ENTREVISTA: FACUNDO PONCE DE LEON (VIDAS, CANAL 12): "UN BICHO RARO" EN LA SOBREMESA DEL DOMINGO

"Hay como una esencia. En el fondo, somos todos iguales"

Actualmente, Facundo Ponce de León acompaña la profesión de periodista con la docencia y la música. Un joven muy despierto, sencillo, afectuoso, muy atento al pensar en vivo nuestras preguntas, en una charla súper interesante para nosotros. Esperamos que para ustedes también. Pasen a La Sobremesa del Domingo.

Hasta fines de la semana que viene, Facundo Ponce de León estará en Uruguay. Luego emprenderá viaje a Madrid, para continuar con un doctorado en la Universidad de Carlos Tercero, que complementa su título de licenciado en Filosofía y en Comunicación. La experiencia de vivir temporalmente en otro país la comparte junto a su esposa. Allí el estudio se combina con la posibilidad de vivir y conocer otro lugar y a otras personas.

A pesar del viaje, la producción del programa que él conduce, Vidas, finalizó las entrevistas que integran el nuevo ciclo del programa. Los protagonistas ya no son anónimos, son figuras públicas. La lista incluye políticos, artistas y grandes deportistas.

 

Entre la universidad de la vida y la de la calle

­Si tuvieras que contar lo que aprendiste en la universidad de la calle y en la universidad donde has estudiado, ¿qué aprendiste en cada una?

­Es común que los tipos que son académicos de rigor se olviden de que existe algo así como la universidad de la calle, pero por otro lado las personas que no han pasado por la universidad muchas veces dicen que es la de la calle la verdadera. Yo me posiciono en contra de las dos posturas.

Estoy en contra del tipo que cree que la universidad de la calle es la única que te enseña y estoy en contra del académico de laboratorio, que vive metido adentro de su despacho, leyendo historia o física, creyendo que ahí se va la vida. A mí me enseñaron mucho las dos cosas. Para mí la definición de universidad es «un lugar donde el tiempo se remansa». Por eso no me gusta cuando la gente dice despectivamente: «Las universidades hacen teoría y no cosas prácticas». Es un absurdo. Para mí a la universidad se va a pensar; no tiene que haber la urgencia del día. La urgencia del día dejala para los periódicos, los canales de televisión, las radios que están siempre corriendo y por definición apurados. La universidad nunca puede estar apurada.

La universidad de la calle creo que lo que más te enseña, aunque parezca contradictorio, es a relativizar las cosas que ves en la universidad. A darte cuenta de que eso que vos creías tan así tiene un matiz. Estar en la calle, buscando noticias y contando historias, te ayuda muchísimo porque ves lo relativo. Ves que aquel que era tan diferente en realidad no lo era tanto, y aquel que era tan parecido quizás era un poco más diferente.

 

Una historia para contar

­¿Cómo llegás a decir «acá hay una historia y la quiero contar»?

­Cuando comenzamos con Vidas, al principio pensé que todas podían ser un programa de televisión. Después me di cuenta de que no, de que hay que elegirlas con ciertos criterios visuales.

La televisión tiene un tiempo interno, tiene que haber interacción visual; lo descubrí ahí. Por ejemplo, para contar la vida de un pescador, hay que ir a pescar. Hay que mirar cuando el tipo está armando los anzuelos. Elegimos primero, con un interés periodístico, qué está bueno contar, y después vemos la atracción visual que tiene la historia. Así fuimos eligiendo las 73 vidas que contamos en total.

 

­¿Hace cuánto tiempo hacés el programa?

­Tres años. Hicimos un ciclo muy chiquito, en 2004, que quedó perdido en plena campaña electoral. Pero esos programas sirvieron para que en Canal 12 lo vieran con cierto interés y dijeran «háganlo de vuelta». En 2005 arrancamos los domingos. Salieron sólo tres programas, pero uno tuvo mucho éxito, el del «policía puma», y ahí el canal decidió ponerlos en horario central. Hicimos el programa en 2005 y 2006, y ahora comenzamos el ciclo de famosos.

 

­¿Los personajes de Vidas son interesantes y por eso están en la tele? ¿O se vuelven interesantes en la pantalla?

­Son interesantes. Una persona que no sea interesante probablemente tenga un defecto en la manera en que se está narrando ella misma.

El defecto no es que no es interesante y punto. El defecto es que ella no sabe contar interesantemente las cosas que hace. El problema de la identidad es un problema tremendamente actual. Entonces la cuestión está en la narración; vos te narrás. Yo creo que interesantes son todas las historias. Quizás algunos no tienen la capacidad de narrarlas interesantemente.

 

Rating

­El rating, ¿tiene que ver con la acción visual que buscás al contar la historia?

­Sí, salvo que salgas en vivo. Los programas en vivo tienen otra vibración, por decirlo de alguna manera. Si vos estás mirando que está Tabaré Vázquez con Sotelo en vivo, pueden estar una hora hablando plano contra plano, sólo mostrando las caras. Pero vos te quedás porque sabés que si se enoja es en vivo. La acción visual en la televisión es para mí lo que los signos de puntuación a la prensa escrita. No se te ocurre hacer un diario sin puntos ni comas. No se te ocurre hacer televisión sin acción visual.

 

­¿Cómo sostenés el respeto en una nota a un desconocido, cuando sabés que, al mismo tiempo, la medidora mide el rating de programas como Show Match o Intrusos?

­Yo creo que la explicación es básicamente que en el momento en que se está generando el programa, no hay rating. Tanto en el nuevo ciclo como en el viejo. En el nuevo ciclo, con muchas más dificultades, estamos muchas horas con el personaje. Son dos o tres días partidos, porque las agendas de las figuras públicas son un poco más complicadas. Compartimos un día con la persona, y ahí no hay programa todavía, no hay rating, no hay minuto a minuto. No hay audiencia, simplemente se disfruta.

Muchos consideran que el rating es una mala palabra, pero tiene cosas buenas. Yo me hice muchas veces la pregunta de por qué Vidas tuvo mucho rating. La respuesta que más me cuadra se ubica en un contexto global. Hay que enmarcarlo en la crisis del Uruguay de 2002. El país se quebró de una manera tal que el periodismo, a nivel televisivo, radial y de prensa, intuitivamente se volcó a tratar de explicar lo que pasaba. Tratar de explicar lo que pasaba era saber quién corno se había equivocado y en qué. Eso generó un periodismo de enfrentamiento, donde había que explicar por qué el país se iba a pique. Se formo un clima social en el cual Vidas va a decir, «bajemos un poco la pelota», «hagamos un periodismo de puente y no tanto de destapar ollas». No porque no sea necesario, sino porque es tremendamente necesario.

Pero a veces descubrir que el diferente no es tan diferente, los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos, a la sociedad le hace bien. Yo creo que el éxito de Vidas se debió a que en un momento en que los tejidos sociales estaban muy resquebrajados y muy tirantes, la gente veía un programa con el cual se sentía un poco mejor. Aunque viera la realidad cruda, se sentía un poco mejor.

 

Periodismo de puente

­¿Por qué este año en el ciclo se entrevistan figuras reconocidas?

­El cambio tiene dos o tres explicaciones. Primero, el sentimiento de que se había agotado el recurso de las vidas anónimas como el objetivo principal. El segundo fue sentir que de repente la televisión estaba en un momento de mostrar la realidad (la cámara que te sigue de cerca, etcétera) y sentimos que era una repetición innecesaria. El tercero, que es el más difícil, es ver si se puede lograr con los famosos el mismo objetivo de periodismo de puente que encontramos con los anónimos.

Hasta ahora, fueron muy pocos programas al aire, por lo que no sabemos lo que pasará. En este f
ormato hay un riesgo para mí como conductor, que es lograr una entrevista íntima con una persona pública sin violar la privacidad, que es una cosa en la que se está cayendo con mucha frecuencia en la televisión. A mí no me interesa, por ejemplo, saber qué hacía el Cuqui en la cama con Julita Pou. Hay que convencerse de que no importa, de que importan otras cosas.

-Está bien, pero de ese tema tenés algún datito… (risas)

 

«Yo no pienso que el periodista incisivo sea el que trabaja con cara de enojado»

­¿Eso juega en contra del programa?

­Cuando entrevistás a un pescador, vos podés ser más benevolente. No hay ningún interés de mostrar que hubo dos argumentos que se contradecían en su historia. Cuando estás con una figura pública no es lo mismo, porque el televidente ya sabe cosas, y vos ya sabés que esas cosas se saben.

Todos sabemos que se comentan cosas de Jorge Batlle, Claudia Fernández, Huidobro y Daisy Tourné, y vos tenés que hablar de esas cosas. Eso te posiciona en lugar de enfrentamiento con el entrevistado, porque una entrevista es como un juego donde vos estás viendo cuándo meter un puñal y tratás de meterlo, pero cálidamente. Y con los famosos eso cambió. Es distinto.

El nuevo ciclo tuvo cambios para bien y para mal, pero el objetivo es el mismo: periodismo de puentes. Es decir que el hombre de ultraderecha vea a Huidobro y no le parezca un tupamaro, guerrillero o tirabombas. Y que el de ultraizquierda vea a Jorge Batlle y diga «Ah, capaz que no hizo todo mal en aquel momento, teniendo en cuenta la situación».

 

­¿Cómo es la relación con el televidente?

­Te pasan cosas muy lindas y otras que no son nada lindas. Por ejemplo, darte cuenta que depositan en vos cosas demasiado importantes, y vos decís: «No, mirá que no».

Una señora dijo: «Me atropellaron a mi hijo en la esquina, nunca se descubrió al que lo atropelló. Si me hacés la vida capaz que lo puedo descubrir». Otra vez vino un portero de un edificio a saludarme y me dijo: «Mirá, tengo un hermano que se está muriendo, necesita un tanque de oxígeno. Si me hacés un programa capaz puedo conseguirlo…».

Un gurí de Artigas no sabía si hacer quinto científico o humanístico y le parecía un buen argumento para que hiciera un programa con eso.

 

­¿Con qué famoso te has sentido más cómodo durante las grabaciones?

-Cómodo, cómodo, quizás con Sebastián Abreu, por mi clarísima inclinación hacia Nacional, como cuadro de fútbol. Entrar a la barbacoa de Abreu en su casa de Minas siendo un hincha se me hizo difícil. Tampoco fue fácil hacer la entrevista; me costó porque estaba con un tipo que admiraba tanto… Estaba acostumbrado a ir a ver y gritar sus goles. ¡Fue complicado! Otro es Fernando Peña. En la última parte, en el teatro, me sentí muy a gusto. Y mira que ese sí era un personaje tremendo: se acercaba, se alejaba, y un día hasta se fue de la grabación. Es un personaje muy particular pero me sentí muy cómodo.

 

­¿Qué cambió en tu forma de ver la vida a partir del programa?

­A nivel de la universidad de la calle, me dio un montón de experiencias. Sentir olores, mirar cosas que nunca hubiera mirado; me dio sensaciones muy fuertes. Además, el hecho de conocer a alguien, estar en su casa, te da siempre un aprendizaje que es muy difícil de cuantificar y describir. Porque no sólo conoces las 73 historias: están las de sus hijos, sus parejas, sus vecinos.

A nivel más académico me dio una especie de intuición de que hay algo así como una esencia de que, en el fondo, somos todos iguales.

Y cuando digo eso te estoy nombrando cosas diametralmente opuestas, porque en el ciclo hubo de todo: desde personas hiperreligiosas, hasta ascéticas o castas. Hicimos la monja e hicimos la vida de un tipo que decía que su sueño era violarse a todas las monjas. Creo que en algo, no en su discurso, son esencialmente iguales. Si pudiera explicarlo con palabras estaría escribiéndolo en algún lugar.

 

­¿Y qué cambios se produjeron en tu vida diaria?

-Me generó cierto respeto por cosas que antes desacreditaba con mayor facilidad. Yo no creía en los ovnis. No se sí creo ahora, no vi un plato volador, ni un marciano, ni nada, pero cuando alguien me dice que cree en los ovnis lo tomo con cierto respeto.

También tengo mucho más respecto al tema de las religiones. Me enseñaron que hay una cuestión de fragilidad en todas las historias, incluso en la mía.

En la Era Moderna se desacreditaba todo lo que venía de la Edad Media; todo debía hacerse con la razón. La modernidad generó. por primera vez en la historia de la humanidad, que vos nacés y sos dueño de tu destino; tenés que labrarlo. Cuando nacías en la Edad Media, nacías campesino y te morías campesino. Nacías en la aristocracia y ahí morías. En la Edad Moderna los burgueses rompen la línea, y dicen «No heredamos: construimos nuestra existencia». Esto generó un quiebre, y a partir de ahí está todo por hacerse. Ahora cuando nacés nadie te dice lo que vas a hacer, porque no tenés que hacer lo que hicieron tus padres, ni lo que hicieron tus abuelos; hay como una fragilidad y tenés que construir tu identidad. Escuchando las historias encontré eso de que hay que seguir la vocación. Vivimos en una sociedad en la cual estamos relativamente frágiles y desnudos para construirnos. *

Producción: Genoveva Malcuori, Guzmán Laguarda, Belén Riguetti, Jorge Pasculli.

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