Fin de una época
En el correr de este año, no hace mucho, Hugo Chávez afirmó que sobre diciembre el petróleo rondaría los cien dólares por barril. Un Presidente de Venezuela es, forzosamente, persona muy versada y bien asesorada en tal materia.
En estos días el barril se aproxima a los noventa dólares.
El 26 de marzo del año 2004 Mujica y yo desayunamos en el Hotel Victoria Plaza con el por entonces presidente de Pdvsa Alí Rodríguez, quien fuera hasta poco antes ministro de Energía de Venezuela y secretario de la OPEP.
Una de las personas más informadas del mundo en temas petroleros, que esa mañana seguía rumbo a Buenos Aires para coordinar con Kirchner la urgente ayuda venezolana para sortear la crisis energética que por entonces golpeaba muy duro en Argentina y Uruguay.
Fuimos en busca de una información estratégica vital que nos fue dada sin la menor duda: se agotaba el petróleo liviano, o ligero o «dulce», el mejor, el de más fácil extracción y refinado. El hasta entonces más barato.
Sobre un mar de ese tipo de petróleo se fundó a partir de principios del siglo XX una civilización basada en motores de combustión interna. Civilización y barbarie: ese fue el combustible que no sólo provocó (y sigue provocando) grandísimas guerras sino que además movió cuantiosos ejércitos por tierra, mar y aire.
Desde antes de aquel mes de marzo de 2004 veníamos alertando al respecto, ya que el tema (agotamiento de tan crucial recurso) era muy debatido internacionalmente. Con la información fehaciente que logramos esa mañana, volvimos al Congreso del MPP que sesionaba en esas horas y lo proclamamos anunciando que la crisis que Uruguay vivía por falta de lluvia había llegado para quedarse. Y que para colmo de males ella se inscribía en una crisis energética regional (no íbamos a poder pedir ayuda a los vecinos) y mundial.
Eso fue muy debatido en Uruguay y hasta «refutado» por altas autoridades especializadas.
Costó mucho hasta que hace poco se reconociera por fin, ante la flagrante evidencia, que era dolorosamente así.
Uruguay cometió un grave error estratégico por «apostar» temerariamente a favor de una supuesta abundancia de petróleo barato («estamos nada más que antes maniobras especulativas pasajeras» se nos decía).
Pagamos la equivocación con décadas de atraso en el desarrollo de energías alternativas que ante la duda comenzaron a desarrollar otros países (hace añares que Brasil, aún teniendo petróleo, usa por ley alcohol de origen vegetal en sus vehículos). Sin embargo acá, hasta hace poco, apostamos al petróleo puro y duro. Así nos va.
Porque además, la crisis por escasez, como en cualquier otro producto, iba a ser fatalmente y primero, crisis por precios.
Petróleo caro seguirá habiendo para quienes puedan comprarlo.
Además: lo que se discutía no era si ese petróleo se acabaría sino que, debido a la creciente demanda inesperada en cálculos anteriores (proveniente de China, India, etcétera) la fecha de ese agotamiento ya no era correcta: se nos venía repentinamente encima.
La creciente demanda abrevió los plazos porque la futura escasez y carestía era reconocida por todos para más tarde o más temprano. Por lo que desarrollar energías alternativas no era una aventura sino una muy prudente previsión.
Acá tampoco se tuvo en cuenta ni tan siquiera eso.
La fabricación de combustibles de origen vegetal (y de otros orígenes); la producción de energía por otros medios eludiendo al máximo el petróleo, no son producto de una caprichosa opción sino de una demanda creciente.
Es el precio del petróleo el que, salvo que se cambie la civilización, «manda» producir aceites y alcoholes con biomasa.
Al precio actual del barril, un litro de aceite COMESTIBLE puede resultar más barato que uno de gasoil destilado de petróleo.
Cuando los automovilistas echen ese aceite en su motor o lo mezclen para abaratar sus costos, subirá el precio del aceite y por ende, como lo estamos viendo, el de la soja, el girasol, etcétera y, de rebote, el de los cereales (como el trigo) que serán desalojados de sus tierras habituales por los oleaginosos.
Pero no se necesita ir tan lejos (al aceite «de mesa»): el biodiésel, que no es comestible, y el alcohol carburante, que no es potable, ya son altamente competitivos con el petróleo. Pronto los mezclaremos de acuerdo con el mandato de la Ley con nuestras naftas y «gasoiles» de origen petrolero. Y más pronto que tarde, lamentablemente habrá, en especial para el biodiésel, un mercado negro de dificilísimo control policial. Ya lo hay para el uso de garrafas de gas peligroso (el gas natural no lo es pero otros gases sí) en automóviles. Y, por lo menos en otros países, ya se ha detectado el uso clandestino de hidrógeno en autos lo que, por ahora y hasta más ver científicamente, es peligrosísimo.
Ante esta formidable crisis que tanta sangre derrama nadie, o muy pocos, hablan del automovilismo: ese emblema de la civilización petrolera.
Recientemente le dieron el Premio Nobel de la Paz a Al Gore quien, entre otras cosas, denunció públicamente, en defensa del medioambiente, al gobierno de Bush por tergiversar y ocultar información científica en aras de favorecer a las grandes empresas petroleras estadounidenses (valga la redundancia) de las que ese pésimo gobierno es representante.
Ante el citado Premio, Bush se apresuró a declarar que no va a modificar su línea al respecto. No hay con qué darle.
Lógicamente, las gigantescas empresas que fabrican automóviles (cinco o seis en el planeta: las «marcas diferentes» son pura fantasía) son hermanas de las petroleras por lo menos hasta que aparezca algún combustible alternativo de fácil distribución y manejo.
Creemos que hacia allí vamos inexorablemente porque no hay otra salida si se quiere seguir usando autos a la escala actual.
Vamos ineludiblemente, tarde o temprano, hacia otro modelo civilizatorio. Se acabó la Era del petróleo barato.
Comienza otra de generación eléctrica distribuida por los campos y los mares; de eficiencia energética, tanto en el ahorro como en la matriz de transportes y en el modo de construir viviendas; de uso de antiguas tecnologías abandonadas y revitalizadas como así también del descubrimiento y uso de otras muy nuevas.
Y si no comienza, si no vamos hacia otro lado, habrá colosales tragedias. *
(*) Senador. Escritor
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