La izquierda y …¿la derecha?
Norberto Bobbio fue uno de los más eminentes pensadores de los últimos tiempos. Nació en Italia el 18 de octubre de 1909 y falleció el 9 de enero de 2004. Su obra ha sido considerada como un aporte fundamental al pensamiento político moderno. Entre sus muchos trabajos, en 1995, publicó «Derecha e Izquierda. Razones y significados de una distinción política», que se convertiría en una de sus obras más reconocidas y difundidas. En la misma, Bobbio plantea que izquierda y derecha se diferencian con claridad, a partir de la relación distinta que ambas poseen con respecto a un concepto esencial: la igualdad.
A la izquierda la anima un ideal igualitario, así se ha reconocido a lo largo de su historia, en todo el mundo. La igualdad representa un principio fundamental de su pensamiento y de su proyecto político. Para la derecha, la desigualdad representa un hecho natural y una condición de la vida en sociedad que no puede superarse, y, por tanto, la igualdad no constituye valor prioritario en su pensamiento ni en su actitud política, quedando reducida al campo de lo estrictamente jurídico.
La derecha estimula la competencia en lo que sea, el trabajo individual y las soluciones personales. La izquierda hace otro tanto pero en sentido opuesto, estimula la regulación, el trabajo colectivo y las soluciones generales. Bobbio afirma que miradas así las cosas, la división, que hasta ayer definía el mundo entre izquierdas y derechas, tiene sólido sustento en la actualidad y puede continuar tranquilamente hacia el futuro. Porque ubica las cosas en su lugar, resulta comprensible y explica muy bien cada ideología, en términos que son conocidos por la gente, más allá de que en su origen hayan surgido de forma casual.
Bobbio sostiene que la libertad, como ideal, no resulta útil para distinguir la derecha de la izquierda, puesto que en ambas categorías se inscriben doctrinas y movimientos de carácter libertario, así como ideologías y prácticas autoritarias. Desmitificando de esa manera el concepto con el que tradicionalmente la derecha pretende identificarse a sí misma.
No he leído todo lo que escribió Bobbio, pero dudo mucho que en algún pasaje de su obra haya hecho referencia al Uruguay y a su sistema político. Lamentablemente, me temo no tuvo la oportunidad de conocer un caso extremadamente singular: un sistema político donde nadie se identifica con la derecha. En Uruguay parece que no hay derecha y, si es que la hay, nadie asume su paternidad, ni se identifica como tal.
Para aumentar la curiosidad de nuestro caso, con una llegada tarde a la discusión mundial de por los menos 10 años, algunos dirigentes tradicionales, insisten hoy en afirmar que los términos «derecha e izquierda» están perimidos, que representan eslóganes y que con el fin de la guerra fría han perdido todo sentido.
Recientemente, un destacado dirigente del Partido Nacional, ante requerimiento de un periodista, sentenció: «No somos de izquierda ni de derecha, somos blancos», sintetizando una definición ideológica de suma originalidad. Faltó agregar: «como hueso de bagual», para otorgarle un toque de mayor exquisitez conceptual y proyección universal a la proposición. Esta fina «diablura», supuestamente permitía al involucrado ensayar una definición que no arriesgara pérdida de votos, tanto de izquierda como de derecha.
Afirmar que definiciones ideológicas asumidas como válidas en el mundo entero, por algún raro designio, quedan abolidas al momento de ingresar a territorio nacional, representa un caso de voluntarismo extremo o en palabras más corrientes: tratar de tapar el sol con la mano.
Pretender que no hay derecha en Uruguay es una simpleza que muchos se permitirán, pero en la izquierda uruguaya es un lujo que de ninguna manera nos podemos dar. ¿Quién fundó el Estado represivo? ¿Quién sostuvo la dictadura ideológicamente? ¿Quién le dio amparo intelectual? ¿Quién ha prohijado y mantenido la impunidad de los crímenes de la dictadura en nuestro país? La respuesta es una sola: la derecha.
Pero hay más: ¿Quién no quiere que los sindicatos existan? ¿Qué la gente no reclame? ¿Quién no quiere leyes laborales? ¿Y que se destinen fondos para atender la pobreza? La respuesta es la misma: la derecha.
La derecha en Uruguay se expresa con total nitidez dentro del Partido Nacional, no en todos sus grupos y dentro del Partido Colorado en casi todos sus sectores. Allí hay derecha, pura y dura, conservadora y refractaria. Extrañamente, es una derecha con vergüenza de asumirse como tal, carece de rostro humano, disimula y se esconde, en el arco de fracciones internas de los partidos tradicionales.
Soy de los que rescatan como positiva la propuesta del ex presidente Jorge Batlle, cuando llama a los partidos tradicionales a unirse. Creo que es un planteo franco y sumamente adecuado. Llama a la derecha a reunirse en un solo lema, en una sola expresión, a cara descubierta, planteándole al país sus proyectos y opiniones. Seguramente, de concretarse la unificación, cosa difícil por ahora, obligaría a ambos partidos a modernizarse, a discutir un programa en serio, a adoptar definiciones de mayor rigor, generando mejores condiciones para disputar futuras elecciones nacionales.
Sería todo un aporte al sistema y a la política uruguaya reformular la expresión de la derecha, ahora desde la perspectiva de la claridad ideológica y programática, en una nueva formación política, superando la mera apelación a colores, tradiciones y pasados cada vez más lejanos y difusos. Existen, a nivel internacional, experiencias ilustrativas en ese sentido. Así se reformuló la derecha española, formando y adecuando al Partido Popular, para enfrentar el auge socialista durante la etapa de Felipe González.
La izquierda uruguaya ha construido su unidad en un largo proceso, de encuentros y desencuentros, con nuestras contradicciones y nuestros avances, con el dolor sufrido por el horror de la dictadura, con reveses electorales y con victorias maravillosas. Estuvo en el llano, trabajó incansablemente, enfrentó con fuerza y convicción las políticas antipopulares que la derecha pretendió aplicar, se fortaleció como oposición y acumuló un respaldo popular sin precedentes que le permitió conquistar el gobierno y aplicar un programa de reformas, que algunos califican de moderado, pero que en los hechos resulta revolucionario para el Uruguay.
Pasada ya la mitad del mandato, con la mitad del electorado a favor y con los partidos tradicionales desperfilados, algunos pueden creer que la derecha no es rival o que quizás ya ni existe, y puede suceder que disminuyamos la fuerza de nuestro discurso y de nuestra acción transformadora. Si así fuera, cometeríamos un enorme error, cuyas peores consecuencias no las sufriría la izquierda, sino el país en su conjunto.
No hay ninguna razón para que los términos que hasta ayer han ordenado el debate de ideas y la lucha política en el mundo, no sigan expresándola a futuro. Izquierda y derecha son dos formas muy diferentes de ver el mundo, miradas muy distintas, que ubican una prédica y una actitud inconfundible ante la vida en sociedad. Porque la solidaridad, para la izquierda, es una forma de vida. No vamos a ser nosotros los que disimulemos y nos escondamos, los que sintamos vergüenza de decir quiénes somos y qué pensamos, porque hoy, como siempre, para nuestro orgullo: la igualdad hace la diferencia. *
(*) Senador del Nuevo Espacio/Frente Amplio
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