Espejo y fotos
Es curioso.
Una imagen moralmente incómoda, que con frecuencia me devuelve Montevideo, se me hizo comprensible a raíz de una frase de cuyo autor me olvidé: «El problema es mirar al espejo, porque se acompaña el cambio, acostumbrándose, y se termina por no percibirlo. Hay que mirar fotos viejas y compararlas con otras de hoy y así es probable saber qué pasa».
Terminó el invierno que hasta hace poco alimentó planes conmovedores y, por cierto, muy útiles, llegó la primavera con su espasmódica temperatura, anticipando un verano que se anuncia caliente, pero todo sigue igual. Uno recorre el centro de la ciudad y cada día encuentra más gente durmiendo en la calle, valiéndose de portales y rincones, en deplorable estado de abandono y suciedad. Uno observa alrededor y advierte que está en germinación una suerte de acostumbramiento. Y si uno pregunta a quienes cree debe preguntar, porque supone que tienen responsabilidad a nombre del Estado en semejante problema, la respuesta repica como una vieja y sencillísima copla castellana: «No van a los refugios, quieren elegir, no se los puede obligar».
No es posible que una sociedad admita con tal liviandad, o tal vez sería más preciso decir espíritu indiferente, semejante precipitación a la decadencia; no es posible seguir hablando de pobreza, cuando se ha logrado disminuirla; no es posible seguir hablando de exclusión, cuando hay programas diversos que abren cotidianas oportunidades para resolverla; finalmente, no es posible incumplir con la mismísima Constitución, que eso parece ser lo que estamos haciendo.
Porque a quienes resoplan sacudiendo el artículo 10º de la Carta Magna »ningún habitante de la República será obligado a hacer lo que no manda la ley…» les recuerdo el artículo 46º: «El Estado dará asilo a los indigentes (…) que, por su inferioridad física o mental de carácter crónico, estén inhabilitados para el trabajo».
Creo que estamos mirando el espejo y no las fotos.
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