La rana y el escorpión

Cuenta la fábula que un escorpión le pidió a una rana que lo ayudara a cruzar el río, llevándolo en su lomo. La rana, desconfiada, se negó a hacerlo y afirmó que si accedía, seguramente el escorpión la picaría, hiriéndola de muerte. El escorpión retrucó, argumentando que si lo hacía, morirían los dos, pues él se ahogaría en medio del río. La rana lo entendió razonable y aceptó. Si el escorpión la picaba, significaría su propia muerte. Fue muy dura la sorpresa cuando la pobre rana, en medio del río, sintió el fuego del aguijón perforando su piel, y exclamó: «¿Por qué lo hiciste? Ahora moriremos los dos». El escorpión, mientras se hundía contestó: «Lo siento, está en mi naturaleza».

Hace unos días, reunido con un grupo de compañeros nuevoespacistas, pregunté: «¿Por qué, después que nuestro gobierno dispuso en el presupuesto un montón de plata a la educación, después que nos comprometimos públicamente a destinarle, en 2009, el 4,5% del producto, después que la educación ha sido la niña mimada de la asignación de recursos en nuestras rendiciones de cuentas, aun así, los frenteamplistas asumimos el tema con complejo de culpa?»

Alguien me contestó: «Porque está en nuestra naturaleza». Paradojas frenteamplistas. Hacemos muy buenas cosas y aspiramos a mucho más, pero como el resultado del hoy no es todo lo que hubiéramos deseado, esa picadura no nos hunde en el fondo del río, pero sí nos amarga la fiesta.

Más de una vez he escuchado hablar en la izquierda de la dicotomía existente entre «la cultura reivindicativa» y «la cultura de gobierno», como si fueran irreconciliables. Pero, ¿realmente es así?

Es sabido que aquellos que hacen de la reivindicación su ejercicio reiterado y permanente, piden siempre más, nunca les alcanza lo obtenido y argumentan que no puede haber ningún tipo de recortes frente a las necesidades sociales. Por otra parte, los que se ciñen a la práctica de gobierno construyen una cultura propia, que achica muchas veces el debate y limita el accionar sólo a los actos de gobierno.

Ahora bien, la izquierda uruguaya posee un compromiso marcado a fuego, con un valor fundamental que la distingue nítidamente: la igualdad. Pero ese valor, que constituye también un objetivo compartido, determina un dilema: cuál es la rapidez o la lentitud con la que debemos avanzar para construir democráticamente la igualdad.

Si se pretende hacerlo demasiado rápido, cediendo a las urgencias reivindicativas, seguramente vamos a tropezar y feo. No sólo porque se puede generar inflación, se puede poner en duda nuestra competencia y nuestra capacidad de conducción, sembrar la desconfianza y, de afectarse el crecimiento económico, o sea, el que aporta los recursos genuinos para el país, se perjudicará seriamente a los que menos tienen.

Sin embargo, si nuestro avance hacia el objetivo se hace demasiado lento, poco perceptible, no sólo no vamos a lograr cumplir con nuestro programa, se nos acusará de insensibles incluso por parte de nuestros propios aliados, perderán credibilidad nuestro objetivo y nuestra capacidad de transformar la sociedad, nos señalarán que somos un poco más de lo mismo.

Abramos un paréntesis. La izquierda en el mundo tuvo, hace unos cuantos años, otro dilema, quizá más importante que el expuesto anteriormente. El que se planteaba frente a la idea de que, para generar igualdad y condiciones de vida digna, era necesario sacrificar, aunque sea temporalmente, la libertad. Muy en contrario, otros no aceptábamos de plano, ni siquiera temporalmente, afectar la libertad de las personas, entre otras cosas por nuestra profunda convicción de que no hay igualdad sin libertad.

¿Cómo se resolvió? Lo resolvió la vida. La propia fundación del Frente Amplio, como afirmación de la democracia y del camino electoral, fue un gran paso en la dirección de no admitir menoscabos a la libertad de la gente. El golpe de Estado, el cercenamiento de las libertades, el sufrimiento vivido por todos y fundamentalmente por la izquierda, nuestra lucha por la democracia, fraguó un compromiso inquebrantable en defensa de la libertad.

Posteriormente, la caída de todo el sistema soviético, el fracaso del comunismo y su pretensión de alcanzar la igualdad a expensas de la libertad, terminaron resolviendo y enterrando ese dilema definitivamente. Hoy, la izquierda en el mundo no se plantea construir igualdad sin libertad, prácticamente nadie lo sostiene. Es cierto que hay excepciones, pero son eso, excepciones que confirman la regla. No lo resolvió nuestra capacidad o nuestro propio debate de ideas, lo terminó resolviendo la historia. Hubo que esperar, lamentablemente, a que la vida misma lo resolviera.

Lo paradójico es que, en su momento, los más «reivindicacionistas», los del reclamo permanente, asumieron el veredicto histórico de forma absolutamente pragmática, superando las mejores demostraciones de practicidad propias de la cultura de gobierno que siempre rechazan. La receta operativa fue: no reflexionar críticamente ni discutir mucho sobre lo que la historia había laudado, mirar para arriba, dar vuelta la página y seguir para adelante. Cerremos entonces aquí, este paréntesis.

Pues bien, hoy la discusión es muy distinta, tenemos por un lado a los que quieren más y no entienden razones, y por otro, a los que creen que cualquier debate sobre números, objetivos y definición de recursos, sin profesionalismo, sólo es capaz de generar expectativas más «reivindicacionistas» y por tanto, no hay casi nada para hablar del tema. Contradicción en la izquierda que podría caricaturizarse como: «Insensibles versus justos» para unos o «profesionalismo versus demagogia» para otros.

Vaya asunto complejo. Podemos quizá, también en este caso, esperar a que la vida lo resuelva. Pero eso va a demorar y seguramente mucho antes, nos va dar enormes dolores de cabeza, y cuando la historia finalmente brinde su veredicto, quizás también nosotros seamos parte del fracaso o del pasado.

O quizá podríamos intentar algo distinto. Intentar, sin perfilismos ni infantilismos de izquierda, con voluntad política, con responsabilidad y sin adjudicar segundas intenciones, dialogar, enfrentar esta discusión a tiempo y encontrar juntos un camino de superación de este dilema y de nuestras contradicciones.

Pero compañeros, ciudadanos y lectores, debemos partir de un principio básico: No hay plata para todo. Construyamos nuestros sueños a partir de la realidad que tenemos, asignando y gestionando los recursos que disponemos, año a año. No hagamos castillos en el aire, porque quienes van a sufrir las peores consecuencias de nuestros errores, son los más necesitados, los más pobres.

Alguien me dijo que en setiembre vamos a estar en medio del río, cruzando la mitad de nuestro período de gobierno, con mucho hecho y mucho por hacer. Con muchas esperanzas que desbordan nuestras buenas realidades. En más de una vez, en el tiempo que nos resta gobernar, nos vamos a encontrar con la tentación de pedir más, arriesgando lo posible, lo palpable, lo que tenemos en nuestras manos. En más de una vez, como la rana y el escorpión, como «está en nuestra naturaleza», podemos correr el riesgo de hundirnos, con nuestros objetivos y nuestras mejores intenciones, por no comprender que transformar la sociedad, realizar nuestros sueños, lleva tiempo y en este caso más de un período de gobierno. Y por supuesto, después, no vale llorar sobre la leche derramada. *

(*) Senador de la República

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