El fenómeno
Dos tipos miran un partido de menores.
-¿Vio ese pibe cómo la amasa? Qué fenómeno…
-Sí, flor de fenómeno… ¡No hizo un gol en su vida!
-Ya sé… ¡Pero no me va a decir que no enloquece hasta a los compañeros!
Algo es cierto. Si tomamos el sustantivo masculino «fenómeno» en su acepción de «cosa extraordinaria y sorprendente», acá hay varios, buenos y malos. En el imaginario diálogo del comienzo, el fenómeno lo es en un sentido negativo: ese pibe la gasta como nadie pero sólo logra que se vuelvan locos quienes le rodean, incluidos los de su propio equipo.
Igual que Jorge Batlle.
Qué fenómeno, Jorgito. Hijo de uno de los políticos más brillantes que dio el país, pasó sesenta años de su vida preparándose para ser presidente de la República mientras, con fruición impar, se aplicaba a derramar una rara mezcla de enunciados ingeniosos y delirios catedralicios, siempre con ese tono petulante e irónico que fascinaba a los distraídos y a los desinformados. Logrado su objetivo, y ante la expectativa que de todos modos había despertado con tanta cosa amontonada a lo largo del tiempo, hizo uno de los peores gobiernos que recuerda la historia moderna de esta nación. Entonces lo padecimos en su mismidad: un fenómeno, sí, para sumar verbosidades artificiosas y reventarlas enseguida con los hechos consiguientes.
Debió retirarse a escribir sus memorias y venderlas, al precio de las novelas de Corín Tellado, en librerías de Tristán Narvaja.
Pero no. Lejos de amilanarse, ya octogenario, no sólo juguetea con la posibilidad de su candidatura desconsolando a los pocos que lo rodean, secretamente esperanzados de que un rayo cósmico lo borre del mapa político- sino se permite pontificar sobre actos de esta administración.
Es tan fenomenal que me permito una propuesta a su propio estilo extravagante: exportarlo a Emiratos Árabes, donde, de tanta plata que tienen, compran lo que venga. Hasta si lo canjeamos por quince barriles de petróleo estamos hechos.
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