Un sueño
Tuve un sueño raro.
El rey dejaba que sus párpados cayesen sobre sus azules ojos hasta casi cerrarlos. Le costaba sostenerlos, cansado de la cantinela de la mujer que tenía delante, mientras no apartaba de su mente la caricatura de Felipe, ésa que había dado vuelta al mundo, en que aparecía montando exquisitamente a Leticia.
-Me permito decir que Uruguay interviene con desgano en la facilitación de Vuestra Majestad.
La mujer seguía hablando. Maquillada para baile de máscaras, los rulos duros como yeso y con ciertas dificultades de pronunciación, quizás por exceso de colágeno en los labios, parecía que iba a triturar los monárquicos genitales con una desaprensión que envidiaría la doña Rosa del Café de la Viudita.
-Sepa Vuestra Majestad que no vemos en Uruguay la buena voluntad que hubiésemos esperado.
Al fin, el rey cerraba sus ojos. Era un instante, durante el cual recordaba un párrafo de una novela gallega cuyo nombre había olvidado: «A esta tía bruja lo que le vendría de primera es que la abrieran en canal un buen día». Despegados de a poco sus párpados, optaba por no pensar a santo de qué le había venido a la mente tal cosa. Y volvía a mirar a la mujer, que no cesaba de hablar.
-Me permito expresarle a Vuestra Majestad nuestro malestar por las actitudes que ha asumido Uruguay.
El rey, observándola, sonreía como si viese un osito de felpa que uno de sus nietitos hubiera tirado al suelo. Hacía un breve gesto, igual que si alejara a un barcino que no se ha hecho querer, y la mujer, luego de saludar agitando sus caderas y frunciendo su bocaza, se retiraba.
Y el monarca se decía: -¿A quién mierda, si no a mí mismo, echo la culpa por haberme metido en este entuerto?
Se levantaba, mientras volvía a ver a Felipe y Leticia casi abotonados, en aquella maldita caricatura, y se iba, encorvado por la resignación.
La mujer, de regreso, se felicitaba por la comprensión que su país había hallado en la Corona española.
¡Qué sueño raro, che!
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