Memorias de un canillita

Escenarios

El tren de las 6.56 anuncia su llegada a la estación pedrense y detiene por un momento mi salida de trabajo, barrera mediante.

Desde muy temprano la brisa fresca sacude modorras y activa el estado de alerta que me permite ir esquivando charcos, lomos de burro y malos conductores. Por mi ruta, y a contramano, pasa todos los días la vida, repitiendo en cada barrio las mismas escenas: parejas de enamorados robándose, apurados, los últimos besos de la despedida, feriantes instalando sus puestos o calentándose las manos en las madrugadoras hogueras que ayudan a esperar las luces de la alborada, y en el resto de las calles… nadie.

La flora y la fauna aroman y recrean los múltiples escenarios del recorrido por Colón y Lezica, bastión de los eucaliptos; andan los perros correteándome o cortejándome según la ocasión; merodeando el puente fronterizo con Montevideo vuelven los gatos paceños de sus andanzas nocturnas, impregnados del vaho de las aguas servidas. La tierra húmeda encasilla los caminos pedregosos de Melilla y, a mi paso, se refugian en sus cuevas los asustados apereás y las astutas comadrejas, mientras sus parientes lejanas, las ratas, gozan de la orgía en los hediondos basurales de La Tablada.

Emprendo el regreso y otra vez el tren, que esta vez se burla de mi pedaleo saturado de repechos y vientos en contra. Escucho su silbato, aun cuando lo pierdo de vista, como si quisiera que lo alcanzara entre los cañaverales que acarician su paso a ritmo de zamba, por las vías que perturban mi andar cuando las cruzo.

Por la bajada de mi calle se va durmiendo el recorrido hasta el otro día, para despertar otra vez rumbo a la casa de alguien. *

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