Varios mundos interactúan y coexisten

El viernes, el sol comenzó a salir tímidamente de entre las nubes. Cuando se instaló con fuerza entre el verde y el azul, los montevideanos disfrutaron de un parque con la magia de su vejez, entre rincones repletos de árboles y palomas.

Había muchos niños con pelotas y bicicletas, juguetes que todavía la computadora no ha podido desterrar del baúl infantil. Mientras ellos jugaban, los adultos se entretenían arrimados a un mate, comiendo bizcochos, conversando plácidamente.

Tampoco faltaron a la cita con el sol los que, sentados a la sombra de algún arbolito, estaban inmersos en su mundo privado de pareja, entretenidos en contarse secretos imposibles de revelar e inalcanzables para escuchar.

Por otra parte, en los bancos de madera (muy escasos), los más grandes se contaban sus peripecias y achaques del momento. Hombres, pero sobre todo mujeres, disfrutaban plenamente del sol, sin descuidarse frente al ligero viento que soplaba de a ratos. El vértigo de los juegos y la quietud del Parque, un Martín Fierro muy montevideano que seguramente no queremos que cambie su esencia cuando el querido Parque Rodó sea transformado. *

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