Tiene la palabra

Los desconocidos del escritorio

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Era el 9 de julio de 1973, en Montevideo. La dictadura de febrero se había sacado la careta repitiendo lo que todas: la disolución del Parlamento. Aquello que se creía imposible para el Uruguay, había sucedido. La CNT, en la clandestinidad, resistía con la huelga general y la ocupación de fábricas.

Ese día, desde las primeras horas de la tarde, la gente caminaba por las veredas de «18» al Centro y de las calles laterales, disimuladamente. Los más jóvenes, con bromas y risas. Los mayores, con ansiedad contenida. A todos el corazón les explotaba en la garganta. Porque la gente no aceptaba, tenía que manifestarse, gritarles: «¡Aquí está el pueblo soberano!»

La cosa era «a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde», y la habían convocado los partidos políticos y las organizaciones sociales también resistentes. Nunca tantos relojes habían tenido tanta atención de tantos hombres y mujeres, decididos y expectantes.

Un abogado anduvo por esas calles participando del latido de tantos corazones, que se sentía. La muchedumbre en ciernes, ya impresionaba. Antes de las cinco de fue para su estudio en la esquina de Río Branco, porque debía atender a esa hora.

Y llegaron las cinco. La muchedumbre se volcó a «18» y llenó la calle. Marchaban codo con codo cantando sus ideales, y exaltados gritaban la verdad del pueblo que es la única verdad. Manifestaban enfrentando pacíficamente a la dictadura. Más que un río, un mar. Pudieron, duró.

Pero… llegó la represión organizada, los grupos policiales de choque y hasta tanques militares, que cargaron contra todos. Era la fuerza brutal contra las ideas, pero también contra la gente inerme sólo escudada en su razón y su valor.

Desde la ventana del escritorio miraba emocionado aquella inconmensurable reacción popular… Hasta que las fuerzas represivas llegaron a Río Branco…

Entonces, hombres y mujeres embestidos, gaseados, apaleados… Un tanque derribó el portón de El Popular en la esquina de enfrente… lo invadieron… se oían disparos…

De repente, la ruptura de la puerta de vidrio del edificio. Y enseguida un mundo de gente despavorida que subía corriendo las escaleras hacia los pisos altos sin pensar que terminarían acorralados, sin salida.

Salió al pasillo del primer piso. No dudó porque ni siquiera lo pensó. Fue una reacción espontánea, de lo profundo de la naturaleza humana, la solidaridad que emergió como un instinto.

Más con grandes ademanes que con palabras, hizo entrar corriendo en su escritorio a aquellos perseguidos que simplemente huían sin saber adónde. El estudio se llenó al tiempo en que ya no subía nadie más; mientras se sentían otros ruidos y otras voces, distintos, de la planta baja.

Cerró la puerta tras el último, con las luces apagadas y corridas las cortinas de las ventanas del frente. Eran cuarenta y cincuenta o más… nunca supo exactamente cuántos ni quiénes.

Afuera, corridas silenciosas subiendo las escaleras… Y al rato, gritos degarradores bajándolas.

En el escritorio, silencio absoluto, respiración contenida. Entraban los gases lacrimógenos por debajo de la puerta. La consigna defensiva fue sentarse en el suelo porque el gas es más liviano. En el suelo, apretados y en silencio, expectantes, todos. A oscuras y sin arrimarse a las ventanas barridas por algún reflector. El instinto de conservación nos organizaba naturalmente sin más.

Al otro día supo que habían gaseado el interior del edificio y sacado de arrastro, de los pelos, descompuestos y a golpes, a los que habían quedado encerrados en los pisos altos.

A poco, ruido de pasos y conversaciones recorriendo el pasillo… Sabían que había entrado mucha más gente que la que sacaron. Pasaron sin detenerse.

Adentro nadie se movió, tensos, firmes. ¿Qué pasaba por sus cabezas? Nadie decía nada.
El abogado empezó a recordar las cosas que lo habían llevado hasta esa situación. Desde su Juventud Socialista con la 90, los tiempos de estudiante, el descubrimiento de Marcha, Latinoamérica. Después la revolución cubana que lo marcó como a muchos.

Por entre las cortinas se observaba que en la calle no se veía más gente; sólo las fuerzas represivas patrullando.

En la calle no cesaban los patrullajes. Se observaba por entre las cortinas.

Adentro, no pasaba el tiempo, era una situación indefinida. Los teléfonos llamaban sin que nadie atendiera.

Al rato, de nuevo en el pasillo, más pasos y voces fuertes. Ahora frente a la puerta, donde estaba la portería del edificio.

Se esperaba que golpearan o que forzaran la entrada… Los minutos se alargaban… Adiós a toda esperanza…

El portero contó, al día siguiente, que preguntaban por los apartamentos, y él les dijo que no vivía nadie en ese que era un estudio profesional.

No se imaginaron, por suerte, que estaba lleno de gente refugiada. Se fueron…

Ya habían pasado horas interminables. Siempre todos en el suelo, a oscuras, en silencio, pensando quién sabe en qué…

Recordaba que no había sido nunca ni comunista ni anticomunista. No compartía, criticaba pero respetaba. Creía en la unidad de la izquierda sin exclusiones, inaugurada por la CNT y en germen en el Fidel.

Había que mantenerse quietos y esperando… Los teléfonos seguían sonando en vano.

Recordó que en el «66» se fue para Maldonado, siguiendo a «Pepe» Frade, que iba con Erro y también con la 1001. Después, el Frente Amplio y ahora… el hachazo dictatorial.

Pasó mucho tiempo más…

Afuera, ya no se veía a nadie. La calle vacía.

Llamó por teléfono a un café de enfrente que tenía las luces encendidas. Y confirmaron que no había policías a la vista. Aparentemente…

Un tiempo para resolverse y… la decisión: Empezar a salir de a dos o tres. Y los primeros se fueron lentamente, callados…

Adentro, siempre a oscuras, sentados en el suelo y en completo silencio. Ahora esperando un rato prudencial… Todo bien.

De a poco y sucesivamente, continuó aquel «desexilio», tomándose un tiempo entre cada quien. Cada vez con mayor frecuencia, porque la ansiedad era incontenible. Todo marchaba bien.

Todo marchó bien.

El abogado volvió a su casa, su mujer y sus hijos chicos. Y por mucho tiempo temió que llegara a saberse lo que había pasado aquella tarde en su estudio… La lealtad de aquellos que estuvieron, probó, por si fuera necesario, la solidaridad natural de la izquierda. Era reconfortante.

Pero nunca supo quiénes fueron los refugiados de su escritorio.

Ahora vuelve a recordarlos en estos tiempos esperados desde tantos años, y quiere abrazarse con todos, aunque desconocidos.

Me gustaría que aquellos protagonistas nos comunicáramos.

Este año, el lunes 9 de julio «a las 5 de la tarde» en Río Branco 1359 ap. 106, teléfonos 9012779 – 9004269, correo electrónico [email protected]

OSVALDO R. ACORDAGOITIA – [email protected]

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