Prohibido para nostalgicos

El Gran Chevalier

Montevideo se sacudía en un clima de represión y bronca por tanta injusticia. Varias Facultades son allanadas y no es una «infidencia» contar que un comando tupamaro le vuela la planta emisora a la Radio Ariel de Jorge Batlle.

Aun así, los vecinos, entre asustados y calientes con un boxeador presidente, buscan zafar de ese clima agobiante. Es que los grandes artistas no dejaban de visitarnos como lo habían hecho en las primeras décadas del viejo siglo. Y en ese año 1968 la presencia rutilante de Maurice Chevalier trae el saludo de la eterna «Ciudad Luz» a esta convulsionada Montevideo. Esa luminaria tenía más de 80 años, pero con su vitalidad asombraba cuando aparecía en escena con su tradicional rancho de paja. Se presentó en el Canal 4 y cuentan que elogió a la conductora Lila González que con su clase indudable ofició de traductora de ese francés inolvidable. Chevalier cantó, bailó y no se cansaba de hacer bromas sobre su longeva edad y lo bella que son las uruguayas mientras miraba a la hermosa Lila con ojos pícaros y vivarachos dignos del bohemio París. La sonrisa del gran Chevalier se paseó por todos los barrios y sus vecinos que encerrados lo miraban en sus grandotas teles en blanco y negro. Y fue también por esos violentos días que se piantó para no volver jamás el genial maestro tanguero Don Arturo Senez. Había sido en su juventud un incansable animador de las tardecitas montevideanas en la mítica confitería La Mallorquina donde tocaba el piano. Los copetines, café con coñac y exquisitas masitas acompañadas por la música de Senez, toda una estampa que los habitués de esa confitería jamás olvidarán. También había sido artista de varieté en el antiguo Bajo cuando amenizaba las noches del Royal en los tiempos en que en ese teatro actuó Carlitos Gardel. Don Arturo Senez era muy famoso por haber compuesto el entrañable tango «Isla de Flores» dedicado a la calle más emblemática de su amado Barrio Sur.

Otra visita en ese agitado 1968 fue de la querida Tita Merello. Se presentó en varios clubes nocturnos como el Lido de la calle San José y apareció rutilante en la televisión cuando visitó a su amigo Miguel Angel Manzi en su programa «Sábados de Tango» en Montecarlo. Como era habitual en sus escapadas a Montevideo nunca dejaba de ir al bar de Castro, en Mercedes y Andes, donde departía con los músicos clásicos del Estudio Auditorio de enfrente que además eran admiradores del tango y de la gran Tita. Así se la podía ver sentada con el talentoso maestro Hugo Balzo que en ese bar de Castro tenía una peña de amigos músicos e intelectuales. Y como lo hacían todas las estrellas tangueras cuando visitaban Montevideo, también Tita Merello se hacía de un tiempo para saludar a la gente de «Cafetín de Antaño» donde la esperaba el genial Alberto Mastra. Para hacernos olvidar las penas había llegado también Marianito Mores y su espectacular orquesta. Los cantores que había traído eran sus hijos Nito y Silvia que demostraban tener sensibilidad en el arte del canto. La ciudad se estremecía en explosiones, tiroteos, bancos fraudulentos y escándalos financieros. Pero, muy suave, sonaba la melodía del discepoliano tango «Uno» para recordarnos que a pesar de todo el arte también existía.

Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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