Cosas distintas
Mi exquisitamente anfractuoso divagar de ayer como recordará el lector, si es lo bastante masoquista me llevó a un cuento de Borges y a una metáfora sobre un ministro de Economía: alguien que podía haber olvidado, como el protagonista del cuento, pero en su caso momentáneamente, la impostergable jugada en una partida de ajedrez cuyo premio es la justicia social.
Yo estaba pensando en la reforma tributaria y en cómo se reparte la carga impositiva, asunto acerca del cual tengo, y quiero decirlo sin ambages por honestidad intelectual, la misma opinión que la Red de Economistas de Izquierda.
Hoy, en cambio, no divagué ni recordé cuentos. Sólo me permití alegrarme porque el ministro de Economía de Uruguay evitó dar con los huevos en la ceniza y otra metáfora puso el pecho a las balas convenientemente equipado con un chaleco de protección.
Aceptado el desequilibrio de los precios de la canasta familiar celébrese mi delicadeza en evitar el término «inflación», que tanto disgusta a ese hombre de andar patricio, y el riesgo que implica para el programa del gobierno, decidió un conjunto de medidas indispensables para retornar a la deseada estabilidad: quitó el tributo que pagan las empresas del Estado por operaciones en moneda extranjera, bajó las tarifas públicas, confirmó algunas exoneraciones del IVA, etcétera.
Todo ministro que posea la cualidad de peristáltico, o sea la capacidad de contraerse, reduciendo incluso la inevitable soberbia con la que algunos poderes enferman, es un individuo en quien pueden seguir cifrándose esperanzas.
Al que crea que yo voy rebotando de banda en banda como una bola golpeada por el palo con mucha fuerza, le contesto con una admirable frase de Alberto Kessman, ese filósofo popular y contemporáneo: «Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.»
Lo vuelvo a decir, con la profundísima humildad del libre pensador crítico y devoto de la ética del postulado: no entiende el que no quiere. *
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