Música
Si realmente el hombre siente un impulso natural hacia el orden y el sentido, necesita imponer a ese mundo ideal lo que el pensamiento moderno ha definido como «un sistema de símbolos».
El arte tiene reservado, para tal objetivo, un papel igual de preponderante a la ciencia y la filosofía.
Según Huxley que siempre puso al arte, y sobre todo a la música, a la cabeza de esa trilogía creadora, «el artista impone un orden de belleza y forma significativa» sobre la realidad externa y sobre su mismidad: «quiere verse en relación con el mundo y crear simbólicamente una armonía en la que ambos quepan».
Pero el hombre, en este sentido existencial, ha de prepararse para ser artista. En «Julio César», Shakespeare hace exclamar a un ciudadano: «¡Despedazadlo por sus malos versos!»; nos dice que quien escribe poesía deplorable comete un delito contra la sociedad.
Un buen artista probablemente será también un buen hombre que aportará a una mejor vida colectiva. Dependerá del conocimiento que adquiera de un arte y de la simpatía que éste le despierte.
Es clarísimo con la música.
Ella trata del universo en general, con un lenguaje mucho más complejo y profundo que las palabras. Intuyo que nos hace entrever un orden cósmico al que todos aspiramos. Y por eso nos mejora.
Huxley dijo, además: «El proceso consiste en llegar a ser y luego expresar lo que llegamos a ser en función de los símbolos más poderosos y penetrantes». Para que un joven ame la música y ascienda al nivel que propone el autor de «Un mundo feliz», debe tener la exigencia de escucharla toda, empezando por la clásica y docentes creativos que, al enseñarle, le hagan amarla.
Eso sí, conviene que lo admita, al menos inicialmente, como parte una obligación educativa global.
En fin. Lo que piensa hacer Secundaria con la materia musical en los liceos, dejándola librada a un simple taller optativo, es literal, no metafóricamente un aborto. Y no hay razón alguna para perpetrarlo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad