¡Grande, maestro!
La mayoría son mujeres, pero muchos hombres se han destacado como pioneros. Los hay severos, piolas, gritones o cariñosos. Todos tenemos uno que recordamos con particular estima; uno que, probablemente, nos marcó de un modo u otro. «Una maestra es como tu segunda madre», solían repetir las abuelas, y aunque su rol ya no es el mismo que en otras épocas -hoy tiene mucho más de contención-, continúan siendo un referente para los niños. Esa importancia de su tarea se acentúa en algunos medios, como las zonas de contexto crítico de las ciudades y, particularmente, el ámbito rural.
Alejandra Dego es maestra en nuestra campaña desde hace 20 años. Se define como una «vocacional» que, a pesar de haber nacido en un ámbito urbano, decidió instalarse en el campo ni bien recibida de maestra. Desde entonces se ha desempeñado en distintas zonas del departamento de Canelones y, desde hace siete años, en Tacuarembó. Hoy es maestra directora y da clases a un solo grupo integrado por 13 niños de jardinera, primer y segundo año.
-¿Cuáles son las diferencias entre ejercer como maestra rural en el sur y en el norte del país?
-En Canelones tuve que vivir lo que fue el cierre de Rausa, que provocó un gran decaimiento en la zona. El proceso de reconversión fue complicado, y trabajábamos en la escuela con los productores, mayormente hortícolas. Hoy trabajo en una zona de grandes estancias. Más allá de eso no encuentro grandes diferencias. La escuela es el único centro cultural y social de la zona. En el norte, sobre todo, es la única presencia estatal.
-¿Por qué decidiste ser maestra rural?
-Nunca fui al campo, pero quería ser maestra en estas zonas. Mi vocación fue alimentada por los relatos de varios colegas, sobre todo de dos grandes, Luis Gómez y Juan José «Licho» Fuentes. Creía que era un lugar donde nuestra función podía causar más impacto. Además, veía que el maestro era una figura importante para el campo, con estatus. Pero cuando ingresé al medio vi que no era así. Te miran como a un igual. Nunca me sentí diferente; tal vez la cosa vaya en eso.
-¿Cómo podrías definir esa función social a la que te referís?
-La escuela sola no puede cambiar la realidad de un medio. Ya lo decía el programa de escuelas rurales de 1949. Pero se puede hacer algo: acercar el centro a la comunidad en un diálogo cotidiano, y trabajar en red con otros institutos. El maestro es un referente de la zona, pero su función básica es enseñar, no hay que olvidarlo. Hoy la revista «Quehacer educativo» está haciendo una investigación sobre el medio rural, sobre todo en lo que respecta a la realidad del multigrado.
-¿Cuáles son las ventajas y desventajas del multigrado?
-La mayor ventaja es la diversidad. Los niños tienen diferentes edades, y niveles de conceptualización más marcadamente distintos que en una clase cualquiera. Eso permite una mayor interacción, una gran riqueza. Claro, los maestros estamos formados para homogeneizar, y no tenemos formación específica en multigrado. Incluso, los maestros rurales sólo cuentan con un mes de práctica en este medio. Por eso aún hoy siento que nos cuesta fortalecer adecuadamente a nuestros niños.
Yo tuve la suerte de que, en el último año en que cursé Magisterio, volvió la práctica rural. Era 1986, y resurgían experiencias de antes de la dictadura, por ejemplo los agrupamientos de escuelas rurales. Ese acercamiento entre escuelas de una misma zona permite que venzamos el aislamiento técnico, más en el norte; nos permite intercambiar experiencias.
-¿Qué es lo más te gusta de trabajar en el campo?
-La familiaridad que lográs con la gente. El ambiente es más sano, sobre todo pensando en las tensiones que sufrís.
-¿Cuáles son las mayores dificultades?
-Para nosotros, la inclusión no es un proceso nuevo. Se acepta al que viene. Lo más difícil es entender algunas cosas de esta cultura, pero tenemos que aceptar, no imponer. Saber es poder, y eso se acentúa con la familiaridad. Imponer es una tentación que hay que vencer.
-¿Alguna vez pensaste en volver a la ciudad?
-Siento que esto es lo que sé hacer, pero este año, por primera vez, pensé que podría trasladarme a la ciudad. Allí podría acceder a más cursos y ver otras realidades. Acá leo y estudio, y no tengo las dificultades de los maestros que viven hasta sin luz en el medio rural, pero no estoy en contacto constante con otros colegas.
Plantearme irme fue sólo una pregunta. Por ahora, no es lo que quiero hacer, tal vez por inseguridad. Acá me siento muy segura profesionalmente. *
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