Ideología, pobreza y movilidad social en Uruguay
Hace tres semanas tuvo lugar la presentación de la Encuesta sobre Percepción de la Exclusión Social y la Discriminación en el Uruguay. El estudio estuvo a cargo del Observatorio Montevideo de Inclusión Social, coordinado por el sociólogo Gustavo Leal, y contó con el apoyo de la Intendencia de Montevideo, Canelones y Florida, el apoyo técnico de la ONG El Abrojo, y la asistencia de la Red Urbal, de la Unión Europea.
Con una muestra de 4.492 casos (las muestras de opinión pública a nivel nacional son, en general, de entre 1.000 y 1.200 casos), el estudio se cuenta entre los esfuerzos más importantes que se han hecho en el área de estudios de «cultura cívica» en el país. En particular, el estudio es representativo del universo del Area Metropolitana (San José, Canelones y Montevideo, y también Florida).
El estudio indaga sobre si la imagen de sociedad «hiperintegrada» e integradora que tenemos de nosotros mismos, así como la idea de un país mesocrático, homogéneo culturalmente, y basado en consensos básicos, aún sigue siendo válida.
En realidad, el ideal de una sociedad «hiperintegrada» hace mucho que dejó de existir, y una prueba de ello está en el propio proceso político. Desde la aparición de la izquierda, la guerrilla, y la dictadura, el ideal hiperintegrador, al menos a nivel político, parece haber dejado de funcionar por completo. A los partidos tradicionales les llevó mucho tiempo darse cuenta de que la sociedad uruguaya se había transformado en una sociedad fracturada políticamente, y la forma en que enfrentaron la «amenaza» de un gobierno de la izquierda, así lo demuestra. La propia sustitución del modelo de coparticipación entre partidos que fue la clave de integración política del siglo XX, dejó de funcionar cuando uno de los tres grandes partidos fue de izquierda. Desde el inicio de la transición democrática, los modelos de coparticipación fueron dando lugar a un juego de bloque de dos (PC y PN) contra el tercero (FA), y así sigue siendo, sólo que ahora tenemos al gobierno de uno solo (el FA). Esta transformación en cámara lenta del modelo de integración política comenzó en los sesenta y se consolidó a la salida de la dictadura. Fue la confirmación de que la batalla por el consenso estaba perdida.
En el ámbito social, también los años sesenta fueron los que asistieron al fin del modelo de integración social, aunque la percepción demoró en instalarse en el ánimo colectivo, en parte porque la década larga de la dictadura hizo que todo fuera excepcional. Y además, se tenían pocos datos… Con la recuperación de la democracia, y pasado el primer período de gobierno, se hizo evidente para todos los uruguayos que la pobreza, la vulnerabilidad, la desigualdad y la violencia, habían llegado para quedarse. La emigración fue quizás uno de los síntomas a los que primero se prestó atención, para ver cómo la sociedad estaba cambiando. El otro fue la crisis de 2002, que aunque el estudio coloca como un momento «crucial» en ese «despertar de la conciencia», fue poco más que una confirmación.
En primer lugar, el estudio indaga sobre las percepciones que tienen los uruguayos (del área metropolitana y Florida) sobre el estado de nuestra democracia y nuestra vigilancia de los derechos humanos. La respuesta confirma lo que ya se sabe: la mayoría de los entrevistados (62%) piensa que somos democráticos y que la sociedad es respetuosa de los derechos humanos (58%). Por supuesto que hay un porcentaje crítico con respecto a ambas afirmaciones, y se concentra en los estratos socioeconómicos más pobres, y de menor nivel educativo. Uno tendería a pensar que quienes son más críticos de la sociedad son quienes peor viven en ella, y esto, hasta cierto punto es verdad. Pero en esta percepción funciona una regla más general de la «cultura cívica» en general. A medida que aumenta el nivel educativo, se afianzan los valores de la democracia, el respeto a la diversidad y la tolerancia, pero además, la percepción sobre la sociedad cambia. Las opiniones a favor de la democracia son mayoritarias entre los más educados, entre los de mayor nivel socioeconómico relativo, y entre los que se ubican del centro a la izquierda del espectro político.
Asimismo, los entrevistados perciben a la sociedad uruguaya como muy o bastante conflictiva (66%). Si bien no se dispone de estudios que indiquen cómo era la percepción de la conflictividad social en el país en la época en que se supone que existía «consenso», uno podría pensar que este porcentaje sería sin duda menor. Pero la resistencia al conflicto es propia de las doctrinas conservadoras. Los cambios, en general, traen conflictos. Que la sociedad uruguaya haya aprendido a verse como conflictiva, debe contarse entre los avances.
Esto va de la mano con algunas novedades positivas acerca de la visión de los uruguayos sobre sí mismos. Si la ideología funciona de algún modo como «el opio de los pueblos», es bueno saber que en Uruguay no funciona. El 44,4% de la gente piensa que la sociedad es muy o bastante racista, y la inmensa mayoría (70%) hoy, reconoce el machismo. Si hubiéramos hecho esa encuesta hace cuarenta años, probablemente la percepción respecto al machismo fuera muchísimo más benevolente, aunque el machismo sería sin duda más agudo. Es la percepción de la desigualdad lo que ayuda a luchar contra ella. Si se la percibe, es que el «opio» ya no consigue drogarnos. La ideología se hace inoperante, y entonces, como muestra la encuesta, la inmensa mayoría de la gente piensa que la sociedad es muy injusta (a pesar de que, en comparación con otras sociedades latinoamericanas, la sociedad uruguaya sea bastante justa).
Otro dato importante de la encuesta es que los grupos más desfavorecidos se ven como más desfavorecidos. Tampoco aquí funciona el «opio» de la ideología. Las mujeres perciben más el machismo que los hombres, y las mujeres y los más jóvenes realizan peores evaluaciones de la sociedad que los hombres y los más viejos, en acuerdo con su propia ubicación social relativa. El 40% de los pobres piensa que nunca alcanzará sus expectativas sociales y se siente insatisfecho con la vida. Por supuesto, hay un porcentaje de los que viven bien que se sienten satisfechos con la vida que llevan y que han satisfecho sus pretensiones de integración social. El resultado, en general, es bastante alentador (el 68% de los entrevistados se siente conforme con la vida que lleva), pero como muestran los «felicitómetros» (índices de satisfacción con la vida) en las encuestas regulares en otros países, la mayoría de la gente, en general, dice sentirse conforme con la vida que lleva.
El problema es el de los infelices, o si se quiere, de los menos privilegiados. Si no funciona el opio de los pueblos, es decir, la posibilidad de hacerles creer a los que no viven bien, o que viven bastante bien, o que se merecen lo que les pasa (dos formas de la ilusión política), ¿existen alternativas de integración social «reales»? Sin duda que sí, y éste es un gran desafío para todas las izquierdas en el mundo, y en especial, en América Latina: la causa por la justicia social aún sigue siendo su distintivo. Para ello pueden contar con algunas cosas, y los datos están todos en el estudio ya citado. La primera es que mucha gente en Uruguay todavía cree que estudiando mejoran las oportunidades en la vida. También se puede contar con que una parte de los más pobres todavía cree que la honradez y «trabajar mucho» ayudan al éxito en la vida (aunque estos valores, claro está, se volverán más escasos). Pero sobre todo, la izquierda puede contar con que la inmensa mayoría de los uruguayos desconfía de la suerte, y cree, por definición, que la sociedad es desigual, y que esto es básicamente injusto. *
* Politóloga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los talentosos análisis de Hugo Cores. Su ausencia es cubierta por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
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