La valija
El hombre siempre ha necesitado en qué llevar sus cosas y, a lo largo de la historia, según ha contado Wimpi, inventó árganas, cestas, cuévanos, carretillas, camiones, bolsas, tachos, bolsillos, carteras y portafolios. Como lo hizo y lo hace a fines de carga, nunca ha sido demasiado difícil darse cuenta de lo que portaba consigo.
Hasta que apareció la valija.
Quizás hoy se me trancó la neurona que me queda, pero intuyo que la valija, a diferencia de otras cosas que sirven para meter algo adentro y trasladarlo de un lugar a otro, fue creada también para ocultar y ha tenido, gracias a la tecnología, una vida de rápida evolución. Las hay resistentes, finas, gruesas y, sobre todo, con pinta de impenetrables.
Salvo que alguien te obligue a abrirlas en una aduana.
En tal caso, la valija hasta la más coqueta y sofisticada puede dejarte pegado como una estampilla.
Es lo que le acaba de pasar en Buenos Aires al empresario venezolano Guido Antonini Wilson, sospechoso de vinculaciones, al menos curiosas, por decir lo más piadoso, con Petróleos de Venezuela y Enarsa de Argentina, además de haber sido visto en más de una ocasión, muy bien rodeado, por Montevideo.
Le abrieron la valija y hallaron un montón de dólares no declarados.
Ahora nadie se quiere hacer cargo de Antonini, ni de los dólares, ni de la valija. Es más, este venezolano, hoy a la intemperie, parece la personificación del epitafio del cardenal de Toledo: «Polvo, cenizas, nada». ¿Quién es realmente? ¿A quiénes representa? ¿Quién lo banca? ¿Qué función cumple en la compleja red de acuerdos petroleros tejida entre Caracas, Buenos Aires y Montevideo?
Al ciudadano común, y sobre todo al uruguayo, que recibió casi de casualidad este cascotazo sobre su confianza, nadie le ha acercado información suficiente ni verosímil. ¿No se ha podido o no se ha querido?
Y, claro, así está el pobre, con cara de un cazador de tartamudos atento a la primera destrabada, a ver si entiende algo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad