Simplificaciones
A veces, no sé por qué, incurrimos en simplificaciones. Todos, empezando por mí, que el otro día, aludiendo al mal olor que soporté durante una caminata por Montevideo, pude dar idea de que estaba exponiendo un problema permanente.
No es así. Tuve la mala suerte de recorrer Colonia, entre Arenal Grande y Río Branco, un día en que los caballos de los hurgadores habían regado ese trayecto con abundante bosta como para indignar a Sarmiento. Pero no pasa todos los días. Acaso, en otras jornadas, la mierda caiga por distintos caminares de esta ciudad.
Claro, también ha caído en una simplificación un amable corresponsal que me dice «si no sería mejor preguntarnos por qué hay carritos».
La respuesta es obvia; ambos la sabemos y coincidimos en ella: décadas de exclusión social, por una política económica injusta, han conducido a mucha gente a sobrevivir a cómo dé lugar.
Eso no debe llevarnos a confundir pobreza con mugre, ni espíritu de supervivencia con la ignorancia de las normas establecidas, muchas de ellas impuestas por esta intendencia progresista para ayudar a los más excluidos. No es posible cagarse los hurgadores, no los caballos en el derecho ajeno y en el derecho social. Yo he visto, y supongo que mi amable corresponsal también, carritos a contramano, carritos creando tapones de tránsito, hurgadores desparramando la basura sin contemplaciones, otros insultando a mansalva, descontrolados o borrachos de toda embriaguez, a automovilistas, taxistas, camioneros y conductores de ómnibus a las diez de la mañana, al mediodía, a las tres de la tarde y hasta a la hora de la salida laboral generalizada, cosa que no pueden ni deben hacer, pues hay una norma que se los prohíbe expresamente.
En fin, todos conocemos la realidad completa, no parte y la mayoría opinamos igual acerca de las soluciones.
Sería bueno que también todos aprendiésemos a darnos cuenta cuándo incurrimos en simplificaciones que no aclaran sino oscurecen. *
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