Comedor parroquial que atiende a 30 niños cierra por un único ladrón
El padre Omar França nos recibe en la filial de la parroquia Nuestra Señora de la Fundación, en General Flores y José Batlle y Ordóñez. El nuevo local ha sido adquirido poco tiempo atrás y los obreros van y vienen, mientras se prepara la misa de la hora 17.00. Es entre imágenes sagradas que el padre comienza a relatarnos la historia reciente de la parroquia, la que se juega a pocas cuadras de allí, en el salón de usos múltiple de la casa parroquial, ubicada en Eguren y Jacobo Varela.
Cada domingo, desde hace más de cuatro años, 30 niños de entre 4 y 12 años que provienen de familias que viven en contextos difíciles almorzaban en ese salón. Sin embargo, «el almuerzo era más bien una excusa», explica França. El centro de la actividad eran los talleres, que buscaban «desarrollar en los niños habilidades que les pudieran servir». Allí aprendían computación y manualidades, y recibían apoyo en las tareas domiciliarias mediante los ordenadores. No obstante, que el relato del padre se desarrolle en tiempo pasado se debe a la sucesión de robos cometidos por un único delincuente, que los ha dejado sin techo, sin garrafa y sin ollas.
Como una obsesión
El padre França ha visto al mismo adolescente robar el salón comedor tres veces en los últimos dos meses. En las tres oportunidades el procedimiento usado fue el mismo: rompió las chapas del techo y se descolgó por un cable.
Tres o cuatro días después del primer robo, la parroquia reparó el techo. La novedad duró sólo 24 horas. Fue el tiempo que demoró el ladrón en volver a penetrar en ese espacio. Luego, el salón permaneció un mes y medio a techo abierto. Hace dos semanas volvieron a repararlo, pero el delincuente reapareció.
Fue en la madrugada del miércoles 10. Penetró por el techo, esta vez acompañado por otras dos personas. Como en las anteriores ocasiones, la alarma sonó puntualmente y el padre França acudió al lugar de inmediato. Sin embargo, «son demasiado rápidos para uno». Esa vez pudieron llevarse la garrafa. Insatisfecho con el resultado, regresó a la hora 15.00 y robó las ollas. A las 17.00 decidió adquirir algunas sillas de plástico blancas.
El padre pudo ver el rostro del ladrón en los tres robos, y no alberga dudas respecto a su identidad. Es el mismo muchacho que acosó a la parroquia años atrás. Tiene 250 anotaciones policiales.
Evitar tentaciones
El padre cuenta, entre resignado e indignado, que el mismo muchacho que tiene a maltraer a la parroquia es temido por todo un barrio. Son los niños de ese barrio incluyendo dos hermanos pequeños del ladrón los que asistían cada domingo a las actividades. Sin embargo, todas esas actividades se han detenido a causa de los robos reiterados.
Las computadoras, donadas por un banco en su momento, intentaron ser devueltas para que no se convirtieran en un blanco seguro del ladrón. Luego de que el banco se negara a aceptarlas, pasaron a una parroquia del Cerro. También es posible que deban trasladar a otras parroquias 87 kilos de carne donados al comedor días atrás.
«El arreglo del techo en las dos ocasiones anteriores nos costó cerca de 5.000 pesos. Esta es una parroquia muy pobre y no podemos afrontarlo nuevamente», explicó França.
Un barrio amenazado
Hay una sola cosa que hará posible que se retomen las actividades señala convencido el padre: «el compromiso de los vecinos». El cura trasmitió esta realidad a los padres de los niños que asistían al comedor en una carta contundente (ver recuadro) que se resume en una idea: si no logran que el ladrón devuelva las ollas y la garrafa, no habrá comedor. Hasta ahora ningún adulto se ha dado por aludido y el padre França admite no tener mayores esperanzas. «El los amenaza. Les dice que si hablan les quema el rancho, por eso hasta los vecinos que mandan a sus hijos al comedor los dejan pasar hasta la parroquia», explicó. Claro, tanta impunidad tiene consecuencias, y França asegura que más de uno se la tiene jurada. Sin embargo, el padre admite que al delincuente aún le quedan casi dos años antes de que cumpla los 18, según los papeles. Tiempo suficiente para mantener a todo un barrio en vilo. Además, a França le preocupa particularmente que el joven ha dado un salto «cualitativo» en sus delitos. Pocos meses atrás, luego de salir del INAU, copó una casa donde había niños utilizando un revólver de juguete. Hasta el momento había evitado el contacto con las víctimas de sus robos. Dado el temor que genera en el barrio, el padre teme una escalada en sus crímenes. Por ahora, su testimonio no basta para encerrarlo. Mientras tanto, sólo espera una reacción «solidaria y no individualista» de parte de los padres. Cambiar la situación no es fácil. França ha consultado a varios niños sobre la reacción de sus padres al leer la carta enviada por la parroquia y la respuesta ha sido siempre un cauto y adiestrado «no sé». El temor también se enseña. *
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