Subsidios perversos versus desarrollo sustentable
Ahora está a la vista que ciertos subsidios son malos no sólo para el ambiente sino también, como no podía ser de otra manera, para la economía y por lo tanto merecen ser llamados subsidios perversos. Éstos son especialmente importantes en seis sectores principales de la economía: agricultura, combustibles fósiles, transporte, agua, bosques y pesca.
A lo largo y ancho del mundo los subsidios perversos totalizan la asombrosa suma de dos billones de dólares anuales que sirven, por definición, para fomentar un desarrollo insustentable. Probablemente fracasaremos en cumplir el objetivo de un desarrollo sustentable a menos que eliminemos progresivamente estos subsidios perversos.
Los subsidios agrícolas conducen a una sobrecarga de las tierras de cultivo y, a su vez, a la erosión de la capa superficial del suelo, a la contaminación provocada por los fertilizantes sintéticos y los pesticidas y a la emisión de gases invernadero. Estos subsidios agravan la contaminación de diversos tipos, por ejemplo la provocada por la lluvia ácida, el smog o niebla tóxica y el calentamiento global.
Los subsidios para el transporte promueven algunas de las peores formas de contaminación ambiental. Los subsidios para el agua estimulan el uso desmedido de un recurso natural crecientemente escaso en muchas áreas. Los subsidios para la pesca oceánica fomentan la captura excesiva de peces y provocan el agotamiento de la riqueza íctica. Los subsidios forestales favorecen una desproporcionada explotación y varias formas de deforestación.
Pero no sólo causan esos daños ambientales, sino que también acarrean costos económicos significativos que constituyen una sangría directa para las economías.
En la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992 fue reclamado un presupuesto de 600.000 millones de dólares anuales para planes destinados a conseguir un desarrollo sustentable. Pero los gobiernos descartaron esta cifra con el argumento de que no había de dónde conseguir fondos de tal magnitud. Sin embargo, ellos podrían movilizar una cifra tres veces y media más alta si eliminaran los subsidios perversos.
Afortunadamente, el clima político para la reforma de los subsidios perversos es probablemente mejor de lo que ha sido en las últimas décadas. Muchos gobiernos han adoptado el evangelio del mundo mercantil que prescribe una reducida intervención gubernamental en el mercado y aquellos que están cortos de fondos tienen un incentivo fiscal adicional para reducir los subsidios.
La mejor estrategia es la de poner en relieve los costos de los subsidios perversos, tanto para los contribuyentes como para los consumidores. Un estadounidense medio paga impuestos de por lo menos 2.000 dólares al año que sirven de fondos para los subsidios perversos y también paga casi 2.000 dólares por el incremento de costos de los bienes de consumo y por el deterioro ambiental. De ahí la razón fundamental para proyectos como los de la recientemente fundada en Ginebra Iniciativa sobre los Subsidios Globales, un programa del Instituto Internacional para el Desarrollo Sustentable que expone a la luz pública los daños que causan los subsidios perversos.
Hay historias de éxitos que los gobiernos pueden usar como ejemplos. La economía de Nueva Zelanda está fuertemente basada en la cría de ovejas, que hasta tiempos recientes fue subsidiada en forma masiva. Los subsidios estaban destrozando tanto a la economía como, a causa del pastoreo excesivo, al ambiente. En 1984, el gobierno eliminó virtualmente todos estos subsidios de la noche a la mañana. Los criadores de ovejas declararon entonces que el país se arruinaría, pero se vieron forzados a trabajar más eficientemente. El resultado: hoy hay más criadores de ovejas, más exportaciones, más ganancias y menos daño ambiental.
Los mayores subsidios se registran en el transporte. En Estados Unidos, la gasolina es más barata que el agua embotellada gracias a una miríada de subsidios. Estos crean por defecto una política energética que es lo opuesto de las prioridades declaradas por el gobierno. Prolongan la dependencia del país en materia de petróleo extranjero, especialmente proveniente del Golfo Pérsico. También significan un desaliento para las inversiones en tecnologías más limpias tales como las de motores de bajo consumo. Al mismo tiempo, la congestión del tránsito en muchas importantes ciudades de Estados Unidos reduce en promedio a la mitad la velocidad normal de circulación de un tercio de los vehículos en movimiento por las rutas y el costo de esas demoras alcanza a por lo menos 100.000 millones de dólares al año.
Además están los considerables costos ambientales. Unos 100 millones de estadounidenses viven en ciudades donde las emisiones de los vehículos llevan los niveles de contaminación por encima de los estándares federales. Si los estadounidenses no quieren pagar impuestos extra por su gasolina, podrían por lo menos parar de ser efectivamente pagados por su gobierno y conciudadanos para quemar combustible. Sólo los costos encubiertos del transporte carretero superan los 700.000 millones de dólares al año.
Eliminar los subsidios perversos sería más efectivo que virtualmente toda otra medida para estimular y racionalizar nuestras economías y salvaguardar el ambiente. Por otra parte, los gobiernos hallarían que con los fondos liberados por la eliminación de subsidios podrían cancelar sus déficits presupuestarios, reducir radicalmente impuestos e incrementar sus presupuestos de salud y educación en cantidades sin precedentes, así como ofrecer otros beneficios para todos los habitantes del país. *
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