LA PAREJA DE EL BAÑO DEL PAPA EN LA SOBREMESA DEL DOMINGO

"Lo extraño es que pegó en el espectador común, en los críticos y en los premios internacionales"

¿L as escenas entrañables de El baño del Papa generan que los uruguayos se identifiquen con los personajes?

C.T.– La película a mí me llama la atención, porque genera un consenso alrededor de ella. Creo que el 95 % de la gente está a favor de la película. O sea al 95% del 100% que la vio, le gusta y en el cine uruguayo me parece que eso es raro. En el cine uruguayo ya ha habido películas muy buenas como Whisky, La Perrera, Viaje hacia el mar, por nombrar algunas, pero la que genera unanimidad es el Baño del Papa. Yo no sé cuál es el pique que encontró, ni el enganche con la gente, pero es raro lo que pasó.

–¿Cuántas horas de rodaje demandó la película?

C. T. Yo pedí en el laburo mío 60 días de licencia sin goce de sueldo. De los cuales de 15 días los usamos para instalarnos en Melo con el preparador de actores y juntarnos con la gente de allí. Nos fuimos nosotros dos más «el Negro» Mario Silva y nos juntamos con los melenses. Estuvimos quince días trabajando con el preparador de actores brasilero que vino con la intención de generar una cosa en común con los melenses.

V.M.– Igual los actores de Melo que laburaron eran tipos muy listos y capaces, que no tuvieron oportunidades antes.

–¿Y cómo fueron elegidos?

V.M. Fueron elegidos por casting. Y fue un casting largo el que hizo Fernando, yendo a Cerro Largo y viniendo. Y cuando se sumó Charlone se volvió a chequear la selección, pero estaba bien hecha.

C.T.– A mí me llamó Enrique Fernández, antes de que apareciera César Charlone en la película. Yo había ido a hacer un casting a Melo. Lo hice con algunos de los personajes de los que terminaron quedando y algunos que no.

 

–¿Qué se siente aparecer en la prensa de otros países a raíz de la película?

V.M.– Es raro porque ni si quiera se me había cruzado por la cabeza hacer una película. Es algo que uno no espera que le vaya a tocar en Uruguay.

C.T.– De pique es raro hacer una película. La primera que yo hice fue Viaje hacia el mar. Cuando tomaba conciencia de que estaba rodando una película en la Sierra de Minas, con esos tigres que tenía de compañeros, era rarísimo.

V.M.– Yo no sé cómo se ha sentido César, que ha salido no sólo en medios de Brasil, sino también en medios europeos y de todo el mundo. Pero yo con eso de no creerme las cosas o de creérmelas pero tener esa cosa más hipócrita que uno tiene de decir «no me importa», ver a un compañero en notas que le hicieron por todo el mundo, incluso la de Galicia, es un orgullo. Poner en Google en Internet «César Troncoso» y que salgan noticias suyas es una gran alegría. Yo ahora soy fans de él. (Risas).

 

–¿Fuiste entrevistado por un medio de Galicia?

C.T.– Lo de Galicia es muy curioso. Me hicieron una nota en El Faro de Vigo. Yo soy hijo de gallegos y mi dos hermanos viven en Galicia y van seguido a un bar. A ese boliche va un periodista de la página de economía del diario. Un día estaba mi hermano en el bar charlando con él, y le dice: «Mi hermano es famoso». «Dejate de joder». «Sí, en serio es famoso». «A ver, ¿cómo se llama? le pregunta. «César Troncoso», dice. El tipo buscó en Google y luego dijo «vos sabés que nos interesa hacerle una nota a tu hermano. ¿Cómo hacemos?». Les pasó el teléfono y me hicieron la nota pero fue todo por mi hermano. Lo que pasó fue muy raro, pero sí es verdad que la película ha tenido una repercusión a nivel internacional impresionante.

 

–¿Cómo se vive el éxito de la película?

C.T.– El baño del Papa no es la primera película que funciona bien. Lo extraño es que pegó con el espectador común y corriente, con los críticos y pegó bien internacionalmente. Me parece que lo extraño es que ha habido películas que funcionaron bien a nivel premios, pero en el público uruguayo ha generado mayor resistencia, ya sea por los tiempos que emplea o por los criterios mismos que la película decidió tomar. En Whisky hubo cierta resistencia de algunos espectadores que la vieron como lenta, aunque a mí me parece que es una característica inherente a la historia que toca, pero a un montón de gente le cuesta más ese lenguaje. En esta película hubo como unanimidad.

 

«Nuestro cine tiene características distintas. Y está bien»

–Esa resistencia que muchas veces se genera, ¿tiene que ver con que el uruguayo va poco al cine a ver películas nacionales, porque es un género bastante nuevo?

C.T. — A mí me parece que el espectador uruguayo le busca la quinta pata al gato. El espectador típico va al cine y se clava con la última de Bruce Willis y tá, se clavó. La semana que viene va y se clava con otra y no se quema la cabeza. Pero el cine uruguayo parece que tiene que estar dando pruebas todos los días y que no hay paciencia.

V.M.– Es como que se espera demasiado, quizás.

C.T.– Yo no sé si se pone demasiada expectativa o que uno cambia el ojo para ver lo propio. Otra cosa que me parece es que el espectador está esperando ver en el cine uruguayo lo que ve en el cine extranjero, norteamericano concretamente. Y me parece que el cine uruguayo por las historias, por las dimensiones que el propio cine tiene, no puede dedicarse a contar las historias que cuenta el cine yanki. Además no tendría sentido porque mejor que los yankies no lo va a hacer nadie.

V.M.– Hay un problema de identidad también.

C.T.– ¡Claro! Nuestros tiempos son nuestros tiempos. Algunos espectadores creo que no han comprendido que nuestro cine tiene características distintas y está bien. No está mal que las tengan.

V.M.– A mí la película me deja, me ha dado y me da una gran alegría y gran entusiasmo para seguir trabajando. Creo que por ahí en este momento en Uruguay se están dando muchos cambios. Y, por qué no, llegó el momento de imponerse en el cine. Hacer otro producto que a la gente le guste y que vaya con otra actitud a verlo. Que por ahí no se busque tanto la quinta pata al gato.

 

«La película tiene  mucha energía»

–El baño del Papa, ¿sigue una línea de cine nacional?

C.T.– Yo creo que esta película rompe con la línea de las películas tipo Whisky o La Perrera. No es una película lenta y parte del éxito se debe a esta diferencia. En Whisky quedaba la cámara fija mientras Mirella Pascual caminaba todo el pasillo del Hotel Argentino y hasta que ella no doblaba, la cámara quedaba fija. Acá hay mucha edición.

V.M.– Respetamos el ritmo del campo que a veces cuesta entenderlo a las personas que viven en la ciudad. Porque no es que en el campo sea todo lento. Suponte si hay que esperar el tiempo del trigo, lo tenés que esperar, pero si el día que lo tenés que curar no lo curaste, de nada sirve el trabajo que hiciste.

C.T.– Yo creo que en Uruguay todas las películas son primeras películas y están hechas por un montón de gente, que no coordina entre sí la manera de contar. No es que nos pusimos de acuerdo para ser lentos. Cada director hizo su película como se le ocurrió. Y si el cine uruguayo se presenta como más lento que otros no es por un deseo de los directores de generar un destino lento, sino que vivencian sus historias y la maneras de contarlas en este país es con ese otro tiempo.

¿Y sabés cuándo se va a romper con eso?, cuando venga otro tipo y perciba eso mismo con otro ritmo. En el caso de César Charlone creo que tiene influencia el ritmo de vida que él tiene en San Pablo. La película tiene mucha energía.

–A pesar de todo… no deja de ser una película uruguaya…

V.M.– Sí. Y cuando la vas a ver salís conmovido, salís distinto. Muchas son personas que jamás pisaron un cine y ahora lo están haciendo, salen realmente felices del cine. A pesar de mostrar una situación muy triste y paté
tica de nuestro país, es entrañable. Los personajes son queridos y dignos. Tenés ganas al salir de ahí de decir qué fea esta realidad, pero la podemos cambiar o intentémoslo. Se produce una identidad.

 

–Pero no tiene un final triste…

C.T.– El final es optimista porque no es gente que terminó vencida. Es gente que perdió una pero va por la próxima.

 

«La película fue como una paliza al ego»

–¿Hubo muchos cambios en el guión?

V.M.– Tuvimos contacto con el guión unos días antes del rodaje. En ese momento pudimos leerlo, llorar, conmovernos y reírnos.

C.T.– Yo el guión lo leí dos días antes del rodaje, trabajamos los quince días en Melo sin ver el guión. Porque querían que incorporásemos los personajes para que resolviésemos las situaciones del guión, pero por otro lado cumplía con la función, me parece a mí, de flexibilizar el laburo, sobre todo de los no actores. Vos no podés hacer que memoricen y digan en seis tomas de la misma cosa y con el mismo grado de credibilidad, porque no están preparados para eso…

Después que leí el guión, Enrique y César nos explicaron las escenas. Nos describían lo que debía ser dicho y luego improvisábamos, lo que daba cierta frescura, pero manteniendo lo que decía el guión. El resultado fue bueno, porque hubo naturalidad. No hay un escalón entre los actores que vienen del teatro y los de Melo.

V.M.– ¡Es así! Un ejemplo fue una toma que tuve que hacer con Rosario, la vecina, la escena de la canilla. Se tuvo que hacer varias veces, porque no había naturalidad. Pero era yo la que estaba tensa, no ella. Era tan mínimo lo que tenía que decir: «usted va a hacer negocio con el Papa» pero lo decía con un tono «pienso y luego existo» (risas). De forma muy dura. Y ella con naturalidad me decía: «no vecina… ¿no tiene una taza de azúcar?». Fue una cosa que me desarmó, me conmovió, me dio envidia, me dio de todo. Mientras el director seguía diciendo «¡corten!». Fue bravo, pero muy educativo. La película me hizo crecer como ser humano y me dejó como una paliza al ego, cosa que está buena.

 

¿Cómo eran los ratos libres?

C.T. ­La experiencia de cada uno fue distinta. Porque Virginia en Melo estuvo dos día sólo, trabajó prácticamente en Paso Carrasco, en las escenas de las casa. Ahí cuando terminabas de rodar te ibas a tu casa. Yo viví la otra parte en Melo. Cuando terminabas y te ibas para el hotel y estabas con todo el equipo de rodaje, entonces es un poco distinto. En Melo sí me dio la sensación de que estuve 15 días metido dentro del personaje. No porque me pasara hablando de la película ni nada. Sino por el contexto. En cambio en Montevideo vos rompías para ir a tu casa con tu hija y tu mujer, y tenías que pegarte una barrida en la casa y pagabas las cuentas como cualquier otro día. En Melo el resto de la gente también se iba para su casa pero uno quedaba todo el tiempo colocado en el lugar.

 

­¿Cómo se los terminan de imaginar a Beto y Carmen, los personajes, más allá de lo que se cuenta?

C.T. ­Beto es un tipo de extracción humilde que la pelea todos los días. Un tipo que no se resigna, un tipo que va por más, que hace el sacrifico para bancar a su familia. Lo que está bueno es que es un ser humano que tiene altos y bajos, porque tiene algunos picos de violencia.

Es un luchador. Tiene la familia al hombro. Una referencia que tuve para construir mi personaje fue mi padre. Yo creo que en algunos momentos me lo imaginaba, porque el juego que tenía Beto con su familia, era parecido al de mi padre.

 

­¿Te gustó hacer de Beto?

­Me gustó mucho hacer el personaje de Beto. Me gustó mucho representarlo con sus contrastes y me encantó por ejemplo hacer la escena que sugiere que le puede pegar a ella, por un ataque de bronca que le vino. Me pareció humano, no deseable y como actitud de vida es un cagada, pero me parece que uno no se puede privar de hacer un personaje como realmente es por presentarlo correctamente. Me gustó el personaje.

 

­¿Vos sos visceral como él?

­Yo tengo algo del temperamento, lo tengo en casa que soy un gritón y en otras circunstancias. Pero en otro momento, al contrario soy un tipo manso, tranquilo. Me parece que cada uno de nosotros tiene los contrastes adentro, entonces de alguna manera, el oficio del actor es cuestión de salir a buscar la soga que más sirve para adosársela y a partir de allí poder construir el personaje.

 

­Se puede decir que el actor es un gran robador de experiencias…

­Sí, yo creo que sí, las robo y las proceso. Tener la capacidad de poder ponerse en el lugar de. Si no tenés la capacidad de ponerte en la piel no podes construir.

 

«Una mujer sin oportunidades, que sacrifica todo por su familia.»

­¿Y Carmen?

V.M. ­A mí Carmen me costó mucho hacerlo, porque me costó mucho ir en contra de lo que es correcto o yo considero correcto. Lo que yo tengo en común con el personaje es que somos dos mujeres del Interior, yo soy de Mercedes. Me costó porque tuve que trabajar otras zonas mías. Me costó pero me gustó.

El personaje representa a una mujer sin oportunidades, que yo no digo que no tenga sueños, sino que posterga todos sus sueños y deseos por su hija y por su hombre, porque fue educada así. No tiene posibilidades de progresar intelectualmente y ni hablar económicamente.

Sí puede dar su opinión, pero sabe que la voz cantante es la de su esposo.

Es una mujer entrañable, un gran ejemplo de amor a su hombre y su hija. En algunos momentos también pensé en mi madre. Es una mujer que sabe para qué está en la vida y por qué.

Recuerdo una mujer que me dijo «ud. participa poco en la película, pero cuando aparece ilumina la película». Cosa que me emocionó muchísimo.

 

­Como persona ¿qué te dejo Carmen? ¿Con qué te quedaste de ella para tu vida como Virginia?

V.M. ­Va a sonar medio cursi pero me dejó y me sigue dejando sobre todo a nivel humano. Del personaje Carmen no tengo mucho y me quedo con esa capacidad de lucha y de entrega. De que llegado el momento las cosas hay que hacerlas o hacerlas. Además me quedo con la enseñanza de hablar con los actores, los directores, hablar con el público y todo lo que vino después, porque en el momento no sos consciente de muchas cosas.

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