Los partidos de izquierda en el gobierno

Los partidos políticos en América Latina muestran rasgos de fortalezas y debilidades. Son fuertes en la medida en que, en algunos países, tienen la capacidad de ganar elecciones y de utilizar todos sus instrumentos para tener campañas electorales exitosas. Pero en general, los partidos políticos que ganan elecciones no gobiernan. Para los partidos de derecha esto no tiene porqué ser un problema, pero sí lo es ­por su historia y tradición­ para los partidos de izquierda.

Existen gobiernos progresistas en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador, Bolivia y Venezuela donde gobierna el presidente con sus ministros, con su tecnocracia, pero sin participación de los partidos políticos que ganaron las elecciones. Sin entrar en las viejas discusiones de las relaciones partido-gobierno, los partidos deberían dar el apoyo imprescindible a su gobierno, pero también controlar el cumplimiento del programa y de sus necesarias adaptaciones. Si los partidos no gobiernan, si quedan excluidos del proceso de decisiones, pierden capacidad creadora de identidades colectivas. No están en condiciones de atender demandas sociales ni de resolver conflictos sociales y pierden esas instancias privilegiadas de mediación entre la sociedad y el Estado que son parte de sus funciones.

El Frente Amplio como movimiento político, aunque intente representar determinadas demandas de la sociedad, no tiene la fuerza suficiente para influir en el proceso de decisiones. Las demandas terminan procesándose en otros ámbitos y de alguna manera la fuerza política pierde capacidad de representatividad de determinados intereses. A ello se agregan debilidades orgánicas del propio Frente Amplio porque no cuenta con una dirección eficaz, porque carece de conducción, porque su Mesa Política no tiene una adecuada representación. El Frente Amplio no dispone de ámbitos para dirimir conflictos internos ni para dialogar, debatir y analizar los problemas centrales que afronta su propio gobierno. No cuenta con ámbitos institucionales ni informales. Estas carencias lo debilitan para cumplir sus funciones básicas como partido de gobierno, aunque las demandas de la ciudadanía se pueden efectivizar a través de los ministerios o sus bancadas parlamentarias.

La representatividad de los partidos políticos se ve limitada por la fragmentación social originada por procesos de desindustrialización que multiplicaron el subempleo, la precariedad y el informalismo. Esto condujo a la dificultad de generalizar intereses, incrementó su volatilidad y ciertas formas de desactivación política. Estos sectores, que antes fueron trabajadores formales, pierden la información que obtenían en sus gremios, en sus lugares de trabajo, se retiran al ámbito privado y se transforman en opinión pública influidos por los enfoques de los medios de comunicación. En esencia si la representatividad de los partidos está cuestionada surgen organizaciones de la sociedad civil con mayor gravitación, como los medios de comunicación, que compiten con los propios partidos en su influencia sobre la opinión pública, en la generación de valores y en la ideología dominante. En muchas ocasiones esto lleva a confundir representatividad con comunicatividad, y se da una especie de teatralización de la política, donde lo relevante es salir en televisión, lo importante son las imágenes y no las ideas. A veces los propios partidos se encuentran dominados por tecnocracias económicas o por publicistas y expertos en medios de comunicación.

En algunos casos, a las dificultades de representación de los partidos se le agrega la fragmentación interna y la carencia de democracia interna. Pero también es muy relevante analizar la debilidad programática de los partidos de izquierda. Los partidos de derecha no tienen problemas programáticos porque toman sus propuestas de los organismos financieros internacionales. Derivan de concepciones neoliberales, donde los programas se vuelven relativamente sencillos en la medida que se tiende a minimizar la acción del Estado, porque el sector privado y el mercado están en condiciones de resolver todos los problemas económicos y sociales. En cambio para la izquierda se requiere más imaginación y creatividad para obtener logros de igualdad, de equidad y de justicia social, donde haya tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario. La izquierda tiene una crisis de paradigma y limitaciones de propuestas en el campo internacional y regional, donde en el pasado las universidades y los intelectuales tenían un elevado protagonismo que se ha ido perdiendo.

En notas anteriores mostrábamos para los siete gobiernos progresistas de América del Sur la inexistencia de proyecto país, de lineamientos estratégicos de mediano plazo, de conformación de la estructura productiva basada en la competitividad y el empleo. No hay una clara orientación de futuro, que por supuesto tiene que ser muy flexible dada la velocidad de los cambios tecnológicos, como sí se aprecia en los países del sudeste asiático. La estructura productiva estuvo determinada por las relaciones comerciales con el mundo desarrollado, que estaban interesados por obtener nuestras materias primas y alimentos y vendernos sus productos manufacturados. Posteriormente las propuestas de los organismos financieros internacionales también influyeron en la conformación de la estructura productiva en función de los intereses del mundo desarrollado.

La existencia de gobiernos progresistas marca las posibilidades de elaboración de estas estrategias, denominadas también como políticas industriales, que atiendan objetivos nacionales e inclusive regionales en el marco de los procesos de integración activa. La actualidad muestra que estamos en una verdadera «luna de miel» con nuestras materias primas y alimentos que gozan de muy elevados precios internacionales y limita el grado de conciencia de la necesidad de una visión de futuro con una inserción más dinámica en el campo internacional, colocando los recursos naturales con más valor agregado, con más empleo y, sobre todo, rubros con mayor contenido tecnológico. Uruguay y Chile se lo plantean con menos énfasis y gozan de los altos precios de sus productos de exportación. Argentina se presenta con una consigna de retomar los procesos de industrialización afectada por la concepción neoliberal en la década de 1990 y utilizando la política cambiaria a esos efectos, pero sin visión global de mediano plazo. Brasil tuvo en el pasado una activa política industrial, limitada en la actualidad por una política de corto plazo que busca la estabilización para que luego el sector privado y el mercado marquen las orientaciones de futuro.

La debilidad programática se muestra también en el mantenimiento de políticas de corto plazo muy influidas por el FMI, que tanto fueron atacadas en el pasado y que tantos males le originaron a los países de la región. Por supuesto el FMI no cambió sus propuestas pero los gobiernos de Chile, Uruguay y Brasil mantienen políticas ortodoxas, con claro predominio de las variables financieras y con errores relevantes en sus respectivas políticas cambiarias como analizamos en notas anteriores.

Los partidos deben tener la capacidad de articular y representar múltiples intereses de la sociedad civil, de agregar y articular intereses de la sociedad y de alcanzar mayor capacidad programática. Ello es indispensable porque sin partidos fuertes se afecta la propia democracia. *

(*) Senador de la República. Economista

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