El hombre quieto
Alguna vez no, más de una dije que la técnica, como el arte o la ciencia, no tiene, intrínsecamente, moral. Depende de cómo se aplique.
Bueno, estoy revisando esa idea.
La técnica ha avanzado a tal velocidad y tan fuera de control que va a transformar al rey de la creación en «el hombre quieto». O sea, lo va a convertir, a satisfacción del cliente, en un ser absolutamente inmóvil. Cualquiera sea el sitio y la circunstancia, no deberá hacer nada por sí mismo.
El penúltimo ejemplo es estremecedor. Se trata de un jacuzzi que incorpora un sistema de audio acuático, con parlantes sumergibles. No es todo. Quien disfrute de semejante aparato dispondrá también, además de una variedad hasta ahora desconocida de hidromasajes, de un reproductor MP3 para audio y video.
Yo debí pensar que este universo aterrador de la quietud total iba a ser realidad en cualquier momento. A fin de cuentas, muchos pensadores desde el genial Leonardo a filósofos, investigadores y escritores modernos como Aldous Huxley, Arthur Clarke, George Orwell o Isaac Asimov imaginaron y hasta diseñaron un mundo diferente que, en algunos casos, y más allá de la ficción en la que difumaron sus terribles, ominosas premoniciones, debió hacerme reflexionar mucho antes.
Discépolo, un día que miraba en lo que se iban convirtiendo Buenos Aires y su gente, dijo: «El hombre caza y acoge mariposas cuando es chico; cuando es grande las pisa, porque no las ve».
¡Te adelantaste cincuenta años, maestro!
¡El hombre contemporáneo está como para ocuparse de mariposas! ¿Cómo admirar el vuelo de un pájaro, un frágil jazmín de noviembre, la luna o la belleza de la poesía, sumergido hasta la nariz en una bañera burbujeante y con su cerebro, ya escaso, acribillado por el rock del momento, la última porno en formato digital y un masaje malayo que igual podría ser turco aflojándole las nalgas?
Aunque, claro, si uno piensa en Jorge Batlle, esto del hombre quieto no suena tan mal. *
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