Dos viejos gruñones
Cada cual es dueño de hacer y decir lo que quiera. Para empezar. Si es grande, más aún. Si, además, durante toda su vida han dicho y hecho lo que han considerado correcto, justo, con sentido. Se la han jugado, para ser más claro. Y, además, han pagado muy caro las consecuencias de sus dichos y sus actos. Eligieron su camino, se morfaron años muy duros, y nunca se han quejado. Hasta ahí todo bien. Nada que decir. Respeto.
Regresada la democracia a su lugar, siguieron luchando, ahora a través de la vida pública, parlamentaria, en sus fuerzas políticas. Todo bien. Más respeto todavía.
Ser personas públicas implica un riesgo permanente, más allá de la razonable comprensión por errores que todos podemos cometer. Eso sí, hay errores y horrores. Por eso estos enfrentamientos de Fernández Huidobro y Jorge Zabalza, a lo Jack Lemmon y Walter Matthau en aquellas grandes películas, no son graciosos esta vez. Tampoco tienen nada de valientes, ni de justos, ni de solidarios, ni de revolucionarios, ni de heroísmo, ni de humildad al servicio de la causa de todos. Son pura soberbia personalista escondida en hechos muy fuertes para todos y no sólo para ellos dos. Parte de nuestra historia más delicada, que todavía duele y de la cual aún quedan muchas cosas por saber.
Dicho sea de paso, ¿cuántas más cosas como las que revela Zabalza, en su autobiografía, nos resta saber? ¿No venimos luchando desde hace muchos años para que se esclarezca la verdad de lo sucedido en aquellos tiempos? ¿Quién dijo que esa pretensiónnecesidad corría sólo para un lado? ¿A qué estamos jugando?
A mí, como a otras personas con las que he intercambiado sentires de capa caída sobre el tema, me ha causado un dolor sordo, triste, de cosa sin sentido, como de «Intrusos» de Jorge Rial.
Nuestra gente se merece una disculpa sincera. Ellos también.*
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