Cielo abierto

Hace unos días el Ministerio del Interior incautó media tonelada de cocaína en el norte del país. Fue el mayor contrabando de drogas descubierto y reprimido hasta la fecha.

Un éxito policial reconocido unánimemente y acerca del cual la prensa informó abundantemente. Los comentarios políticos y sociales también fueron nutridos y coincidentes.

Hubo una gran constatación: nuestros cielos y campos están abiertos e inermes ante ese tipo de actividades delictivas que, obviamente, no se ciñen solamente al tráfico de drogas.

Hemos oído comentarios un tanto indignados preguntando por qué el país no tiene radares…

La proverbial flaca memoria de los uruguayos «olvidó» un debate de hace apenas un año más o menos, cuando el gobierno destinó fondos para su adquisición.

La Fuerza Aérea venía reclamando dichos radares desde hace añares argumentando exactamente eso (el peligro) e informando públicamente que según sus datos (incluso sus fotos aéreas) el país padece ochocientas cincuenta pistas clandestinas de aterrizaje: una cada doscientos veinte quilómetros cuadrados. No todas, ni mucho menos, están dedicadas al delito: simplemente no están declaradas pero se usan. Por lo tanto todo es posible en ellas (especialmente de noche).

La estratégica ubicación geográfica de Uruguay en medio de muchas fronteras y varios puertos marítimos y fluviales, junto con la forma suavemente ondulada de sus amplias praderas lo hacen muy hospitalario para la aviación (incluso la furtiva).

El año pasado el gobierno destinó por fin los fondos necesarios para adquirir el sistema de radares capaz de vigilar como es debido nuestros cielos. Ello dio lugar a fuertes polémicas en el Parlamento, que a la postre aprobó esa inversión, por lo que en poco tiempo ya no será tan fácil decolar, aterrizar y volar maliciosamente en Uruguay.

Tal vez el procedimiento policial recientemente exitoso sirvió también para mostrarle a la conciencia pública la peligrosidad de la situación de inexistencia casi total de vigilancia.

Debemos reconocerle entonces a la Fuerza Aérea su prédica paciente e incansable al respecto.

De paso, nos invade la necesidad de otra observación:

Quinientos kilos de cocaína, grandes inversiones en campos y en máquinas para su desplazamiento internacional por larguísimos caminos desde las fuentes de su producción hasta la «mesa» de sus consumidores. Estructuras organizativas sofisticadas y también multinacionales para tan complicada gestión clandestina que incluyen la correspondiente ingeniería financiera y administrativa de gran porte, quedaron en evidencia y fueron largamente comentadas.

Pero la pregunta que no se hizo, y que generalmente no se hace ante la magnitud delictiva, es: ¿Pero quién o quiénes consumen tanta droga? ¿Para qué enorme clientela trabajan esas «empresas»?

Porque el tamaño de la «fábrica» y la «logística», visible como la punta de un iceberg obvio, indica el de la clientela.

Tenemos algo (o mucho) de hipocresía cuando, consumidores o no, comentamos esos procedimientos policiales con cara de «yo no fui».

Si no hubiera consumidores, los traficantes serían imposibles. Pero dadas las inexorables leyes de la oferta y la demanda (capitalismo) o de la economía (marxismo), si hay demanda habrá oferta.

El golfo de Fonseca, durante las guerras revolucionarias y contrarrevolucionarias en Nicaragua y El Salvador era una de las zonas del mundo más militarmente vigiladas por Estados Unidos, los guerrilleros y los soldados; aviones, helicópteros, naves de todo tipo, sensores de última generación, incluso espaciales, campos terrestres y zonas acuáticas densamente minados… Sin embargo, todos los bandos debían reconocer que los contrabandistas de siempre, los aparentemente humildes y desamparados «bagayeros», lo pasaban de ida y vuelta como si tal cosa trayendo y llevando electrodomésticos, bebidas, cigarrillos de marca, perfumería, zapatillas, ropa… Como si para ellos la guerra fuera una simpleza estúpida.

Todo es nada más que cuestión de rentabilidad. Incluso el riesgo.

Lo mismo pasó con la Ley Seca y similares asuntos (por ejemplo prohibir la prostitución) en todos los tiempos y lugares.

Uruguay no podrá encarar este problema solo. Pero parece que debemos mirarnos en el espejo y sincerarnos: ¿No habrá llegado la hora de legalizar algunas drogas además del alcohol y el tabaco?

¿Por qué los no consumidores deben pagar impuestos para perseguir traficantes? ¿Por qué arriesgar la vida y gastar el tiempo de policías, aduaneros, periodistas y jueces para evitar que una enormísima cantidad de gente se drogue? ¿Por qué «adquirir» corrupción e inestabilidad en aras de un imposible? ¿Por qué invertir en ello tantos recursos siempre escasos?

Encima, el «impuesto» que pagan los consumidores, en lugar de ir al Fisco, va a los traficantes y servicios anexos lubricando la rueda perversa. Y, también encima, los aficionados a la droga ni saben qué cosa consumen.

Cuando en Uruguay se legalizaron la prostitución y ciertos juegos de azar, hubo quienes pusieron el grito en el cielo «profetizando» terribles calamidades para el país y muy en especial para su juventud. De aquellos gritos nadie se acuerda, las «profecías» no se cumplieron y hoy vemos esas cosas como «lo más natural del mundo». *

(*) Senador de la República. Escritor.

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