La mayoría
Qué bueno si entendiésemos mejor ciertas cosas.
Están aquellas que son propias del derecho de cada cual a ejercer su libertad como mejor le parezca. Si quiero ser vegetariano y no comer carne, no hay Constitución ni ley que me lo impidan; a lo sumo, quizás mi aparato digestivo se aburra un poco y en algún momento me falten calorías, pero haré mi voluntad. Lo mismo si quiero rascarme el culo en público cuando me pica; a lo sumo, habrá alguna señora que expresará su disgusto frunciendo el ceño, asqueada, pero haré mi voluntad.
Están aquellas otras que no se pueden hacer han sido prohibidas por normas específicas porque su ejercicio, como derecho individual, se convierte en un riesgo para la sociedad: manejar a contramano por 18 de Julio, fumar en una sala de emergencia médica o incurrir en un sonoro pedorreo en una atiborrada sala teatral.
Y finalmente están las que debemos aceptar porque han sido resueltas, luego de que todos opinasen, por la mayoría. Son las que, al cumplirse, contribuyen a respetar la democracia, hija del postulado y no del dogma.
¿A qué viene esto? A que los sismos siguen sacudiendo al debate educativo y a la futura ley de educación. El director de Formación Docente, Oruam Barboza, dijo, ahora ante reclamos de docentes y alumnos del interior por la unificación de los planes de estudio, que las medidas aprobadas han obtenido mayoría: «Algunos quieren que quede lo que no logró esa mayoría, y eso conspira contra la idea básica de la democracia».
Si los hechos lo respaldan y no tengo por qué dudarloha sido un comentario sensato y oportuno.
Hay personas, animadas de la mejor intención, que confunden un debate y su resultado democrático con el asentimiento a la posición que han expuesto. Si la mayoría va para otro lado, patalean, dudan de las autoridades y las culpan de unas arbitrariedades horrorosas.
Es gente a la que se le preña el ego de tal modo que, si la contradicen, como decía Wimpi, se aluna y aborta. *
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