El descreimiento en la política

Escrito por: ALBERTO COURIEL (*)

Miércoles 25 de julio de 2007 | 4:26
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La apertura democrática en los años ochenta generó altas expectativas en la región latinoamericana después de las negativas experiencias de los procesos dictatoriales. Se revaloriza la democracia como una reafirmación de libertad y dignidad humana y con la esperanza de que se pudiesen resolver los grandes problemas económicos y sociales de los países de la región. A fines de los años noventa, con los fracasos de la aplicación de los modelos neoliberales, surgen distintos indicadores que marcan con nitidez la frustración y desesperanza de los ciudadanos. En el trabajo La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos 1 el 55% de los consultados prefiere un gobierno autoritario si les resuelve sus problemas económicos, considerando que los principales problemas son el desempleo (35%), la pobreza y desigualdades (26%), la delincuencia y drogas (11%) y la corrupción (11%). Las crisis económicas, sociales y financieras junto a la extensión de la democracia, con mayor participación ciudadana y elecciones más limpias y libres, facilitaron los triunfos e instauración de gobiernos progresistas en América del Sur. Todavía no hay tiempo suficiente para evaluar la performance de estos gobiernos pero sería vital que se retome la confianza en la democracia ­que ya es un fin en si mismo, un estilo de vida­ y en la propia política y sus partidos.

En el descreimiento de la política influyen diversos factores como la ideología dominante, los resultados económico-sociales y el funcionamiento de los propios partidos. La orientación neoliberal que penetró con mucha fuerza en la década del noventa coincidía con los intereses de grupos financieros internacionales y nacionales, se publicitaba por los grandes medios de comunicación de masas, se implementaba a través de los préstamos y las condicionalidades de los organismos financieros internacionales y siempre encontraron partidos, grupos económicos y tecnoburocracias locales para su aplicación. En la medida en que esta ideología propugnaba una mínima intervención del Estado, porque el mercado y el sector privado estaban en condiciones de resolver todos los problemas económicos y sociales, todo lo que hacía el Estado era vicioso y perverso. Los partidos políticos y los políticos tienen como función esencial tomar el aparato del Estado para, desde allí, elaborar e implementar políticas a fin de atender los derechos civiles, políticos y sociales de los ciudadanos. Pero en la medida en que la ideología dominante marca que todo lo que hace el Estado es vicioso y perverso, lo que terminan haciendo los políticos también lo es. Y esto multiplica el descreimiento y la desconfianza hacia la política y los políticos. Por ello es válida la interrogante de saber cuál es el papel de la política para la concepción neoliberal. Inclusive en el mundo desarrollado existen corrientes de pensamiento que plantean que el mercado es más importante que la democracia, que cuanto menos intervengan los gobiernos mejor funciona el mercado. Lo esencial es que el mercado sea libre, no importa que los individuos no lo sean. La influencia de la ideología no es menor en la medida que el 48% de los latinoamericanos cree que es más importante el desarrollo económico que la democracia 2, olvidándose de los derechos humanos, de las libertades básicas y de la ética de igualdad que tienen los propios principios de la democracia.

En este descreimiento de la política influye, en unos países más que en otros, el fenómeno de la corrupción que involucra tanto a la sociedad que compra favores como a los políticos deshonestos que venden servicios. En algunos países de América Latina la corrupción ha penetrado con tanta fuerza que el 41% de los latinoamericanos acepta la corrupción con tal que les resuelvan sus problemas económicos 3.

La evaluación del funcionamiento de los partidos políticos tampoco es positiva y profundiza el descreimiento sobre la política, en la medida que no resuelve los problemas que le reclama la ciudadanía. El 59% de los latinoamericanos cree que los partidos no cumplen adecuadamente sus funciones y el 65% entiende que no aplican los programas presentados en sus campañas electorales 4.

Retomar la confianza en la democracia y en la política es central y básico para la región. Los partidos progresistas deberían cumplir una tarea central, porque está en su identidad la equidad, la igualdad y la justicia social y, por lo tanto, atender los grandes problemas de la sociedad como el desempleo y subempleo, la pobreza, la indigencia y la marginación. En esencia, atender las grandes desigualdades. Para ello es vital mejorar sustantivamente la debilidad programática, para lo cual son imprescindible cambios cualitativos en las universidades de la región con capacidad de investigación y creación de conocimientos y no solamente cumplir con tareas de consultores utilizando categorías, metodologías y concepciones provenientes de la ideología dominante y de los organismos financieros internacionales. Los intelectuales deben tener un papel central para que los partidos políticos puedan construir proyectos colectivos y generar propuestas que tengan en cuenta la especificidad de los problemas de cada uno de los países. Ello requiere retomar algunas funciones centrales del Estado que en los últimos tiempos pasaron al mercado. Un buen ejemplo de esto es reflexionar sobre la seguridad social en Uruguay que, históricamente, constituyó uno de los grandes ejes del Estado de Bienestar. Esta se construyó sobre la base de trabajadores formales con un financiamiento tripartito a cargo de las empresas, los trabajadores y el Estado. La especificidad actual de Uruguay es que existe una muy alta proporción de trabajadores no formales que son precarios, que están subocupados, que son informales y que por lo tanto no están en condiciones de efectivizar aportes para la atención de su vejez –como nítidamente ocurre con las reformas de Chile– o para participar, por ejemplo, en el seguro nacional de salud.

Es fundamental revitalizar los partidos, vincularlos a la sociedad, democratizarlos internamente y que puedan tener mayor capacidad programática. De todas maneras, entendemos que no hay amenazas a la democracia, que no hay potencia hegemónica que impulse golpes de Estado como en las décadas de los 60 y 70. Ya no existen los considerados enemigos para Estados Unidos como lo eran los movimientos guerrilleros ni la fuerza que la URSS le podía otorgar a los partidos comunistas.

Durante la visita del representante del gobierno de EEUU, Thomas Shannon, a la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado, expresé que la política internacional del gobierno de Bush estaba centrada en acciones antiterroristas pero que en América Latina no iba a encontrar terrorismo, sino pobreza y hambre y esos eran los problemas que se debían atacar. Tampoco hoy son una amenaza para la democracia las Fuerzas Armadas que, sin duda, han perdido fuerza, poder y prestigio y ya no cuentan con los apoyos internacionales del pasado. Las economías de la región crecen y hay menos crisis financieras pero el número de pobres sigue siendo muy alto. Cabe la interrogante ¿cuánta pobreza y desigualdad resiste la libertad? *

(*) Senador de la República. Economista. 1 PNUD, 2004. La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. Director del Proyecto: Dante Caputo. Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Nueva York.

2 Ibid. 3 Ibid. 4 Ibid.

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