Lavar el jabón
¡Me acordé tanto de Fernández Huidobro!
El sindicato de trabajadores de Conaprole, desde hace un tiempo en constante corcoveo, acusó a la empresa del «horror» de vender la tonelada de leche en polvo a 2.200 dólares, cuando los mercados internacionales «la pagan a más de 5.000 dólares». El supuesto despropósito Conaprole se flagelaría por puro placer masoquista o por súbita y sublime torpeza fue difundido como argumento para respaldar nuevas medidas de lucha, no planteadas por más salario sino contra unas legítimas decisiones de la empresa que ni vale la pena describir.
Lo peor es que estos trabajadores ignoran ¿o lo saben y todo es mera estrategia? que el precio que recibe Conaprole por sus exportaciones lo fija el mercado y no la cooperativa.
¡Cómo no recordar las reflexiones que hizo Fernández Huidobro en un reportaje publicado ayer en LA REPUBLICA! Quien lo haya leído entenderá por qué hay sindicatos que hacen lo que hacen, más allá de derechos constitucionales y convenios. Y entenderá dónde se esconde, a veces, una porción grande del poder real que tranca la rueda del desarrollo.
Lo que ocurre ahora prueba la inmortalidad de aquella paradoja que describió Wimpi cuando quiso explicar, con humor, al país que le dolía: el jabón, inventado para que nos lave, puede necesitar ser lavado. Ocurre cuando al tipo, que se está duchando, se le cae en un rincón donde hay tierra y pelusa: no tiene más remedio que lavarlo para volverlo a usar.
Con la conducta de ciertos sindicatos, en medio de la peripecia inédita de un gobierno progresista, pasa algo similar. Así como al jabón se le echa agua para quitarle la mugre pegada accidentalmente, a esos sindicatos habría que refrescarles la memoria para que adviertan dónde están y para qué y comprendan su responsabilidad histórica.
De otro modo y regreso a Wimpi podríamos llegar a creer que el tipo, a la hora del desayuno, debe comerse el diario y leer el pan con manteca. *
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