Ajedrez
La actualidad me recordó un cuento. Lo releí y me atrapó un exquisito divagar.
Es «El milagro secreto», de Borges. El protagonista sueña una partida de ajedrez entre dos familias, entablada hace siglos, y que nadie era capaz de nombrar el premio, que había sido olvidado pero al que todos imaginaban enorme, infinito. Las piezas y el tablero estaban en una torre secreta, «en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada» y él, primogénito de una de esas familias, «corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez».
Es curioso. Me dio por imaginar que ese hombre podría ser un ministro de Economía, hijo de la familia de los trabajadores, y que no habría otro premio para la partida que el gobierno y el poder a fin de lograr la justicia social. En la situación imaginada no creo que ignorase dónde está el tablero ni las piezas, del mismo modo que sabría que ante él se plantaría la familia de los capitalistas especuladores.
Sin embargo, imaginé posible que ese ministro, en el sueño, se viese momentáneamente confundido y hasta pareciere haber olvidado las figuras, las leyes del ajedrez y, por tanto, cada indispensable desplazamiento de piezas. O sea al modo de una tímida metáfora «la impostergable jugada».
¿Confundido? Un ratito, nomás.
Porque quiero creer que enseguida recobraría la memoria y, advirtiendo que ya había hecho varios inteligentes movimientos, avanzando al dominio de la partida, no le cupiera duda de que son los capitalistas quienes deben aportar al Estado mucho más que los trabajadores. ¡Ese es el jaque mate para ganar el premio!
Qué pena. A esta altura de mis divagaciones algo me emboló y no quise seguir. Es que el tipo de «El milagro secreto» resulta ser un polaco descuidado al que agarran los alemanes y lo condenan. Creyendo huir, sigue soñando y soñando, tanto que, en cierto momento, se persuade de haber detenido el tiempo.
Y justo ahí lo fusilan. *
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