Un no sé qué
Con la Constitución pasa, a veces, lo mismo que a Inodoro Pereyra con su compañera: «Lejos, la Eulogia es la mejor prienda que he tenido… Bien lejos…, veinte, treinta kilómetros, porque de cerca es muy jodida».
Uno sabe que consagra la separación de poderes y es el contexto jurídico donde nacen y son protegidos los derechos. Pero, al mismo tiempo, y en diferentes cuestiones, hay que interpretarla; o sea, es pasible de subjetividad.
Dicho figuradamente, vista de lejos cuando no hace falta penetrar en sus aspectos más específicos da la impresión de una certeza de hierro fundido; vista de cerca cuando no queda más remedio que interpretar artículos de redacción amplia y general se convierte en una suerte de mujer menos perfecta que no genera unanimidades.
Se preguntará el lector a qué viene esto.
Es que el gobierno ha decidido ejercer su legítimo derecho a la defensa ante diversos cuestionamientos surgidos con apoyo de constitucionalistas de la talla de Marabotto y Balbela difundiendo la opinión de otro prestigioso catedrático, Cassinelli Muñoz, para sostener su decisión de gravar las pasividades con el IRPF.
Ahora bien, a uno lo agarra un no sé qué, equivalente, en mi lejana niñez, a cierta forma indefinida del pudor, cuando advierte que esto no lo zanjarán Cassinelli Muñoz, Balbela ni Marabotto, sino la Suprema Corte de Justicia. A partir de allí se abren dos hipótesis: o la decisión respalda al Poder Ejecutivo, u ocurre al revés.
Así las cosas, me permito sugerir que la presentación que hizo el gobierno del informe de Cassinelli Muñoz sobre la «absoluta constitucionalidad» de la tributación de marras fue, por decirlo en un tono de patriótica comprensión, innecesariamente espectacular y concluyente.
Alguien debió pensar en la posibilidad de hacerlo de otro modo.
Porque si la Corte se decide por la inconstitucionalidad, el gobierno quedará, al santo botón, más incómodo que Inodoro con la Eulogia al lado, mirándolo ceñuda. *
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