Lágrima Ríos: la dama de la vida
Tan sólo un año atrás, solía vérsela por las calles de la ciudad, en compañía de su familia y amigos, o visitando el Teatro de Verano en las noches de carnaval. Hacía bastante que había dejado de subir a los tablados, pero no podía alejarse de ellos.
Por esa misma época, Lágrima Ríos participó del disco «Mar Dulce» de Bajofondo, que acaba de salir al mercado. Antes, fue la única uruguaya que formó parte del cuadro estelar de «Café de los maestros», producido por Gustavo Santaolalla. Dicen que el argentino estaba fascinado por su presencia, tanto que le escribió «Chiquilines», una canción en su honor que ella misma cantaría en «Mar Dulce». El título del tema homenajeaba una palabra muy propia de Lágrima, que solía ser una mujer protectora, casi maternal con las nuevas generaciones que la rodeaban con admiración.
En Buenos Aires, Lágrima se lucía. Santaolalla preparaba para ella un trabajo en que, sin compartir cartel, cantaría todo su repertorio, que iba del folclore al blues, del candombe al tango, del bolero a la música tradicional latinoamericana. El disco se llamaría «Un milagro para Lágrima». La muerte lo truncó pero, mucho antes, el milagro ya estaba cumplido.
El éxito artístico y político -fue una luchadora incansable por los derechos de los afrodescendientes y presidió Mundo Afro- le sonrió durante décadas, pero su vida, como la de todos, tuvo claros y oscuros.
La dama de la vida
Había nacido en 1924 en Durazno, bautizada Lida Benavídez, pero siendo pequeña su familia se trasladó a Montevideo. Vivió en el Sur y el Palermo, y en esas calles llenas de tradición se topó con Carlos Gardel, cuando era apenas una niña. Algunos especulan que esa casualidad decidió su vocación. Pronto la joven se interesó por el tango. Era natural ver a una afrodescendiente dedicándose al candombe, pero que se destacara en el mundo del tango parecía un exceso. Vivió, como muchos, la discriminación, pero no se apartó de ese ambiente y se transformó, en 1945, en Lágrima Ríos, nombre afortunado con que la inmortalizó Alberto Mastra. Sin dejar jamás al tango y la milonga (y el folclore y los boleros), Lágrima se convirtió en una figura del carnaval en 1950. Debutó con un primer premio en el mítico Añoranzas Negras. Las condecoraciones, individuales o colectivas, no la abandonarían hasta su último día de carnaval, en el año 2000.
Lágrima también tuvo el orgullo de formar parte del mítico grupo Brindis de Sala, un quinteto que, a capela, recorrió todos los estilos durante diez años. Su talento que no conocía fronteras entre los géneros la transformó en «La dama del candombe» y «La perla negra del tango», aunque, según su amigo Ruben Olivera, «su mejor sobrenombre fue el que le puso el periodista Rubén Sánchez: ‘La dama de la vida'».
Dicen que era así: toda una dama. Según Olivera, su dulzura y su elegancia le granjearon cierta distancia de parte de algún sector de la comunidad afrodescendiente. «Le gustaba la estética, y eso no tiene nada de malo», cuenta Olivera. «Pero eso puede generar sentimientos que sólo son comprensibles cuando sos negro. Venimos de un colectivo sumergido que llegó a este país contra su voluntad. Son siglos de lucha».
No perdió su señorío ni siquiera en sus últimos años de vida, cuando una afección cardíaca la obligó a sufrir tres intervenciones. Aun así, nunca bajó los brazos, y le dio el sí al exitoso Santaolalla para participar de dos de sus producciones discográficas -rodeada de jóvenes décadas menores que ella-, cuando ya tenía más de 80 años y menos fuerzas que cuando recorría Montevideo y el mundo para ofrecer su voz. Los que saben dicen que escuchar su versión de la uruguaya «Vieja viola» conmueve hasta lo inconmovible. Suficiente para ser parte del más puro patrimonio nacional. *
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