Reforma Tributaria: la otra cara de la moneda

El taxista se quedó callado, como abstraído, en medio del trancazo que había en el tránsito, el último viernes de junio a la tardecita. Permaneció pensativo, inmutable, ante la pregunta de mi amigo: «¿Qué pasó? ¿Por qué este embotellamiento?» Tampoco dijo nada cuando le interrogó acerca de si el atolladero era producto de un accidente, del arreglo de las calles de Montevideo o el inicio de las vacaciones de los escolares. Silencio profundo…y recién cuando el vehículo empezó a moverse y a salir de ese embotellamiento sin razón aparente, el taxista movió la cabeza con fastidio y descargó: «Es culpa de la Reforma Tributaria».

Sabiduría pura. Toda la culpa la tiene la Reforma Tributaria. Me consta que a nadie le gusta pagar impuestos, eso está claro. Los desprendidos impositivos son una especie extinguida hace mucho tiempo en el mundo y cuando se trata de pagarle al Estado, el pantalón se queda sin bolsillos. Pero más allá de eso, esta reforma ha logrado encender locas pasiones y se ha convertido en uno de los más poderosos estímulos al disparate y al exceso. Si no, miren este par de ejemplos.

El del prestigioso periodista Claudio Paolillo, que en reciente publicación no sólo anunció las peores tormentas derivadas de la «reforma» sino que la comparó con los impuestos que descargaba sobre la sociedad la dictadura militar. Increíble, ¿no? Qué cañonazo. Y dispara con la misma vehemencia que hace veinte años, cuando afirmaba tantas otras cosas, tan distintas, que la vida luego se encargó de relativizar. Impetu juvenil, le llaman, o arrebato visceral, quizás. Algo de eso debe haber ocurrido para provocar tal grado de exceso, de enojo, impropio en un profesional tan ecuánime y ponderado. Nadie puede atribuirse el patrimonio de la verdad, pero descalificar el largo esfuerzo de tantas personas competentes en la materia, comparando a esta reforma con los impuestos de la dictadura, suena feo, ¿no?

Pero a continuación tenemos el dos de la muestra: el editorial de «El País» del viernes 13, titulado «La izquierda única». Mala fecha para el periódico. ¿Qué dirán los integrantes del Partido Nacional seguidores de dicho matutino, frente a tal despropósito? Allí se afirma que «a quienes tienen recursos para un consumo decoroso, se los han quitado de raíz» y que, a pesar de que los sectores de más bajos ingresos obtienen una mejora, «no les han aumentado los ingresos de manera significativa». Y luego se pregunta: «¿Cuál consumo se beneficia porque la gente carenciada cuente con cien, doscientos, quinientos pesos mensuales más?» «…las panaderías, los almacenes, el comercio informal que tanto abunda por todo el país, no van a incrementar su recaudación de manera que pueda hablarse de ganancias. Puede sí predecirse una demanda algo más alta del vino y de la caña, no más.»

¿Qué tal, amigo lector? «Cien, doscientos, quinientos pesos mensuales más» para la «gente carenciada», una idea que a priori no parecía nada mal, para quienes quizá tienen ingresos de apenas tres mil pesos por mes. Ahora sabemos que no merecen ganar más, ya que seguramente van a dedicar esos magros pesos al vicio y al alcohol. No entiendo cómo alguien ha podido escribir algo así. Sin dudas, refleja el auténtico desprecio que algunas personas de la derecha sienten por los ciudadanos más humildes de nuestro país. Pobre Partido Nacional, si va a estar representado por los editoriales del diario «El País».

Usted, amigo lector, merece conocer la otra cara de la moneda y juzgar, con su criterio, la realidad de la Reforma Tributaria y si merece estas iras desatadas.

La Reforma Tributaria es transparente. Compararla directa o indirectamente con los impuestos de la dictadura no es de recibo intelectual. La reforma estaba en el programa de gobierno de nuestra fuerza política, fue presentada a todo el país. ¿Se acuerdan? Repetimos una y otra vez la frase: «Que pague más el que tenga más y pague menos el que tenga menos». Estuvo casi un año discutiéndose con toda la sociedad, con un texto inicial hecho por expertos en la materia, con aportes sobre legislación comparada y cientos de modificaciones antes de entrar al Parlamento. Esta última instancia llevó más de seis meses, se discutió con la oposición y todas las organizaciones sociales. La discusión fue abierta y pública como nunca se había hecho antes en proyectos de ese tipo. Insinuar que tiene alguna similitud con procedimientos de la dictadura, o con impuestos decididos entre gallos y medianoche, es una falsedad demasiado gruesa.

Reduce impuestos. Afirmar que se crean más impuestos es falso. Elimina 13 impuestos de los 28 que había. Es cierto que algunos no eran visualizados o conocidos directamente por toda la población. Pero existían, se cobraban y los uruguayos los sufríamos. La eliminación del Cofis y el impuesto a las telecomunicaciones, más la reducción del IVA, suman 162 millones de dólares en el año, ni más ni menos. Es cierto que hay nuevos productos gravados con IVA pero también se les permite su descuento, por lo cual no debería modificarse su precio final, como efectivamente se entendió con respecto a la cuota mutual. Los sectores de menores ingresos ganan poder adquisitivo con la reforma y todos sabemos que ésta es una buena señal, muy significativa, y que no ocurrió en los gobiernos anteriores, mucho menos en la dictadura.

Baja la presión tributaria. Las estimaciones muestran que la recaudación final es de 101 millones de dólares menos de impuestos a la población. Y el propio texto legal establece el compromiso de que si, como consecuencia de las virtudes de la reforma, se recauda más, se bajarán más los impuestos. Honestamente, ¿alguna vez otro gobierno, aquí, en el Uruguay, hizo esto?

Estimula el trabajo y defiende al trabajador. Se bajan los aportes patronales, o sea impuestos al trabajo, como estímulo directo para la contratación de personal por parte de las empresas. Se premia fuertemente la inversión, generando un estímulo adicional al empleo. Contiene importantes incentivos a la innovación, a la ciencia y a la tecnología aplicada al mundo de la producción y el trabajo. Comprende las rentas del capital, para que estén gravados todos los ingresos y no sólo los producidos por el trabajo. Nada de esto es menor, a la hora de crear estímulos sanos para la inversión y el empleo en nuestro país, como para descalificar la reforma a la ligera.

La reforma tiene un contenido de equidad. Aunque algunos, es cierto, van a tributar más. La pregunta cantada es: ¿Es justo que los uruguayos de mayores ingresos tributen más? Nosotros pensamos que sí, que es justo. Deberíamos contestar otras preguntas, además. ¿Por qué, antes de la reforma, el 20% más rico de los hogares uruguayos, que recibe el 50% de la riqueza del país, aportaba sólo el 35% de la recaudación del Estado? ¿No es correcto que los que tienen mayores ingresos aporten un poco más para que los de menores ingresos, los más pobres, estén un poco más aliviados? Interrogantes hay más, que se contestan solos.

Juzgue usted, amigo lector, si es buena o mala para el país una reforma impositiva que elimina 13 impuestos, que rebaja en 101 millones de dólares la presión fiscal, que beneficia al 80% de la población y que fue discutida en forma democrática a lo largo y ancho del país, por más de dieciocho meses. O si, por lo menos, no merece quizás una carta de crédito de parte de todos nosotros.

La Reforma Tributaria supone también un cambio cultural, para terminar con las vivezas que no son tales y nos sitúa definitivamente en la discusión real de cuánto se aporta y cómo se gastan los recursos del Estado.

Cambiar esa cultura no es fácil, convencer de que aquello que se pretendía viveza no es más que tonta mediocridad, no se consigue de un día para el otro. Pasar del «no pago» al » sí contribuyo», del «evasor» al «ciudadano responsable», del «no me sacan un peso» al «si gano
más, está bien que aporte más», va a costar mucho esfuerzo.

En mi opinión, nos ubica en la discusión y el desafío verdadero, de mejorar como ciudadanos, de asumir y mejorar el cumplimiento de nuestra responsabilidad social, como requisito indispensable para avanzar en la construcción de una sociedad más desarrollada, más transparente, más justa, más igualitaria. *

(*) Senador de la República.

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