Imágenes con poder
En la tapa del libro «Cine y totalitarismo», editado por los docentes Eduardo Rinesi (de la UNGS) y Lisa Block de Behar (de la Udelar), luce, en primer plano, una pluma quebrada. La imagen es elocuente. La creación conjunta de las dos universidades aborda nada menos que la relación entre el cine y los regímenes totalitarios, esos sistemas en que el Estado, «dirigido por su estrato superior, fuerza a la sociedad a un comportamiento homogéneo (…), sin posibilidades de disentir», según define Luis Elbert en el capítulo de su autoría.
El siglo XX dio cabida a ambos, y algunos analistas creen que no por casualidad. «El espectáculo cinematográfico y el totalitarismo son productos característicos de la sociedad capitalista industrial de la primera mitad del siglo XX», explica el argentino Gustavo Aprea en el capítulo «¿Existe un cine totalitario?», uno de los tantos que conforman el libro publicado por La Crujía ediciones.
El entorno que hizo posible el surgimiento de ambos fenómenos tal vez haya sido el responsable de estrechar sus lazos. A lo largo de las páginas de «Cine y totalitarismo», estudiantes y docentes de ambas universidades, junto a críticos (Luis Elbert, Ronald Melzer) y especialistas de otras áreas (Hebert Gatto, Ruben Yáñez) descubren la conexión entre los totalitarismos y diversas expresiones artísticas (teatro, arquitectura), para centrarse en la pantalla grande.
También participa del proyecto el profesor alemán Karlheinz Barck, quien arribó a Montevideo expresamente para participar en el seminario organizado por la Universidad de la República.
Su disertación, bajo el ambicioso título «Estrategias de escritura bajo el nazismo», aborda parte de las trayectorias de Víctor Klemperer y Werner Krauss, dos romanistas alemanes que, por su origen judío y su resistencia antifascista respectivamente, debieron recurrir a la escritura cifrada para eludir los férreos controles que se les imponían. El resultado de esa cruda experiencia son dos textos de títulos en clave: «PLN» y «LTI». Barck analiza esta «escritura del desastre» -el peor del siglo XX- que registró también el cine de la época.
Risa y llanto
La atención prioritaria de los autores del libro se enfoca en dos vertientes: la sátira y la parodia como críticas valientes hacia estos regímenes (representada, por ejemplo, por «El gran dictador», de Charles Chaplin, y «Ser o no ser», de Ernst Lubitsch) y, antagónicamente, la posibilidad de ensalzarlos a través de un medio masivo.
Esta es la opción que eligió la brillante -y nazi- Leni Riefenstahl.
Varios son los capítulos dedicados a analizar la extraña carrera y la prolongadísima vida de la bella y gélida Leni, que comenzó como bailarina, luego incursionó en la actuación y terminó siendo la niña mimada de Hitler, que la admiraba fervientemente y le solicitó dirigir documentales acerca de la actividad del Partido Nazi.
Ella accedió y logró varios trabajos muy logrados, entre ellos la destacada «El triunfo de la voluntad», que es considerada un antecedente indiscutible de cualquier documental posterior a la década del treinta.
A cambio, la directora obtuvo el permiso de filmar una película sobre las Olimpíadas de Berlín, en 1936, que bajo el título «Olimpia» también se transformó en un hito cinematográfico.
A pesar de su indiscutible talento, al término de la Segunda Guerra Mundial la directora alemana fue acusada de nazi, y conoció el oprobio del público y de Hollywood, que nunca la acogió en su seno. Jamás se pudo probar su afiliación al partido que encabezaba Adolf Hitler, pero, aun así, debió conformarse con una vida dedicada a la fotografía (de gran calidad) y, en cierto modo, condenada al ostracismo.
En clave de comedia, por otra parte, el centro de las miradas está en «El gran dictador», de Chaplin, película que, en opinión del argentino Eduardo Rinesi, revela «lo que hay de grotesco y de insustancial en la aparatosa espectacularidad del poder totalitario» y dirige contra éste «la más eficaz de las diatribas».
Fieles aliados o enemigos tenaces, el cine y el totalitarismo mantuvieron una unión indisoluble. Por eso, según reza la contratapa de «Cine y totalitarismo», entre ellos «no hay coincidencia, sino co-incidencia».
Es éste el punto de vista que adoptan los múltiples creadores de una publicación con sello universitario. *
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