Por el aire
Debe reconocerse a los piqueteros entrerrianos –además de su carácter supersticioso y agresivo– su voluntad de tirar la bocha cada día más lejos, a ver si golpean al chico y lo mandan a la mismísima mierda.
Es la más exquisita forma, casi de tipo alegórico, que se me ha ocurrido para describir su obsesión por dañar a Botnia.
Antropológicamente, vale la pena estudiar cierta evolución de los piqueteros, que comenzaron por el grito esquinero, siguieron con reuniones estridentes, pasaron a desfiles que, en su momento, incorporaron a una nalguda hoy dedicada a otras labores, cortaron rutas y puentes a Uruguay, hicieron manifestaciones en Fray Bentos y hasta se permitieron burdas maniobras náuticas de provocación.
Y ahora, justo cuando las trabajosas gestiones diplomáticas entre ambos países estarían por dar sus frutos, sacuden a la opinión pública anunciando un pasito más audaz: hacer maniobras de protesta en nuestro espacio aéreo.
Caramba.
Así las cosas, hay un par de cuestiones a considerar.
La primera alienta la preocupación: por el espacio aéreo uruguayo, sobre todo del río Negro hacia el Norte, puede pasar desde el «Hindenburg», renacido de sus cenizas, hasta el folclórico Busti en alas delta, que acá nadie se enterará. Faltan radares. Así que tanto si caen volantes como otro elemento más ruidoso y pesado, cada cual verá si puede rajar a tiempo.
La segunda nos trae cierta tranquilidad: cuando habla de vuelos semejantes, un poco a la bartola, el hombre siempre ha tenido la tendencia a subirse a aparatos que, con rapidez de rayo, lo precipitan al suelo y lo hacen papilla. Es así desde enero de 1785, cuando el primer aeronauta, Pilatre de Rozier, que no era entrerriano, se estrelló antes de cruzar el canal de la Mancha.
Digo yo, ¿será muy impiadoso esperar que a cualquier cosa en que estos anormales se lancen al aire le pase algo parecido?
¿Y que caiga, sin daños humanos, eso sí, en un frondoso monte de eucaliptos? *
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