Para el INAU, la internación de los niños en situación de calle es un recurso excepcional
Piden monedas en las calles, ofrecen estampillas en los ómnibus (siempre «a voluntá») y, en ocasiones, duermen en las veredas de nuestras ciudades. Todos los hemos visto, pero pocos de nosotros les hemos prestado verdadera atención.
La niñez en situación de calle es un fenómeno que, en sus diferentes variantes, comenzó a expandirse en Montevideo en la década del ochenta, y alcanzó las capitales departamentales diez años después. La primera de las múltiples causas a las que responde es la pobreza extrema, sinónimo de exclusión. En general, estos chicos provienen de hogares marginados, cuyos lazos con la sociedad se han debilitado con los años o las generaciones. Este debilitamiento de las relaciones también se produce a la interna de los hogares, y redunda, con el tiempo, en la expulsión del niño hacia la calle, generalmente por períodos cada vez más prolongados.
Muchas de estas familias tienen una arraigada cultura de calle, que se remonta a dos o tres generaciones atrás. Sus niños han absorbido un modelo que podría traducirse como «trabajar no sirve de nada». En estos entornos, lejos están las épocas en que, décadas atrás, el hijo de un obrero estaba convencido de que, a través del trabajo y el estudio, lograría mejorar su posición social. Pedir una moneda es mucho más sencillo, y muchas veces constituye el único ingreso de una familia entera.
Por otra parte, la crisis de 2002 representó un mojón que transformó en pobres a muchos uruguayos que no lo eran. La situación de emergencia social lanzó a la calle a muchos niños que, hasta entonces, eran alimentados por sus familias. Desde ese momento, ellos se convirtieron en su sustento.
Diferentes perfiles, diferentes estrategias
El INAU desarrolla diferentes Proyectos Calle, que incluyen hogares, propuestas de tiempo parcial y convenios que procuran reinsertar a estos niños en sus familias, en la escuela y en la sociedad toda. Sin embargo, los miembros de estos equipos de trabajo señalaron a LA REPUBLICA que no existen «recetas prefabricadas» para lograr estos objetivos, por lo que cada proceso de intervención es único, y tiene en cuenta las situaciones individuales.
No todos los niños que despliegan sus estrategias en las calles viven en ellas, sin contacto con sus familiares. Los especialistas en el tema hablan de tres perfiles posibles de relacionamiento con la calle. El primer grupo está compuesto por los niños y adolescentes que permanecen ligados a sus barrios, y por ende a sus hogares. Transcurren parte del día en las calles de las zonas donde residen, sin miradas de adultos referentes y, en ocasiones, dedicándose a la mendicidad. Están iniciando su «proceso de callejización».
El segundo perfil se integra por niños alejados de sus contextos. Se dedican a la mendicidad en horarios fijos, y viven un mayor nivel de exposición, al permanecer gran parte del tiempo alejados de sus familias.
Finalmente, el tercer grupo considera a la calle un «polo organizador de su cotidianidad», según los expertos. Estos chicos permanecen en contacto esporádico con sus familias, o ya no lo mantienen. Suelen tener un vínculo estrecho con grupos de pares y, a pesar de alternar ocasionalmente con algunas instituciones que faciliten su supervivencia (INAU, iglesia, otras organizaciones sociales), están expuestos a permanentes situaciones de conflicto y riesgo social.
Internación: último recurso
Este tercer grupo es el más visible, y el que motivó el recurso de amparo del fiscal Enrique Viana, que solicitó anteayer la internación obligatoria de los «niños de la calle» en un período de 24 horas. El asunto está en manos de la jueza de Familia Graciela Barceló, quien deberá aceptar o no el amparo.
Viana ha sostenido que el INAU «no obra ni acude» en la debida protección de estos niños. Agregó que la institución está «omisa» al no promover «la internación o albergue» de los niños que pernoctan en las calles, corriendo serios riesgos.
Al respecto, el presidente del Directorio del INAU, Víctor Giorgi, dijo a LA REPUBLICA que la internación compulsiva de estos niños «no resuelve nada, porque los que son levantados van a volver, sólo que habiendo roto sus vínculos». «El levantamiento masivo es una postura irresponsable», definió el jerarca.
El objetivo central de los Programas Calle es atender y revertir este tipo de situaciones, cuando ya se encuentran instaladas, y prevenir el surgimiento de nuevos casos. Cada proceso de intervención consiste en el acompañamiento socioeducativo de los chicos, que incluye la estimulación de sus habilidades cognitivas y la recreación, y un posterior trabajo con los núcleos familiares.
«Cada proceso es planificado con mucho cuidado. El INAU tiene una historia larga, que se remonta a 1934, de entender erróneamente la protección a la infancia. Tenemos que pensar políticas responsables, asumiendo que estas situaciones se van a revertir sólo si trabajamos en el sistema educativo, en la salud y en las políticas económicas», explicó Giorgi. En su opinión, estos chicos llegaron a su situación actual debido «al fracaso de distintas instancias sociales y de las instituciones de contención».
Giorgi agregó que el concepto de «protección», contenido en el artículo 40 de la Constitución, «no es el mismo hoy que en 1930″. El presidente del INAU sostuvo que, en la actualidad, la protección de la infancia debe basarse en «buscar las oportunidades y considerar al otro un ser activo».
Según el jerarca, actualmente muchos sectores de nuestra sociedad consideran que los derechos de los niños implican un «vale todo», que les permite actuar a su antojo y, paralelamente, lleva a los adultos a deslindarse de cualquier tipo de responsabilidad en su cuidado. Giorgi se manifestó contrario a esta postura.
«Para trabajar con los niños se necesitan límites, asumir nuestra condición de adultos. Sin embargo, también es imprescindible respetar su voluntad», afirmó.
Precisamente por ello, los niños que se integran a los Proyectos Calle no son obligados a permanecer en ningún recinto si no lo desean. En diálogo con LA REPUBLICA, integrantes de estos proyectos insistieron, no obstante, en que no se les transmite «que cualquier cosa que hagan está bien».
«Los gurises tienen sus responsabilidades. Quieren probarse en la calle, y está bien, pero nuestro objetivo es que salgan de ahí. Es «salado», pero no dejamos de poner límites», explicó Gustavo, uno de los coordinadores del hogar Capitanes de la Arena, que acoge a niños y adolescentes que, por distintos motivos, no pueden vivir con sus familias (ver recuadro).
La consigna es, en definitiva, «respetar sus deseos educándolos». Ante este paradigma aclaran los integrantes del equipo la internación compulsiva se justifica sólo en caso de riesgo inminente para los niños o su entorno.
Adultos invisibles
El proceso que el INAU emprende con los niños se inicia con el establecimiento del contacto. Los educadores recorren las calles buscándolos en su propio entorno, y van ganando su confianza. El proceso es gradual y difícil, dadas las duras experiencias que han vivido, signadas por la violencia, el abandono y la madurez forzada.
Una vez fortalecido el vínculo, los niños comienzan a integrarse en los diferentes programas que propone la institución. Concluida esta etapa, el siguiente paso es el trabajo con las familias. La premisa es clara: para que un niño en calle pueda regresar a su hogar, es imprescindible que estén «dadas las condiciones», según explicó un educador del INAU.
«Hay que tener en cuenta a qué barrio va a volver ese niño cuando deje la calle. Cuando nos acercamos a las familias, llegamos a zonas adonde sólo va la Policía», indicó otro técnico.
Aunque no todos los niños que sobreviven en las calles provienen de hogares pobres, la enorme mayoría de estas familias son monoparentales (en general jefas de hogar y sus
uniones móviles), compuestas por adultos fragilizados, sin trabajo ni autoestima, incapaces de contener a sus hijos. Es cierto, no obstante, que muchos de ellos simplemente optan por no cumplir sus obligaciones hacia los menores.
«Tratamos de transmitirles que existen», dijo otro integrante de los Proyectos Calle. Con ese objetivo, los equipos de trabajo desarrollan intervenciones socioeducativas para fortalecer el vínculo entre los adultos y los niños.
La meta es que los primeros se asuman como tales. Para ello, se manejan distintas herramientas que procuran su resocialización.
Uno de estos mecanismos es el Proyecto 300, que ofrece tiques alimentación a cambio de que los niños reduzcan su presencia en las calles y regresen a la escuela. Aun así, el intercambio no es sencillo. «Tienen que estar dispuestas a recibir 1.000 pesos en tiques para renunciar a los 2.000 que trae el niño desde la calle», explicó el educador. Con el tiempo, sin embargo, los acuerdos suelen lograrse.
El segundo programa consistió en un fondo de prestaciones extrapresupuestal, que ofreció a las familias 30.000 pesos en una única vez. Los objetivos en los que se utilizaría ese dinero eran planificados con los equipos de INAU.
A cambio del monto, las familias que participan del Panes debieron renunciar al ingreso solidario durante 12 meses y participar de los proyectos educativos de la institución. De un total de 307 familias, 275 aceptaron la propuesta que, debido a su éxito, se reeditará en 2008 con fondos presupuestales. *
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