Lubricando la memoria
Bien es sabido que el polémico conflicto que sostuvieron LA REPUBLICA y el Sindicato de Vendedores de Diarios y Revistas, hace más de un año, dividió a la opinión pública y llenó las calles de un sinnúmero de sensaciones muy variadas y encontradas todas ellas.
Un clima enrarecido pero esperanzador a la vez despertaba cada mañana en las esquinas, andaba en ómnibus y se paseaba por las avenidas interrumpiendo las rutinas de hogares y comercios, en una afanosa búsqueda de lectores marginados por la situación.
No cabía duda alguna, el pueblo estaba sensible y lo demostraba todos los días con actitudes tan gratas hacia nosotros vendedores independientes del diario que dejaban sin chance a aquellas otras tan perdidas como intolerantes, en su vano intento de destruir y malograr la tarea.
Subir al ómnibus a vender a pesar de algunos era como jugar de locatario; la mayoría del pasaje recibía con beneplácito aquel olvidado «voceo» arriba del transporte, además de manifestar su sentir por la causa. Miradas complacientes y sonrisas de aprobación eran moneda corriente; las palabras de aliento y los comentarios, a veces emocionalmente desprejuiciados, eran de vital estímulo para volver al día siguiente.
Todas estas intenciones y voluntades fueron quedando registradas como elementos que han de servir para lubricar la memoria en defensa de futuros ataques corrosivos contra la razón, por decirlo de alguna manera.
Pero hubo una frase que hoy abraza y enarbola el cálido sentir de aquellos días; el comentario sencillo y sincero de una señora que viajaba sentada al lado del guarda, y que tomándome del brazo, desde su asiento, me invitó a conocer el poder de la humildad, diciéndome: «M’hijo, hoy no te lo puedo comprar, pero no te rindas…»*
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