De triunfos y derrotas
Mi hermana Elisa estuvo casi 13 años presa. Primero en la cárcel de Cabildo y después en el Penal de Punta Rieles. En setiembre de 1973, cuando llevaba más de un año en prisión, le hice una de mis últimas visitas de niño. Yo tenía 14 años, comenzaba a pensar y a vivir diferente todo aquello y mis preguntas, mi avidez por comprender los sucesos y mi interés por lo político se habían multiplicado fuertemente. Esas visitas «cara a cara» con mi hermana, sin intermediarios, eran muy importantes para mí y de ahí surgieron, quizás, mis primeras reflexiones políticas.
Esa vez, tuvimos una conversación ya prácticamente «adulta», sobre la situación de los compañeros que en aquel tiempo habían emprendido el camino de la guerrilla, sobre la derrota y la persecución sufrida. Siempre evitando ser escuchados por la guardia que nos vigilaba y como hablando de otra cosa, mi hermana contestaba, con paciencia, mis preguntas. Recuerdo que «Eli» cerró la charla, con una frase meditada y tajante: «No hay que hacer leña del árbol caído».
Una vez terminada la dictadura, el paso del tiempo fue curando algunas heridas. Pero fue tal el sufrimiento vivido por tantos compañeros, y particularmente por aquellos que habían asumido el camino de las armas, de la violencia revolucionaria, que sus marcas no permitían posibilidades objetivas de reflexionar en profundidad acerca de aquella etapa histórica y sus conclusiones. Y digo posibilidades objetivas de reflexión porque de aquella etapa, en lo conceptual, se habló muy poco y se escribió menos.
Por supuesto que del tema sí hablaron hasta el hartazgo la dictadura y los militares, contando su visión enferma y sesgada de los hechos, con relatos arrancados bajo tortura, deformando la realidad, para fortalecer su mensaje autoritario y fascista.
También hablaron la derecha y el conservadurismo. Desde el pedestal de los «demócratas» del país, acusaron a todos de ser responsables de un levantamiento armado contra la democracia y de haber provocado el deterioro institucional y el advenimiento de la dictadura. Un relato simple y fuera de contexto, con el que han embaucado a más de uno durante mucho tiempo.
Una versión que omite referirse a aquel Estado represivo y violento, que más allá del límite de la Constitución y la ley, descargaba sobre la sociedad todos los desbordes autoritarios del gobierno de la época. Una joyita de gobierno «democrático», que empleó una y otra vez medidas prontas de seguridad para combatir huelgas y disolver salvajemente manifestaciones de trabajadores y estudiantes, que ilegalizó partidos de izquierda y clausuró medios de prensa opositores, contribuyendo generosamente al desarrollo del clima de violencia y agitación permanentes, que operó como una invitación constante a la resistencia y al desacato.
Fueron entonces los más jóvenes, muchos de ellos, que hartos de ser apaleados y atropellados una y otra vez, e indignados por la muerte de sus compañeros en balaceras protagonizadas por los agentes de la represión, optaron por asumir el camino de la guerrilla. La decisión fue mucho más consecuencia que causa. En ese contexto, los dispuestos a iniciar el camino armado crecieron como leche hervida y paradójicamente había más combatientes que armas.
Pero de esa historia, también hablaron los propios dirigentes guerrilleros, sobre su gesta y su pasado, la lucha, la cárcel, los nuevos objetivos, desde un recuerdo y una reivindicación general de lo ocurrido. Un relato para nada idílico, pero que tampoco avanzó públicamente en el reconocimiento de conclusiones objetivas acerca de lo ocurrido. Lo anecdótico, comúnmente, ha sustituido la reflexión más rigurosa y sus conclusiones con respecto a la discusión que subyacía en aquel contexto tan complejo: cual era el mejor camino para alcanzar la igualdad.
Entre los muchos que no hemos evaluado aquel momento histórico, y no por falta de compromiso, estamos los de mi generación, los que con 14 o 15 años gritábamos hasta quedar afónicos antes del golpe en todos los actos del Frente Amplio: «Liberar, liberar a los presos por luchar». Los que llevábamos los paquetes a los presos, los que abrazamos y contuvimos a las familias de los compañeros caídos, asesinados o desaparecidos, los que íbamos al penal a ver a nuestros hermanos.
Somos los que, con menos de 30 años, nos movilizamos para comenzar a dar vuelta la pisada. Somos los del NO del 80. Los del voto en blanco. Estuvimos en las ollas populares, en las cooperativas y en las murgas, con la venida de los niños del exilio, en la «Semana del Estudiante», con Asceep, en los primeros de mayo, en cada caceroleada, primero en las «asociaciones profesionales», después armando el PIT y gestando el «Río de Libertad».
Eramos los jóvenes de la dictadura, solidarios con los que estaban presos, con los rehenes, los que luchamos por los DDHH, por la libertad, por la recuperación democrática. Somos los que lloramos de alegría, primero con la liberación de Seregni, después con la de todos los compañeros presos y con la vuelta de los que estaban en el exilio. Los que construimos un camino de lucha en paz, con logros concretos, pero preferimos por mucho tiempo no discutir lo ocurrido en los 60, no herir sensibilidades, «no hacer leña del árbol caído».
Ahora que ya ha corrido mucha agua y cruzamos juntos varios puentes podemos hablar tranquilamente. La derrota sufrida no fue una derrota militar. Fue una derrota conceptual, estratégica y política de un planteo y una concepción profundamente equivocada. Plantearse en el Uruguay que por la vía de una acción guerrillera podía desatarse un proceso de cambio social y de construcción del socialismo fue una idea muy desafortunada y una derrota segura, a partir del momento en que la misma fue formulada.
No sólo porque no existían condiciones objetivas ni subjetivas, sino porque tampoco es cierto que, de haber contado con más capacidad en el plano militar y de haber conseguido el poder por las armas, habríamos terminado con la injusticia y logrado la igualdad. No es así, no funciona así y nunca funcionó así. Es una de las lecciones más importantes que nos dejó esa etapa histórica, que tenemos que transferir con claridad a las nuevas generaciones.
Tomar el poder es una cosa y construir la igualdad es muy otra, así como distribuir la riqueza es una cosa, pero cómo generarla es también muy otra. El camino militar implicaba que, como en tantas otras experiencias para mantenerse en el poder se deberían suprimir libertades, primero temporalmente y luego permanentemente.
¿Es posible la igualdad sin libertad? No, pero además la igualdad sin libertad ni siquiera vale la pena. Las dos, igualdad y libertad, son valores y objetivos irrenunciables. Van de la mano y juntos conforman una unidad esencial del desarrollo humano. Pensarlos como dimensiones excluyentes, conduce a las peores desviaciones e invalidan cualquier proyecto de cambio.
La injusticia no se combate con voluntarismos o imposiciones a la fuerza. No se supera con actos de violencia que generan una escalada de más injusticia o con un pequeño grupo que siente que su verdad está por encima de la opinión del resto. La entrega, el altruismo, el sacrificio de muchos por una causa, son demostraciones de generosidad y compromiso que siempre miraremos con respeto y admiración, pero de nada sirve si el pueblo libremente no la asume como propia.
No hay otra alternativa para construir la igualdad que el camino de la paz, la libertad y la democracia, así lo ha demostrado la propia lucha de la izquierda. Esto debe estar subrayado en la médula del pensamiento de la izquierda y de las futuras generaciones. Es de este camino y de cómo recorrerlo, que tenemos que hablar a calzón quitado, pensando en el futuro, entre todos, en profundidad, ahora, que nadie puede pensar que se pretenda «hacer leña del árbol caído». *
Senador del Nuevo Espacio-Frente Amplio
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