Escrito por: Antonio Pippo
En el café Vaccaro de la avenida General Flores, el Ñato Pedreira me enseñó, mientras cantaba un ya veterano Carlos Roldán, por qué es mejor beber alcohol de pie y no sentado. Y me salvó la vida.
En el bar del Chiquito Otegui, en Libertad, acunado por décimas del payador Pedragosa, mi amigo Epifanio descubrió que valía la pena el negocio de las maquinitas y no la panadería. Y evitó fundirse por cuarta vez.
Qué sabios los boliches. Fueron escuela, oráculo, confesionario, púlpito, hogar. Jóvenes escuchando a los viejos, Líber Falco imaginando los versos más conmovedores que en el mundo han sido, Renán Rodríguez defendiendo las ventajas del colegiado, bolches y latas prometiendo que podían convivir, blancos y colorados perdonándose el pasado, Hugo Nantes soñando los jugadores de truco en metal que haría alguna vez.
Esos sitios cambiaron cuando la cosmovisión uruguaya perdió pie, tropezó empujada por la ansiedad que trajo la globalización desde el mundo grande y rico. Muchos se fueron a baraja y otros se convirtieron en meros escondrijos sólo propicios para beber. Es decir, para mamarse y olvidar, o para mamarse y agarrárselas con el primer distraído a mano, si es que lo traducimos a español puro.
Afortunadamente, y quizá cuando los bolicheros de verdad nos hundíamos en el desencanto fatal, un programa del Ministerio de Educación y Cultura ha dejado entrar, tímidamente, la luz de la esperanza. De la mano del canto, la poesía y la danza, los boliches han vuelto a ser lo que fueron, aunque sea por un rato. “Boliches en agosto” se llama ese programa iniciado el sábado que devolvió a estos excepcionales escenarios vernáculos la gente y un poco del espíritu conciliador, tolerante y democrático que fueron su marca en el orillo.
Bienvenido sea.
Quién sabe. Tal vez haya una cultura, a la que tanto debemos, como a la inmigración, que no ha muerto del todo.
“…y habrá en las almas simples un poco de emoción”. *
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