Cosa filosófica
El cooperativismo es una actividad social y económica. Pero antes es, parafraseando a Landiscrina, una «cosa filosófica».
No se lo valora si no se comprende esa filosofía.
Usando una metáfora humorística, es como ver un cartel que dice «Me encanta firmar autógrafos en pelotas», y conmoverse con esa expresión de supuesta vulgaridad, sin darse cuenta de que abajo está la firma de Ronaldinho.
¿Le está pasando al gobierno?
Ya sé. Ha hablado de promover el cooperativismo. Y ha sugerido a sus parlamentarios la creación de una nueva ley que lo regule. El tiempo ha pasado y, si es cierto que el debate continúa y cada tanto surge un nuevo aporte ahora es la creación del Instituto Nacional de Cooperativismo inquieta que la «cosa filosófica» haya podido quedar sepultada por una visión puramente legalista, como si usar la herramienta cooperativa para el desarrollo dependiese del control normativo que se establezca.
Toda legislación es necesaria; y la que existe, mejorable. Pero la esencia filosófica del cooperativismo perdura desde su creación: «Por los principios, los métodos y los fines que persigue, representa un sistema totalmente diferente del socialista o el capitalista». Según Bernard Lavergue, «aun reconociendo su valor se le niega el derecho a ser una solución total» y se le reduce a una cierta influencia en determinada área de la economía moderna.
La izquierda ha tenido una relación contradictoria con el cooperativismo; lo ha promovido, pero hasta cierto punto; ha dicho creer en él, pero vive pensando en nuevas regulaciones.
Hay aspectos que es necesario advertir. Las cooperativas son incomparables, por ejemplo, para dinamizar y racionalizar el mercado interno, equilibrar producción y consumo, bajar el desempleo y resolver problemas tan considerables como la vivienda social.
Si se sigue con tantas vueltas, el riesgo es transformarlas en otro Plan Fénix.
-¿Por qué no renace de las cenizas?
-Porque siempre fue puro humo. *
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