Bajo la parra
Se nos viene encima, y por Ley, la creación de la Comisión Nacional Organizadora de los Festejos del Bicentenario.
Pregunté si se trataba de la Revolución Artiguista de 1811 pero se me aclaró que se trata del Bicentenario de la Jura de la Constitución en 1830.
Queda claro entonces que, por lo menos en materia de fiestas, los uruguayos no dejamos nada «para lo último». Somos muy previsores: las empezamos de madrugada.
A la citada comisión se integrarán los presidentes que ya lo han sido y, con el correr del tiempo, los que vendrán… Obviamente no serán los únicos miembros.
La prensa informa, al mismo tiempo, que vienen avanzando con éxito las gestiones para que Uruguay sea sede del Mundial de Fútbol de 2030, con lo que uniremos ambas fiestas y, de paso, festejaremos el Centenario del Estadio Centenario.
Por poner ejemplos exclusivamente de entre los actuales senadores de la República, digamos que Julio María Sanguinetti tendrá entonces noven-
ta y cuatro años y siete meses, José Korseniak noventa y siete y cinco meses y yo ochenta y ocho y cuatro meses.
Iremos. Estoy totalmente seguro que iremos.
Los senadores que a la salida de la dictadura rondaban los veinte años tendrán entonces alrededor de sesenta y cinco… Rafael Michelini, concretamente, andará por los setenta y dos años. Luis Alberto Heber por los setenta y tres.
Estoy también seguro de que ellos nos llevarán al Estadio.
Pidiendo los permisos correspondientes en cada asilo, y empujando sendas sillas de ruedas, nos llevarán.
Más allá de cintillos y divisas, fraternal y emocionadamente, acomodarán nuestras frazadas.
Nosotros les preguntaremos adónde nos llevan y ellos, gritándonos por el audífono y sonándonos la nariz dirán: ¡Al bicentenario! ¡Vamos al bicentenario!
¿Adónde decís que vamos?
¡Al Estadio! ¡Juega Uruguay!
Heber: quiero decirte una cosa…
¡Sí! Te escucho.
’Io sono contento’… ¿Cuándo me llevás otra vez a remontar cometas?
Y bueno; se dará lo obvio y lógico: nos echarán elegantemente, con aplausos, en una grande y lujosa ambulancia prevista por la Platea América, porque de tanto gritar que nos acomoden la sonda, o nos cambien los pañales, estaremos echando a perder deplorablemente la solemne ceremonia.
Incluso uno de nosotros intentará propasarse con la azafata portadora de la copa.
Luego de haber ganado los dos mundiales anteriores gracias a la obra de Héctor Lescano y Nicola Cetraro, Uruguay irá esa tarde por la triple corona.
Será un país densamente poblado por jóvenes y niños dada la cantidad de hijos en cada familia y las enormes olas inmigratorias.
El viejísimo Estadio Centenario será el más pequeño de los siete grandes coliseos deportivos uruguayos.
Los viejos seremos una minoría y el BPS no sabrá qué hacer con tanto dinero. No habrá topes jubilatorios, ni jubilaciones inferiores al salario en actividad, ni guetos, ni cantegriles.
No habrá un solo niño pobre.
En hospitales y sanatorios cada paciente tendrá flores del día en la mesita de luz. Habrá la misma cantidad de anestesistas. Y serán los mismos.
Ya en la ambulancia, rumbo a cada asilo, recordaremos la viejísima Ley de Reforma de la Salud que votamos veintitrés años antes… «No fue más que otra Gran Ley de Emergencia», concluiremos.
Y también: «Menos mal que los jóvenes dedicados entonces a la política tuvieron la capacidad de soñar y creer esos sueños».
La Biblia, en cierta parte que no recuerdo, dice aproximadamente algo así:
«Beberás el vino de sus uvas, a la sombra de la parra que hoy plantaste».
¡Y sí! La Biblia tiene razón. De otro modo mejor no dedicarse. *
(*) Senador nacional, escritor
Compartí tu opinión con toda la comunidad