El populismo, el Consenso de Washington y el nuevo gobierno en Argentina
Desde el triunfo de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales del vecino país, hemos escuchado y leído todo tipo de análisis. Algunos esperanzados, otros críticos, otros cautos, otros francamente entusiastas. Nadie permaneció demasiado neutral frente al resultado.
Para la mayoría de los analistas, la elección de Cristina representa la continuidad de la política de su marido, y al parecer, quienes la eligieron, la eligieron por esto. Ello significa la continuidad de la política económica (una especialmente heterodoxa, donde el consumo interno está empujando la reactivación económica), la política social (especialmente en materia de empleo y salarios) y la política exterior (continuidad con el Mercosur y alianza con Venezuela). Estas continuidades son, sin embargo, muy mal vistas por algunos medios. Un artículo publicado por el Washington Post el martes pasado da cuenta del «escándalo» que supone para ciertas posturas una continuidad del proyecto «K».
Según ese diario Argentina no parece haber aprendido nada de la historia reciente, y la elección de Cristina no solamente lo confirma, sino que prácticamente arroja a ese país a la vera de una futura crisis económica, si continúa con los manejos «populistas» de su esposo. La expresión «populismo» para hablar de Argentina (y también de Venezuela) se ha vuelto tan común como excepcional que se aplique este término a las izquierdas uruguaya y brasileña o al gobierno de la Concertación en Chile. Estas categorizaciones, claro, no son neutras políticamente. Pero tamaña virulencia sólo es explicable en el marco de las mismas razones que llevaron a George Soros a decir que si ganaba Lula en Brasil, ese país sería conducido al abismo.
Abriendo fuego contra los Kirchner, el artículo sostiene que éstos «encararon la temporada electoral manipulando las cifras de la inflación y presionando a los supermercados a mantener los precios bajos». O sea, de acuerdo al diario, ganaron «haciendo fraude». Pero evidentemente esto no es así: la población votó, y votó masivamente, por algo más que unas cifras maquilladas o construidas de manera dudosa. El voto de los que optaron por la continuidad de este gobierno refleja un patrón de voto que se está instalando en los electorados de estos nuevos gobiernos «progresistas»: el voto de los pobres y de la clase media baja. Esto pasó con Lula en la última elección, se viene afirmando en el patrón electoral montevideano y forma parte de la matriz política del peronismo «clásico». Cristina perdió en Capital Federal, donde ganó Mauricio Macri y donde López Murphy obtuvo el 26% de los votos en la elección que consagró a Kirchner como presidente. El voto a Cristina provino 1 de los sectores socioeconómicos medios bajos y bajos, de las personas con menor nivel educativo y de los habitantes del interior del país. Ya con la elección de Kirchner en 2003, el cuadro era similar: el promedio del voto al actual presidente argentino fue en el área metropolitana (las grandes capitales) de 16,4%, y el promedio del resto del país fue de 28,8%. Así, si el populismo es un régimen en el cual los presidentes son mayoritariamente elegidos por los más pobres, pueden calificarse de populistas a todos los actuales gobiernos progresistas de América Latina. Si el populismo es un régimen en el cual los presidentes son elegidos por estos sectores, porque hacen política «para» estos sectores, también pueden ser calificados todos en este sentido. Ahora bien, el populismo en realidad se inventó para designar una forma de hacer política «para los pobres» que es demagógica e irresponsable económicamente. Sobre esto último, es sobre lo que se expide largamente el Washington Post.
Para quienes piensan que el Consenso de Washington acabó, o está fuera de uso, es recomendable una lectura de este artículo. Dice que Fernández «puede usar su mandato para recetar la amarga medicina que la economía necesita incluyendo aumentos en los precios de la energía y las tasas de interés, revaluación de la moneda y reconciliación con el Fondo Monetario Internacional, que tiene la llave para una renovada inversión extranjera o puede seguir las políticas populistas de su marido hasta que se produzca otro ‘crash’ económico». A primera vista, la afirmación parece surrealista. La crisis económica sufrida por Argentina devino exactamente de haber seguido al pie de la letra y con esmero propio las recomendaciones del Consenso de Washington. Si algo no precisan los argentinos son las «amargas medicinas» del FMI. Es más, ya no se aplican, no sólo porque hayan representado una pésima teoría para el caso, sino porque han perdido toda credibilidad entre la población. Y la capacidad de movilización en Argentina es lo suficientemente importante para que los gobiernos no traten de azuzarla con «medicinas amargas». Las políticas «populistas», al parecer, son políticas que a la gente la han hecho vivir mejor, y esto pesa más entre los más vulnerables. Ello es lo que está explicando el patrón de voto que se está registrando en estos países.
El Washington Post no escatima esfuerzos en denunciar el crecimiento argentino como una «burbuja». Señala que «el actual ciclo económico argentino, como en el pasado, se debe a los altos precios de la carne, trigo y soya del país, a la rigidez del presidente Kirchner frente a los acreedores internacionales, amplios gastos del gobierno y controles de los precios de la energía y alimentos». Uno diría: no es una mala receta. Para empezar, todos nuestros países están sustentados por el alto precio de las commodities que exportan (aun el «ejemplar» Chile). En segundo lugar, la capacidad de Kirchner de enfrentarse a los acreedores internacionales fue festejada por buena parte de los latinoamericanos deudores. Después de Argentina, aunque con muchos mejores modales, Brasil y Uruguay finalizaron sus compromisos con el FMI. Vale la pena registrar que la institución enfrenta enormes críticas por las recomendaciones que ha hecho a los países endeudados, y no está pasando por su mejor momento. Finalmente, el hecho de que el gobierno gaste no es mala cosa. Los estados que gastan poco son, en general, estados débiles o pobres. Es cierto que hay estados que gastan mucho, y gastan mal. Pero difícilmente un Estado tenga capacidad de invertir en infraestructura, hacer accesible a todos los bienes básicos como la salud, la educación y la vivienda, y generar políticas sociales que atiendan la situación de los más desfavorecidos, gastando poco. Finalmente, que el gobierno logre controlar algunos precios, como el de la energía, es una muestra de su fortaleza, no de su debilidad.
Las afirmaciones del Washington Post deben hacernos reflexionar sobre la vigencia de las recomendaciones del Consenso de Washington y la poca simpatía con la que pueden verse los márgenes de maniobra soberana de los gobiernos de países pobres y periféricos como los nuestros. Lo que no entiende el periodista que escribió el artículo es que la «amarga medicina» no es recomendable hoy para ningún político, y la política no está pasando su mejor momento en América Latina. En la medida en que los políticos dependan de los votos, la gente votará a políticos «populistas», en el sentido antes definido. ¿Cuál es el riesgo? ¿El de un crack económico? Los argentinos vivieron un crack económico por derecha, no por izquierda. Pero, y más allá de cualquier afirmación sobre la sustentabilidad del crecimiento argentino, la «bonanza» que vive este país es un mal ejemplo para cualquier ortodoxia. Ella evidencia que los márgenes de maniobra son un poco más anchos de lo que solíamos pensar. Especialmente los políticos. Si esto fuera así, Argentina, así como ha sido una caricatura del Consenso de Washington haciendo «buena letra», será también la que demuestre que las cosas se pueden hacer de otro modo.
1 Ver en Brecha 2/11/07 el artículo titulado «La Argentina plebeya» * Constanza Moreira. Politól
oga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los fermentales análisis de Hugo Cores. Ante su ausencia es cubierto por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
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