Incordio cerebral
Anoche no dormí bien.
El lector sabrá perdonarme, pero no me queda otra que referirme a este padecimiento que, aunque estrictamente personal, le he descubierto una relación con cosas que están pasando –o que no están pasando, depende de cómo se mire– en el país. A fin de que se me entienda, empresa que no es fácil, diré que la mala noche se debió a que ingresó a mi mente, de golpe, una serie de conmovedores enunciados:
La lechería anda cada vez mejor, con más mercados, se va para arriba como pedo de buzo y hay que darle prioridad.
Estamos apostando a la reapertura de minas de producción diversa y a la incorporación de nuevas tecnologías como una de las llaves del futuro económico.
Digan lo que digan, las cifras son cada vez más claras incluso estadísticamente: somos, más que otra cosa, exportaciones de carne y lana.
El país forestal, diversificando con inteligencia la industrialización de la madera, nos pone de pie en el primer mundo y acelerará el ingreso de capitales.
Las producciones no tradicionales, como el caso de los arándanos, están creciendo de modo explosivo y hay que aprovechar esa corriente.
Lo que hoy nos ofrece mejores perspectivas económicas, por la inversión y el empleo que genera, es el desarrollo portuario.
El turismo puede ingresar al país más divisas que todas las exportaciones tradicionales y, por tanto, debemos apostar a su crecimiento.
Los precios internacionales de los productos agrícolas ascienden de manera formidable y auguran ventura a quienes se dedican al arroz, al trigo y al maíz.
Nada nos ofrece mejores perspectivas, en el mundo globalizado y tecnológico de hoy, que la industria del software, los servicios y la logística.
Hasta aquí los enunciados, que me hicieron recordar que estamos embarcados en la creación del Uruguay productivo.
Claro, nunca imaginé que ese patriótico esfuerzo pudiera causar un incordio cerebral como el que me acosa en este preciso momento. ¿Acaso debo sentirme culpable? *
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