Pollos rebeldes
Por lo que se sabe, los pollos son dóciles, de buena conducta, cariñosos y hasta razonables. Son fáciles de criar, de pasar a degüello y de vender a precio apropiado, que, para el caso de haber necesidad, se puede bajar a fin de que a ninguna mesa falte su blanca carne, asada o al horno.
Pero parece que al menos en Uruguay hay pollos de diferente carácter, complicados, que si bien se crían sin mayores inconvenientes, pasan a mejor vida sin un grito y van a dar desplumados a las vitrinas, conservan después de la muerte la extraña capacidad de enloquecer economistas: su precio embiste, y gana, contra las más inteligentes medidas inventadas para rebajarlo, provocando estupor generalizado.
Como se sabe, el gobierno disminuyó el IVA a la carne de pollo para que su precio bajase alrededor del 10%.
Aquí mismo me permití celebrar esa medida.
Sin embargo, y ahora se dice que por culpa de la suba del maíz y la soja, componentes de la ración, la tal baja no llegará ni a la mitad de lo calculado y ya hay quienes han sugerido que podría convertirse en una mera ilusión.
Esto demuestra que la economía es mucho más compleja de lo que yo suponía, lo que a nadie debe sorprender pues de esa ciencia imperfecta como de tantas otras cosas sé poco y nada. Confunde, en cambio, que avezados técnicos sufran, a cada rato, zancadillas de los pollos rebeldes.
Como estos asuntos en general deprimen, una relectura de Bertrand Russell me ha permitido elaborar una hipótesis matizada de humor salvador: «El hombre que ha dado de comer al pollo durante toda la vida del ave, termina retorciéndole el pescuezo, lo que demuestra que un criterio más afinado respecto de la uniformidad de la naturaleza habría sido de mayor utilidad para el ave».
¿No será que los pollos rebeldes han comprendido que lo que pasó cierto número de veces no tiene por qué pasar siempre, y ésta, con el pescuezo retorcido y todo, o sea después de la muerte, es su terrible venganza? *
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