Argentina: la política tiene cara de mujer

El domingo se celebraron las elecciones presidenciales en Argentina. Las dos candidatas favoritas eran mujeres: Cristina Fernández y Elisa Carrió. El tercero en disputa fue Lavagna, ex ministro de Economía de Kirchner y de Duhalde. El director de cine «Pino» Solanas representaba una alternativa para la izquierda, que buscaba sus propias opciones.

Los tres principales dirigentes que se presentaron en esta elección ­Cristina, Lilita y Lavagna­ pertenecen a la nueva generación de líderes políticos que emergió después del menemismo y del «Que se vayan todos», de la que el propio Kirchner fue el principal protagonista. Los tres, de algún modo, contribuyeron a la construcción de la Argentina que emergió de la crisis de 2001. Roberto Lavagna lo hizo al tomar las riendas de la conducción económica durante la gestión de Duhalde, asumir la salida de la convertibilidad y apoyar la renegociación de la deuda argentina con el FMI. Elisa Carrió lo hizo en una clave ética y republicana, cuando protagonizó las principales denuncias contra la corrupción del sistema, que la hicieron emerger como líder política en las primeras elecciones argentinas «post crisis» (2003). Cristina Fernández, junto a su marido, representó la vuelta a un peronismo «por izquierda» que tuvo, entre sus principales logros, desbaratar algunos de los enclaves más siniestros de la derecha argentina, especialmente en materia de derechos humanos. Ninguno de los tres representa a la derecha argentina, y con la excepción de Lavagna, que es un candidato de centro, lo cierto es que Lilita y Cristina están corridas a la izquierda del espectro político. ¿Eso quiere decir que la política argentina se ha izquierdizado, como resultado del factor «K», del giro a la izquierda del continente y del fracaso de la convertibilidad? Parece difícil afirmarlo, después de la abrumadora victoria de Mauricio Macri en las recientes elecciones de la provincia de Buenos Aires. Esta victoria representó un duro golpe al kirchnerismo y mostró que hay una derecha «a la Zarkozy», importante, dura, concentrada en el principal distrito electoral del país, y que goza de prestigio y legitimidad.

La primera pregunta que podemos hacernos de cara a esta elección remite al fenómeno «Kirchner» y a su potencial de transformación de la política argentina. ¿Es el kirchnerismo un fenómeno de largo aliento, independientemente del líder que es Kirchner? ¿Qué representa para el sistema político argentino? ¿Cuánto de continuidad y cuánto de diferencia representa la candidatura de su esposa? Y especialmente, ¿cuál es su significación política en términos del «giro a la izquierda» en la región?

Sobre estas interrogantes sólo podemos ensayar algunas hipótesis, basadas en lo que ha sido la política argentina después del colapso que se produjo tras la renuncia de De la Rúa. Una de las bases del fenómeno Kirchner ha sido el crecimiento sostenido de la economía argentina. Sin duda las raíces del éxito argentino en esta área están fuertemente condicionadas por el ritmo de crecimiento de la región y de factores exógenos (como la expansión de la economía china), pero también deben sumarse los méritos de las opciones presidenciales y de su elenco (en el cual revistó Lavagna durante el período de principales definiciones). Entre los méritos propios deben contarse la adopción de una política heterodoxa, la pulseada con el FMI en 2004 y la quita lograda en el pago de la deuda externa, así como el impulso a una política de reindustrialización del país (el llamado ensayo «neodesarrollista» argentino). Otros logros, como la reducción de la pobreza, el aumento del salario real y la reducción del desempleo, pueden ser explicados por la fantástica recuperación del crecimiento económico. Pero sin duda las medidas de aumento del salario mínimo o los planes para jefas y jefes de hogar, colaboraron a estos logros. Por consiguiente, la candidatura de Cristina ha estado signada por la reelección de un gobierno que ha sido exitoso económicamente, en una clave que el propio gobierno ha denominado como «progresismo».

En cuanto al sistema de partidos, la capacidad de estos líderes políticos de generar estructuras partidarias coherentes ideológica y programáticamente, que establezcan vínculos arraigados en la sociedad, ha sido escasa en este período. El aumento de la satisfacción con la democracia que registran las encuestas en Argentina, así como la recuperación de la credibilidad en la política que se ha producido durante estos años, no parecen haber cambiado las formas elementales de la política «de bases» de las últimas décadas.

Sobre el «progresismo» argentino pueden destacarse al menos tres aspectos. El más llamativo es la política exterior: reafirmación del Mercosur y alianza estratégica con Brasil y Venezuela. El segundo es la política llevada a cabo por este gobierno en materia de derechos humanos, del cual el propio Uruguay salió beneficiado. El tercero, y más controvertido, es el manejo del gobierno con los empresarios y su capacidad de imponerle costos a los mismos, de cara a las demandas de los movimientos sociales y de la ciudadanía en su conjunto, sin duda los mayores perjudicados durante la crisis que asoló a ese país.

La segunda cuestión que se puso en juego en esta elección, y sobre la cual una reflexión «de género» es necesaria, es: ¿A qué se debe esta presencia decisiva de las mujeres en la política argentina? ¿Cuánto ha influenciado, en este respecto, la elección chilena (donde la propia Bachelet debió competir con otra mujer, Soledad Alvear, su liderazgo)? ¿Es una «onda» de efecto expansivo en la región? ¿O más bien debe interpretarse en términos del propio sistema de partidos argentino?

En primer lugar cabe aclarar que Argentina está en el ranking de los diez países mejor posicionados en materia de participación política de las mujeres en el Parlamento. Para ello, han colaborado enormemente los sistemas de cuotas para mujeres que existen desde hace muchos años y que fijan un umbral mínimo de participación de las mismas en los cargos parlamentarios. Pero además, la presencia de las mujeres en la política argentina, en niveles de liderazgo nacional, ha sido un fenómeno importante en las últimas décadas. El símbolo que representa Eva Perón en este contexto no le es desconocido a nadie. Y claro está, la díada Kirchner-Cristina parece remitirnos fuertemente a esta tradición. Sin duda éste es un aspecto importante, pero otro, no menor, es la presencia de mujeres en los ministerios, y especialmente la presencia de una mujer en el Ministerio de Economía, una de las carteras más importantes de cualquier gobierno.

Por consiguiente, la interpretación más simplista de que Kirchner «deja a su mujer» en el gobierno, como si de una transacción patrimonialista se tratara, en la cual una familia se reparte el poder, no sólo no es justa, sino que es una interpretación que le erra a lo más importante. No sólo estuvo la esposa de Kirchner en esta elección; la segunda en disputa fue también una mujer (Elisa Carrió). Y de cualquiera de las dos puede decirse mucha cosa, menos que sean unas recién llegadas a la política. Así, lo que la política argentina revela es que en esta nueva fase que se inauguró después del «que se vayan todos», una de las renovaciones más importantes pasa por buscar candidaturas diferentes. Entre ellas, la candidatura de mujeres. Algo de esto sucedió en Chile también: la renovación de los liderazgos pasó por la apertura a las dirigencias femeninas. Y no importa que gusten más unas que otras, Hillary que Cristina, o Bachelet que Carrió: lo cierto es que esto representa, junto con el «giro a la izquierda», casi un cambio de época en las formas tradicionales de hacer política en esos países. *

(*) Constanza Moreira. Politóloga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los fermentales análisis de Hugo Cores. Ante su ausencia es cubierto por Con
stanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.

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