La columna amarilla

Torpedos

¿Quién le teme a la facilitación monárquica española?

Primero fue el periodista Morales Solá, un profesional supuestamente serio y a quien por aquí se lo ve como un oráculo político infalible. De él salió el torpedo inicial contra el acorazado de diplomacia cautelosa y parca que desde España se había botado con la mejor intención de aproximar a las partes: fue cuando dijo que el lío por la planta de Botnia se arreglaba tras las elecciones en Argentina y que ya se había redactado el documento correspondiente. Más tarde, frente a la reacción nuclear en cadena causada, argumentó, apelando a la delicuescencia, que era probable que se le hubiese entendido mal.

Luego apareció la secretaria de Medio Ambiente de Argentina, Romina Picolotti, la payadora frustrada. De ella salió el segundo torpedo, cuando el acorazado parecía retomar su estabilidad en aguas que se iban calmando: «Me causa una enorme tristeza que se privilegien los intereses de una compañía extranjera, que es Botnia, antes que los intereses que tenemos en conjunto para proteger el río Uruguay». A diferencia de Morales Solá, ella, siempre enrulada y ojerosa, con ese porte de reventada que va a disolver la noche, no se escudó en malas interpretaciones. Claro, la potencia de su torpedo fue menor a la del torpedo del periodista porteño estrella.

Qué cansancio.

Mientras el gobierno de Uruguay se desvive por contribuir con silencio inteligente y serenidad de ánimo a la conciliación invocada por el rey Juan Carlos, desde la otra orilla siempre hay quien busca romper las gónadas, sea para posar de tenedor de una primicia, sea para contribuir al enrarecimiento de unas relaciones que, si se las comparase con el aire, hace rato que parecerían un club de doce fumadores en cuatro metros cuadrados sin ventilación.

¡Si al menos los medios locales no bolearan la pata al primer carro que pasa! Quién sabe. Quizá se podría detener la multiplicación agotadora del disparate. *

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